“De aquí no se mueve”: el esclavo africano, el erudito francés y la épica de una imagen que fundó en Luján una devoción nacional

El encargo de un hacendado portugués radicado en Santiago del Estero en 1630 derivó en una historia de milagros y lealtad que trasciende los siglos. En el medio del trayecto, una carreta solo se movía cuando se liberaba del peso de la caja que trasladaba a la imagen de la Inmaculada Concepción: había elegido su lugar en el mundo. La historia de la Virgen de Luján, patrona de la Argentina

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Frente de la Basílica de Luján en la misa por el primer aniversario de la muerte del papa Francisco (Jaime Olivos)

Cada 8 de mayo, el corazón de la República Argentina late con una frecuencia distinta. No es solo una fecha más en el santoral católico, ni una efeméride litúrgica que se pierde en el calendario; es, en rigor, el epicentro de una devoción que vertebra nuestra identidad nacional desde mucho antes de que fuéramos una nación constituida. La Virgen de Luján, esa pequeña imagen de terracota de apenas 38 centímetros de altura, envuelta en mantos de seda y encajes, no llegó a estas tierras por un plan estratégico de la jerarquía eclesiástica, ni por la voluntad de un conquistador. Llegó por el “terco” y divino deseo de quedarse en un rincón del mundo que, en aquel lejano 1630, no era más que soledad, pajonales y el silencio profundo de la pampa húmeda.

Pero la historia de Luján es, ante todo, la historia de un vínculo indestructible. Un triángulo de fe compuesto por la Madre de Dios, un esclavo africano llamado Manuel y un sacerdote francés, Jorge María Salvaire, que estuvo a punto de morir bajo las lanzas indígenas y terminó alzando la basílica que hoy recorta el horizonte pampeano. Esta es la crónica de un milagro que se hizo camino, de una esclavitud que se transformó en la libertad más absoluta y de una promesa que se convirtió en piedra y aguja neogótica.

Para entender Luján, debemos retroceder al Buenos Aires colonial de 1630. El puerto era apenas una aldea de barro, pero ya era la puerta de entrada de la fe. Un hacendado portugués radicado en Sumampa, Santiago del Estero, llamado Antonio Frías de Saá, deseaba entronizar una imagen de la Inmaculada Concepción en su estancia. Para ello, le pidió a un amigo residente en Brasil que le enviara una imagen de la Virgen bajo esa advocación. Su amigo, con generosidad providencial, envió dos: una de la Inmaculada y otra de la Virgen con el Niño Jesús.

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Cada 8 de mayo, Argentina celebra el Día de la Virgen de Luján, símbolo de fe e identidad nacional (Adrián Escandar)

Las imágenes llegaron al puerto de Buenos Aires en dos cajones de madera. En mayo de ese año, una caravana de carretas inició el lento y polvoriento viaje hacia el norte, por el Camino Real. Al llegar a actual localidad de Zelaya, partido de Pilar, se encontraba estancia de don Rosendo de Oramas, la caravana decidió hacer noche. Era el lugar habitual de descanso después de una jornada de marcha. Al amanecer, cuando los bueyes fueron uncidos para continuar el trayecto, sucedió lo inexplicable. La carreta que transportaba los cajones no se movió. Los troperos, hombres curtidos en las fatigas del campo, probaron todo. Azuzaron a los animales, cambiaron los bueyes por otros más fuertes, bajaron parte de la carga, pero la rueda permanecía hundida en el suelo como si estuviera encadenada al centro de la tierra. Intrigados, decidieron bajar uno de los cajones. La carreta seguía inmóvil. Lo subieron y bajaron el otro. En ese instante, los bueyes tiraron con una ligereza asombrosa, como si no llevaran peso alguno. Repitieron la prueba varias veces ante el asombro de los presentes. Cuando el cajón pequeño estaba abajo, la carreta caminaba; cuando lo subían, se plantaba. Al abrir el cajón, descubrieron que contenía la imagen de la Inmaculada Concepción. El mensaje fue interpretado de inmediato por aquellos hombres sencillos: “Esta de aquí no se mueve”. La Virgen había elegido su lugar en el mundo.

