Hay viajes que se miden en kilómetros y otros que se transforman en una batalla cuerpo a cuerpo contra los propios límites de la resistencia humana. Ambas dimensiones se entrelazaron de forma dramática cuando Sebastián Villanueva, un joven de 33 años oriundo del barrio porteño de Barracas, decidió recorrer en moto los 125.000 kilómetros que separan Ushuaia de Alaska, en una odisea en la que casi muere al toparse con el crudo invierno del territorio canadiense.
Cuando Sebastián encendió el motor de su Honda África Twin, “Pantera”, el 5 de marzo de 2021, el mundo entero estaba paralizado por la pandemia; pero él decidió desafiar la quietud colectiva con un sueño monumental: recorrer el continente americano de punta a punta.
Cinco años y dos meses después, esa quimera se convirtió en una hazaña completada tras unir la ciudad más austral del planeta, con las indómitas auroras boreales de norteamérica. La odisea concluyó con un regreso triunfal el pasado 1° de mayo, cuando una multitud de fanáticos, amigos y familiares lo recibieron como a un héroe en el Obelisco de Buenos Aires.
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Sin embargo, detrás de las fotos del éxito y los abrazos en el asfalto porteño, se esconde el capítulo más oscuro y desgarrador de su bitácora: el momento exacto en que la línea entre la aventura y la muerte se volvió peligrosamente delgada en el infierno blanco del Yukón, el más pequeño y occidental de los tres territorios federales de Canadá, famoso por su naturaleza salvaje y sus picos montañosos imponentes.
Si bien el viaje de ida hacia el norte estuvo marcado por el descubrimiento y la hospitalidad; el regreso desde Alaska, iniciado en las postrimerías del verano septentrional, lo enfrentó a la experiencia más extrema y peligrosa de su vida. Al ingresar al territorio del Yukón, en el noroeste de Canadá, el invierno ártico se adelantó con una ferocidad inusitada. No se trataba de la idílica nieve que decora los paisajes cuando el termómetro roza los cero grados centígrados; el escenario era el del hielo negro y cristalizado, con temperaturas que se desplomaron hasta los -40 °C.
“A esa temperatura, las reglas de la física y de la resistencia humana cambian por completo. No sentís el frío; simplemente dejás de sentir”, admitió Sebastián en diálogo con Infobae.
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La hostilidad del entorno se manifestó primero en la mecánica. “La moto durmió a la intemperie, con -17 °C. y amaneció completamente congelada”, contó. Así fue como el motociclista tuvo que pasar un día entero combatiendo los fluidos solidificados del motor para lograr que “Pantera” reaccionara. Pero lo peor estaba por venir en la última etapa de 260 kilómetros hacia el sur.
“En esa latitud, durante el invierno, la actividad humana se reduce a cero. Las estaciones de servicio, los paradores de camiones y los alojamientos de la mítica Alaskan Highway cierran sus puertas de forma definitiva. No había un solo lugar donde buscar refugio, ni un alma transitando una ruta que parecía la superficie de otro planeta”, describió Sebastián.
Para avanzar sobre el asfalto congelado con una motocicleta que, con el equipaje y el combustible, superaba los 330 kilogramos de peso, Sebastián tuvo que instalar clavos en los neumáticos. Viajar a 70 kilómetros por hora bajo esas condiciones requería una concentración milimétrica; cualquier pérdida de adherencia en el hielo plano se habría traducido en una caída fatal en medio de la nada.
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Fue durante esa jornada cuando su cuerpo empezó a apagarse por un principio de hipotermia. A pesar de contar con indumentaria técnica de alta densidad, el frío extremo comenzó a colonizar sus extremidades. “No sentía los dedos, habían perdido toda sensibilidad. La boca se me durmió al punto de impedirme hilar palabras de forma coherente y la respiración prolongada del aire congelado terminó por causar quemaduras internas en las vías respiratorias y los pulmones”, contó sobre el principio de hipotermia que padeció.
Las secuelas físicas de aquella jornada fueron severas. Cada vez que Sebastián detenía la marcha para volar el dron y documentar esa inmensidad blanca, la exposición de sus manos desnudas al viento helado provocaba quemaduras por congelación. “Mi mano izquierda quedó cubierta de costras y escaras como si hubiera estado expuesta al fuego directo”, describió.
