Hace años que Julia Calvo conquistó al público con una presencia inconfundible. Dueña de una carrera que abarca desde el teatro independiente hasta las series más emblemáticas de la televisión, la actriz siempre supo dejar huella en cada paso. Hoy, en pleno furor por su interpretación de Annie Wilkes en la versión teatral de Misery, Calvo se permite mirar hacia atrás y reflexionar sobre el oficio, el ego y los momentos que la marcaron fuera del escenario. Y en esta oportunidad, recordó el desopilante momento que vivió durante una misa.
La charla se dio en el aire de El Ejército de la Mañana (Bondi Live), donde Julia se sumó a Pepe Ochoa y el resto del equipo para hablar de los vaivenes de la carrera artística y el peso de la popularidad. Rápidamente, la conversación giró hacia el costado menos visible del éxito y las pruebas de humildad que llegan, muchas veces, cuando menos se las espera. “Si te subís mucho a un pony, después la caída es peor”, arrancó la actriz, abriendo paso a la charla.
La actriz recordó un episodio particular que le sirvió como “choque de realidad”. “Hubo un momento para mí que fue genial”, confesó, con la mirada puesta en los días de mayor exposición pública. “Yo soy devota de la (Virgen de la) Medalla Milagrosa y llego a la a la basílica a agradecer un 27 de noviembre. Y estaba el cura. Ya había empezado la misa, porque soy un desastre con los horarios”, relató. El recuerdo trajo consigo la risa de Pepe Ochoa, que no dejó pasar el detalle.
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La historia siguió con Julia ubicándose en la iglesia, todavía con la emoción de un reconocimiento inesperado. “El cura dice: ‘Porque está entre nosotros alguien muy querido que ha abarcado esto, gente grande, gente chica, que...’. Y yo dije: ‘¡Guau!’”, rememoró la actriz, evocando ese instante en el que sintió que el homenaje era para ella. “Guau”, repitió, dejando espacio a la expectativa. Al otro lado del micrófono, Ochoa acompañó el relato con un “¿Vos pensaste que te iban a presentar?”.
En medio de la ceremonia, Julia se dejó llevar por la idea de que el sacerdote hablaría de su trayectoria. “Y muy amoroso el cura, era joven... Yo pensé: ‘Ah, claro’. Y terminó diciendo: ‘¿Quién es? Jesús, nuestro Señor’”, contó entre risas, mientras el estudio celebraba la anécdota. La actriz, lejos de incomodarse, reconoció entre carcajadas: “Y yo dije: ‘Gracias, gracias’”.
Ochoa, siempre atento, remató: “Vos pensaste que te iban a dedicar la misa”. Desde otro rincón del estudio, alguien celebró la historia: “Muy bueno”. El conductor continuó el juego, imaginando la escena: “Después iba a decir: ‘Y la gran Julia Calvo’. Y todos se van, se van a dar la vuelta y a decir: ‘Gracias. Alabada sea’”, mientras los aplausos inundaban el estudio.
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En ese momento, la actriz no dudó en contextualizar la anécdota. “Estaba en pleno Casi Ángeles. Imaginate”. De esa manera, la actriz cerró el tema: “Qué bien, ¡gracias Dios! No te subas...”. La frase quedó suspendida, dejando claro que la experiencia no solo se resume en los aplausos y la popularidad, sino también en los aprendizajes cotidianos y las lecciones de humildad.
A lo largo de la charla, Calvo dejó en evidencia que detrás de cada éxito hay una historia, y que el oficio de actuar va mucho más allá de los flashes y el reconocimiento. Entre anécdotas, risas y confesiones, la actriz abrió la puerta a una intimidad pocas veces compartida, desdramatizando el ego y abrazando la cotidianeidad con la misma pasión con la que pisa el escenario. Hoy, en plena temporada de Misery, reafirma su compromiso con el público y con una carrera construida sobre la autenticidad y el cariño.