Guillermo Fernández Laborda
Guillermo Fernández Laborda

Ahora, a los 74 años, Guillermo Fernández Laborda jura que se arrepiente de no haber matado a Arquímedes Puccio, el líder del clan que secuestraba y mataba empresarios. De 1982 a 1985 fue su leal lugarteniente, pero dice que lo hubiese asesinado con sus propias manos.

Esas manos con las que suele preparar torta de vainilla en la cárcel de Devoto. Las mismas manos que sostuvieron una cadena para ahorcar a Emilio Naum, le dieron de comer a Nélida Bollini de Prado, otra víctima, y dispararon el arma para matar a Ricardo Manoukian.

Laborda, la mano derecha de Puccio, es uno de los 1.111 detenidos "sugeridos" por el Servicio Penitenciario Federal para salir de prisión en libertad condicional o sean beneficiados con el arresto domiciliario, según reveló en exclusiva Infobae. El listado llegó a un grupo de jueces penales.

Cuando fueron los secuestros, Laborda tenía 42 años. Con la banda de Puccio secuestró y mató a los empresarios Ricardo Manoukian, Eduardo Aulet y Emilio Naum. Entre los miembros de la banda habían hecho un pacto de sangre, como los mafiosos de Sicilia. Se turnaban para matar y cuidar a las víctimas en la casa de la familia Puccio, en San Isidro.

Según el libro Buenos muchachos, de Carlos Juvenal, con Puccio —que murió en 2013, en libertad— llegó a ser miembro del Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea. Fue integrante de la Resistencia Peronista y estuvo en el Movimiento Nueva Argentina.

Fernández Laborda, el primero desde la izquierda
Fernández Laborda, el primero desde la izquierda

En otras épocas, refiere una revista Gente de 1985, fue comisionista de aduana, administrador del Hospital Municipal Ramos Mejía hasta 1976 y actuó en la denominada Escuela Superior de Conducción Política del Partido Justicialista. "Es un tipo pesado, muy inteligente, pero con más corazón que Puccio", lo definían.

La viuda de Eduardo Aulet, una de las víctimas del siniestro clan, opinó sobre su posible liberación ante Infobae: "Sería gravísimo que este asesino quede libre. Fue condenado a reclusión perpetua por tiempo indeterminado. No deberían dejarlo salir. Desconozco el motivo, pero es probable que los informes penitenciarios lo favorezcan y busquen mandar a su casa a la gente mayor para que haya lugar para los presos nuevos. Además una persona de 70 años hoy por hoy está en condiciones de seguir en la cárcel, los tiempos cambiaron y las expectativas de vida, también. La verdadera justicia sería que Laborda siga preso. Que pretendan beneficiarlo me parece una medida abolicionista y garantista. Sería aberrante cruzármelo por la calle".

Para Guillermo Manoukian, hermano de Ricardo, la posibilidad de que el asesino salga libre es "una locura". "No puede ser que después de 35 años de los crímenes tengamos que pasar otra vez por esto. En una serie de hechos que fueron juzgados y condenados. Estos asesinos deben pasar el resto de sus días en la cárcel. Es una vergüenza, pero esta es la Justicia que tenemos. Necesitamos jueces que cumplan con el Código Penal", le dijo a Infobae.

Manoukian recordó que Laborda confesó el asesinato de su hermano. "Fue con Arquímedes y Alejandro en un descampado y le pegaron un tiro cada uno. Laborda dijo que lo hizo por presión de Puccio".

Otra foto del Facebook de Fernández Laborda
Otra foto del Facebook de Fernández Laborda

Muertos Puccio y Rodolfo Franco, en la calle hay dos miembros del clan Puccio: Roberto Díaz y Daniel "Maguila" Puccio.