Sin embargo, el impacto más grave sufrió en los ojos. “La combinación del frío extremo, el viento filtrado por el casco y el reflejo de la luz solar sobre la nieve terminaron quemando y deformando mis córneas”, remarcó. Ese preocupante cuadro de salud lo llevó a tomar una drástica decisión.
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“Si sigo manejando en estas condiciones, me muero”, se auto convenció. Me costó tomar la decisión pero tenía que tomarla porque si no me moría de verdad", agregó. Así fue como en Watson Lake, un remoto pueblo canadiense, contrató un servicio de transporte logístico para enviar la moto mil kilómetros hacia el sur, mientras él tomaba un vuelo de cabotaje hacia la ciudad de Edmonton. “Gracias a esa retirada a tiempo, hoy puedo decir que fue la experiencia más increíble y extrema de mi vida”, reconoció.
Aunque en Edmonton, el termómetro tampoco cedía y marcaba -15 °C, pero la distancia entre un refugio o un café era de apenas 50 kilómetros. “Eso transformaba el peligro de la nieve, el frío y la ruta congelada en un entorno controlable”, admitió Sebastián, quien al regresar a la Argentina tuvo que someterse a una cirugía correctiva de la vista.
Un “error de cálculo” que se podría haber evitado
Con el “diario del lunes”, Sebastián Villanueva reconoce hoy que hubo un “error de cálculo” que se podría haber evitado. “Subestimé la brutalidad del invierno canadiense”, admitió. “Quería vivir el invierno de Canadá, quería sentirlo, ver cómo era. Pero fue una mala idea hacerlo en moto”, confesó.
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La decisión de emprender el regreso desde Alaska justo cuando comenzaban las primeras nevadas no fue casual. Sebastián sabía perfectamente que se acercaba una de las épocas más hostiles del año en el norte del continente. Aun así, eligió seguir adelante. Había algo de búsqueda personal y también de fascinación por experimentar uno de los climas más extremos del planeta.
Sin embargo, la realidad terminó siendo mucho más dura de lo que imaginaba. “No era nieve. Ese fue el problema. Era hielo puro”, explicó sobre las rutas del Yukón canadiense.
En su cabeza, el desafío estaba asociado a manejar entre paisajes nevados, temperaturas bajas y tormentas ocasionales. Pero lo que encontró fue otra dimensión del invierno: carreteras completamente congeladas, pueblos cerrados, ausencia total de refugios y temperaturas que descendían a niveles capaces de destruir un motor… o un cuerpo humano.
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El error, según reconoce ahora, fue pensar que podía administrar esas condiciones extremas solamente con experiencia y equipamiento. De hecho, antes de someter su cuerpo a las rutas congeladas, Sebastián se vio forzado a hacer una pausa estratégica en el territorio, que duró más de 20 días, para intentar mitigar la desprotección térmica.
“En ese tiempo viví un poco con lo que eran culturas nativas de allá y con actividades típicas como, por ejemplo, pasear en trineo con perros o hacer pescar en una laguna congelada”, contó. “Para pescar las truchas teníamos que hacer un agujero en el hielo y después las cocinábamos al fuego”, recordó. “Fueron experiencias inusuales para mí, que le dieron un valor agregado a todo mi paso por el invierno canadiense”, admitió.
La travesía estadounidense y el contraste de la ruta
Una vez superado el bloqueo del Yukón, el invierno cambió de fisionomía. Sebastián atravesó los Estados Unidos de norte a sur en medio de temporales históricos de nieve. Fueron más de cinco mil kilómetros de conducción invernal, cruzando ciudades emblemáticas bajo condiciones rigurosa. “Chicago me recibió a -17 °C y Nueva York, en diciembre de 2025, me despidió con una marca de -12 °C, apenas una semana antes de que una gran ola de frío polar paralizara por completo la costa este norteamericana”, recordó.
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La logística diaria exigía una obsesión: encontrar estacionamientos cerrados o talleres donde resguardar a “Pantera” por las noches para evitar que el motor volviera a bloquearse por el congelamiento de sus componentes esenciales.
