Fue el 5 de diciembre de 2025, hace exactos seis meses. La charla entre el Indio Solari y Andy Kusnetzoff se deslizó, desde el inicio, sobre la tensión que genera la pregunta por el final de la vida. El músico, figura central del rock argentino, sorprendió a su interlocutor al declarar con naturalidad: “A la muerte no le tengo ningún miedo”. Esa afirmación no buscó provocar, sino que reveló una certeza trabajada a lo largo de décadas, lejos de cualquier pose. Y el día de su partida toman otro significado.
No se trató de una confesión repentina ni de una valentía tardía. Cuando Kusnetzoff indagó si ese desapego frente al final fue un proceso, si antes hubo temor y sólo quedó aceptación, el Indio Solari fue categórico: “No, no, no”. La ausencia de miedo no fue un logro reciente ni una victoria sobre el tiempo. Para él, la muerte era una presencia sin amenaza, una idea que nunca logró inquietarlo.
El diálogo permitió a Kusnetzoff buscar alguna fisura. Insistió y preguntó si nunca temió a la muerte, ni de joven ni ahora. El músico, lejos de incomodarse, reflexionó sobre su historia personal: “La vida mía ha sido medio... ha pasado con pie... rápido”. En ese breve titubeo se coló una biografía intensa, marcada por un ritmo distinto, casi vertiginoso. Solari reconoció que su carácter y su entorno aceleraron su recorrido vital.
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En la conversación, el artista reveló cómo el entorno puede moldear y hasta distorsionar la experiencia de vivir. “Cuando tenés una personalidad como la mía, la gente te va transformando en un inútil también, porque te hacen todo”, sostuvo. No hubo vanidad en sus palabras, sino una mirada crítica hacia los privilegios y las concesiones que acompañaron a la fama. Las puertas se abrían solas y esa comodidad, reconoció, terminó por malcriar.
El cantante expuso la paradoja de quienes, por su talento o carisma, se ven rodeados de facilidades que, a la larga, los alejan de ciertas experiencias cotidianas. Fue un retrato sincero de los efectos secundarios de la notoriedad, de cómo la admiración ajena puede volver a alguien dependiente, casi pasivo, frente al mundo.
Kusnetzoff retomó el hilo de la muerte, intentando precisar si la ausencia de miedo suponía también una reflexión constante sobre el tema. Preguntó si la pensaba, si la enfrentaba desde algún lugar consciente. Solari respondió sin rodeos: “La tengo, la pienso en términos poéticos”. No hubo en su vida espacio para la angustia anticipada. Vivía, aseguró, “de la misma manera que cuando tenía veinte años en el presente”, sin detenerse a especular sobre el más allá.
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Solari matizó su postura al admitir que ni siquiera tenía las herramientas para imaginar cómo es morir. “No tengo ningún... No sé cómo abarcar la muerte”, confesó. La definió como una dimensión que excedía cualquier intento de comprensión racional, una suerte de gloria inabarcable. En esa frase, la muerte no fue ni amenaza ni misterio: fue un territorio abstracto, ajeno a la experiencia humana directa.
A lo largo de la charla, Kusnetzoff buscó comprender de dónde surgía esa serenidad. Pero Solari, fiel a su estilo, eligió no intelectualizar de más. Vivía en el presente, desatendiendo el ruido de lo inevitable. Frente a la muerte, no hubo miedo ni certeza, solo la intuición de que es, como la gloria, algo que siempre nos excede. Seis meses después, tuvo la confirmación.
La muerte y yo
Naturalmente aquella con Andy no fue la única vez que el Indio habló de la muerte. Lo hizo en reportajes y también desde su obra. En ese panorama, Encuentro con un ángel amateur puede leerse como un epitafio que se anticipó cinco años al desenlace.
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Publicada en 2021, cuando el artista ya no se presentaba en vivo de manera física y solo a través de los hologramas, la balada en guitarra acústica abre con dos estrofas que calaron hondo entre sus seguidores: “Empiezo por el final / terminaré en el principio / Mis intereses quizás / no fueron saludables / Yo ya no puedo cumplir / hazañas que prometí / Solo seguir cantando”.
Solari también se refirió a la muerte en sus conversaciones con el periodista Marcelo Figueras que se volvieron el libro de memorias Recuerdos que mienten un poco. Y lo hizo fiel a su estilo, entre la ironía, el juego de palabras y la profundidad esa que solo alcanzan los artistas que saben cómo tocar fibras íntimas. “Solo aspiro a que la muerte me encuentre vivo”, se citó a sí mismo, para luego asegurar que le gustaría irse como Leonard Cohen, uno de sus artistas de cabecera.
“Levantándome en la mitad de una partida de póker sin llamar la atención, dejando las cartas sobre la mesa, sin interrumpir el juego y con la confianza de que mis compañeros no darán vuelta los naipes para adivinar qué me traía entre manos”. La metáfora es tan exquisita que basta cerrar los ojos para imaginarla. “A veces me parece que lo mejor sería irse de acá sin levantar polvareda”, agregó, sobre ese anonimato que persiguió toda su vida y que su muerte hizo todavía más utópico.
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