En 2007, Laborda había salido en libertad condicional pero volvió a ser detenido ese año: lo sorprendieron adentro de un banco mientras intentaba sacar un crédito con un nombre falso. Ya había cometido esa estafa con éxito. "Es un blooper que me mandé", dijo una vez Laborda y largó una carcajada. Siempre quiso mantener un perfil bajo. Casi no hay fotos suyas en la prensa. Siempre aparecía de espaldas o con la cara tapada con una campera o un buzo.

"No fui espía ni estuve en la Triple A. Estuve en el otro bando. Es verdad que soy peronista, pero siempre fui de izquierda. Tuve compañeros que fueron desaparecidos y uno de ellos murió cuando le explotó una bomba en la mano que pensaba poner en la casa de un milico", le dijo Laborda hace tres años al autor de esta nota.

—¿En qué año conoció a Puccio?

—No tiene importancia. No me gustaría hablar de él. Y de esa época. Me arrepiento de lo que hice. Fue un error. Por culpa de ese asunto perdí a mi familia. No quiero hablar de eso.

La familia Puccio: Alejandro, Silvia, Daniel “Maguila”, Guillermo, Epifania, Arquímedes y Adriana
La familia Puccio: Alejandro, Silvia, Daniel “Maguila”, Guillermo, Epifania, Arquímedes y Adriana

—Sus antecedentes siempre tuvieron que ver con el contexto político de la época, pero haber sido parte del clan Puccio no fue algo político, sino criminal…

—De ningún modo. Aunque no lo crea, detrás de todo había algo político. No lo puedo decir, pero mi motivación era política.

—No queda claro. ¿Dónde está lo político en secuestrar gente en un sótano a cambio de dinero?

—Por mi parte, la idea era reunir una importante cantidad de dinero con fines revolucionarios.

—¿Para tomar el poder que estaba en manos de los militares?

—No sé si tan así, pero algo de eso había. No voy hablar más del tema.

—¿Usted fue amigo de Puccio?

Laborda, mate en mano, respondió:

—No. Puccio no era amigo de nadie. Cómo decirlo y que se entienda…Arquímedes era un tipo muy complejo, muchas veces hablaba en pasado. Su presente era el asunto que tenía entre manos en ese momento, lo que nos unió circunstancialmente. Era muy misterioso. No sé si quería a alguien. Nunca hablaba de la familia. Yo hablaba de mi mujer, de mis hijos.

—¿Su mujer lo dejó cuando cayó preso?

—Así es. Me dejó abandonado. Fue la mujer de mi vida. Amé una sola vez en mi vida. Creo que uno se enamora una sola vez en la vida. Pero a ella ya no la amo. Me traicionó. Sé que se casó con otro y que me olvidó. Hago todo lo posible para olvidarla y no odiarla. A los 35 años pensé que amaba a todas. Incluso que las amaba al mismo tiempo. Pero con los años me di cuenta de que era calentura, pasión, embelesamiento, un polvo y nada más. Boberías. Amar es otra cosa y va más allá del sexo. Una mujer debe ser compañera, y el sexo debe ser la consecuencia de algo natural, no animal. Aunque he cogido como mogólico. A lo bestia. Amar es otra cosa. Dicen que el psicoanalista debe amar a su paciente. No como algo amoroso, sino como se ama a un amigo, a los padres, a un perro. Hay que amar a otro para amarse a sí mismo. No creo que vuelva a estar con otra mujer. Como dicen los curas, me refugio en el conocimiento. Ese es mi sexo.

El sótano de los Puccio
El sótano de los Puccio

Hasta el mes pasado, Fernández Laborda era un miembro destacado del Centro Universitario de Devoto, el CUD, fundado en 1985. Como coordinador de la carrera de Sociología, ocupaba una oficina. "Este es mi espacio", solía decir. En las paredes había fotos de Belgrano, San Martín, Castelli, Perón, Evita, Ortega Peña, Juana Azurduy y Pancho Villa.

A Laborda se lo veía ocupado. Recibía a sus compañeros, les decía el día que debían rendir, entregaba apuntes, fotocopias de libros y escribía en la revista La resistencia. En sus artículos citó a Heidegger, Nietzsche, Foucault, Pierre Bourdieu. Es un hombre culto, que ha leído a Borges, a García Márquez y a Juan José Saer. Laborda está por recibirse de sociólogo.