El quiebre psicológico y térmico de la travesía ocurrió en Florence, un pequeño pueblo en la ruta I-95 hacia el sur. Tras semanas de encierro bajo capas de cordura, guantes térmicos y pasamontañas, Sebastián se despertó una mañana con un sol diáfano y una temperatura de 5 °C. “Para los lugareños era una jornada invernal cruda; pero para mí, que venía de sobrevivir a los -40 °C del Ártico, aquel clima era la gloria misma”, reconoció.
La imagen resultó casi surrealista: Sebastián salió a caminar por el estacionamiento del hotel de ruta en pantalones cortos, remera y ojotas, disfrutando del calor residual del sol ante la mirada atónita de los residentes locales que lo observaban como a un auténtico demente.
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El regreso por la calidez de América Latina y los peligros del Amazonas
Para agilizar el retorno y evitar repetir las rutas de Centroamérica y México que ya había explorado a la ida, Sebastián despachó la moto por vía aérea desde Florida hasta Bogotá, Colombia. La última etapa del viaje de regreso combinó la inestabilidad política de las fronteras con la inmensidad hostil de la geografía sudamericana.
“Ingresé a Venezuela en un contexto sumamente complejo, apenas dos semanas después de la caída de Nicolás Maduro”, dijo en alusión a que el acceso al país estaba vedado para la prensa internacional pero no para los viajeros como él.
Ese “status” le permitió sortear los controles migratorios, no sin antes someterse a un riguroso proceso de seguridad: “Me hicieron tres entrevistas exhaustivas, me revisaron todas la conversaciones de WhatsApp y accedieron a mi galería de fotos”. Además, le hicieron hacer un registro audiovisual donde debió posar con el pasaporte en la mano frente a una pared explicando sus motivos para ingresar al país. Tras un mes y medio recorriendo el territorio venezolano, cruzó hacia el norte de Brasil por la mítica región de la Gran Sabana.
El ingreso a la cuenca del Amazonas expuso a su moto “Pantera” a un entorno completamente opuesto al hielo canadiense, pero igualmente peligroso. Tras navegar un día y medio por vía fluvial desde Manaos hasta Santarém, Sebastián se incorporó a las rutas del Mato Grosso, interminables rectas de asfalto que cruzan el corazón agrícola de Brasil.
“Allí, el peligro no fue climatológico, sino humano: la ruta estaba monopolizada por miles de camiones bitrén que transportan soja y grano hacia los puertos. Mi moto se volvió invisible e insignificante. Los transportistas, unos verdaderos “asesinos al volante”, te obligaban a tirarte a las banquinas de tierra para no ser atropellado”, contó.
El mapa humano de la travesía
Al balancear los cinco años de ruta, Sebastián Villanueva comprende que el verdadero valor de su hazaña no radica en los odómetros de su moto, sino en la transformación cultural que operó en su interior. El viaje modificó su percepción de la distancia y el tiempo. El “chip” de turista occidental se destruyó cuando asimiló que no había un itinerario rígido que cumplir; la ruta se convirtió en su dirección postal diaria y las estancias de diez días en hogares de desconocidos dejaron de ser retrasos para volverse la esencia misma de su cotidianidad.
Aunque el gringo del norte estadounidense se mostró correcto pero distante, fue en el entramado humano de Sudamérica donde Sebastián encontró el verdadero refugio emocional tras la crudeza del invierno ártico. Desde Ecuador hasta el Caribe colombiano, y muy especialmente en Venezuela, la calidez de las familias latinoamericanas operó como un bálsamo.
“Encontré sociedades golpeadas, fracturadas por la migración, pero con una capacidad de resiliencia y una hospitalidad que me hicieron sentir en mi propia casa en cada pueblo del camino”, reconoció.
Cinco años después de su partida, Sebastián Villanueva regresó a Buenos Aires el 1° de mayo. En los ojos lleva las cicatrices del Yukón y en la piel las marcas del sol del Amazonas, pero sobre todo, trae consigo la certeza de que “Pantera” no solo lo llevó hasta el final del mundo habitado, sino que lo trajo de vuelta para reencontrarse con su familia, amigos y una comunidad de casi 850 mil personas que siguieron su viaje por YouTube e Instagram.