—Lo que más quiero es recuperar la libertad y ser invisible. Andaré en un Fiat 600 o en un Renault 12. Y que digan: "ahí va ese viejito de barba". Pasar inadvertido, como pez en el agua, como decía Mao.

Luego, hizo una pausa y después de una carcajada, confesó:

—Mirá, antes de matar al armenio ese…

—A Manoukián…

—Sí, ese. Tuvimos un quilombito. Yo quería abrirme. Puccio era un loco terrible. Me di cuenta que me había metido en un quilombo. Y dos días antes de matarlo, íbamos en auto con Arquímedes y Díaz, ¿y sabés en qué pensé? En liquidarlos a esos dos. Vos podrás decir: qué hijo de puta, lo dice así nomás, con frialdad, pero tenía mis motivos. Si los liquidaba, hubiese salvado algunas vidas. Alejandro quizá hoy sería un hombre respetado y reconocido. Y ustedes no estarían haciendo ninguna serie.

—¿Por qué iba a matarlos?

—Porque Puccio no quería dejar con vida al pibe ese. Y porque Díaz era un gil que iba a terminar cantando todo. No se la bancó. De hecho, a Naún no lo maté yo. Lo mató él porque se le escapó el tiro en el auto. La pistola se la había dado al coronel.

—¿Quién mató a Manoukian?
—Se la hago corta. Yo le metí el segundo tiro, el de remate. Lo habíamos arreglado así. Ya que había que matarlo, lo hacíamos entre dos. No hubo tres tiros, sino dos. ¿Y el primero sabés de quién fue? Del que más motivos tenía para matar a Manoukian.

—¿Quién tenía más motivos?

—¿Lo pregunta en serio?

—Sí.

—El primer tiro fue el zopenco de Alejandro. Disparó él y luego yo. Pum (hace el gesto de disparar con el dedo índice). Puccio quería que todos matáramos. Y Alejandro solo no se animaba. Por eso yo también disparé. Te dije bastante.

—¿De Alejandro qué opina? ¿Estaba loco como el padre o fue una especie de víctima?

—Le respondo con algo que escribió William Faulkner y tengo anotado en mi libreta. Espere que se lo leo. Acá está : "A veces no estoy tan seguro de quién tiene el derecho de decir cuando un hombre está loco y cuándo no lo está. A veces pienso que ninguno de nosotros está del todo loco o del todo cuerdo hasta que, la mayoría de nosotros dice que es así. Es como si no importara tanto lo que un tipo dice si no la forma en que la mayoría de los demás lo mira cuando le hace".

—¿Qué sintió después de matar?

—Claramente no es algo aliviante. He matado en enfrentamientos, muchos años antes que en los ochenta, y he matado a hombres a los que no le vi la cara. Se tira para salvar la propia vida.

Una de las víctimas del Clan, Nélida Bollini de Prado
Una de las víctimas del Clan, Nélida Bollini de Prado

—¿Sueña con esos muertos?

Laborda se rió, no de placer, sino de nerviosismo:

—Tengo sueños Saint-Exupéry. Me sueño pescando en el río o hablando con familiares fenecidos. Son sueños lindos. Te digo una frase. Lo dijo Juan Tenorio: "Los muertos que maté gozan de buena salud". Pero te repito, a aquellos dos los tendría que haber liquidado. Me arrepiento de eso. Hay una frase que dice un poeta. A esa frase siempre la tengo mano: "Nada más que la desesperación puede salvarnos". Y la verdad.

—¿Y cuál es la verdad?

—No voy a decirla. ¿Cuál es la verdad? Hay tantas verdades. Y acá no la pienso decir.

Después de esa frase, Laborda achinó los ojos y movió la mandíbula como si quisiera esconder la barba. Hizo silencio. Y con un gesto dio por terminada la nota.