En este punto de la historia aparece la figura central, la más humana y conmovedora de toda la tradición lujanense: el Negro Manuel. Manuel era un esclavo originario de la costa de Angola que había llegado en el mismo navío que traía las imágenes desde Brasil. Había sido comprado para servir en la estancia de Sumampa, pero al producirse el milagro de la carreta, su destino cambió para siempre. Manuel fue testigo directo de cómo la voluntad divina se manifestaba en la inmovilidad de un buey. Cuando la imagen de la Virgen fue trasladada a la precaria ermita en la estancia de Rosendo, Manuel se quedó con ella. No como un cuidador contratado, sino como alguien que ha encontrado su razón de ser. Durante décadas, Manuel fue el alma del santuario primitivo. Él era quien limpiaba el lugar, quien encendía las velas rústicas de sebo, quien recibía a los primeros peregrinos que llegaban atraídos por la fama de la “Virgen Gaucha”.

La imagen de la Virgen que llegó en 1630 al Río de la Plata es brasileña, hecha en terracota en el valle de Paraiba, San Pablo, y mide 38 cm

La relación entre Manuel y la Virgen trascendía lo institucional. Era una relación de intimidad mística. Los registros de la época, que sobrevivieron en crónicas y testimonios, relatan hechos que hoy llamaríamos sobrenaturales. Se decía con asombro que muchas mañanas la imagen aparecía con el manto lleno de abrojos, barro y rocío. Manuel, con una fe que no necesitaba de teologías complejas, les explicaba a los curiosos con total naturalidad: "Es que anoche la Señora salió a caminar por los campos para consolar a los enfermos, a los afligidos y a los indios que sufren en la pampa". Él la desvestía, la limpiaba con amor filial y la volvía a colocar en su trono de madera.

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Sin embargo, la historia de Manuel también conoció el dolor de la injusticia humana. Cuando la estancia de Rosendo quedó prácticamente abandonada, una mujer de gran piedad, doña Ana de Matos, decidió comprar todos los terrenos y llevó la imagen a su propiedad, donde hoy se asienta el centro de la ciudad de Luján. Pero en el trato inicial, Manuel no fue incluido. La historia cuenta que, una vez trasladada la Virgen a la casa de Ana de Matos, la imagen desaparecía misteriosamente para volver a aparecer en su antigua ermita, junto a Manuel. Esto sucedió varias veces. La Virgen no quería estar en una vasta estancia o en una sala de estar; quería estar con su fiel servidor. Finalmente, las autoridades eclesiásticas y doña Ana de Matos comprendieron que Dios no quería separar lo que la fe había unido. Se realizó una colecta, se pagó el precio de Manuel y el esclavo fue formalmente “donado” al servicio exclusivo de la Virgen. Manuel vivió hasta una edad avanzada, casi centenario, cuidando el altar. Sanaba a los enfermos usando el sebo de las velas de la Virgen y aceite, siempre aclarando que era Ella quien curaba. Su vida se resume en esa frase que es hoy un estandarte de humildad: “Soy de la Virgen, nomás”.

Los inicios en la construcción de la Basílica de Luján

Mons. Juan Guillermo Durán, en su exhaustivo y necesario libro Manuel Costa de los Ríos: Fiel esclavo de la Virgen de Luján, relata con precisión histórica y rigor documental la vida de este servidor: “Como lo hemos afirmado repetidas veces los testimonios históricos directos sobre el Negro Manuel son escasísimos. Razón por la cual se debe ser muy prudente en las afirmaciones sobre cada paso de su itinerario humano. En cuanto al año de su muerte puede afirmarse que ocurrió con mucha probabilidad en la primera mitad de 1686. Únicamente Oliver-Maqueda consigna una escueta noticia sobre los últimos años de su vida: ‘El negro Manuel, dice, vestido de un costal a raíz de las carnes, y criando barba larga a la manera de ermitaño, ayudó no poco a la prosecución de la obra de la Capilla y después continuó en servicio de la gran Señora hasta una ancianidad decrépita. Hallándose en la última enfermedad dijo un día que su Ama le había revelado que había de morir en viernes y que el sábado siguiente lo llevaría a la gloria. En efecto, su muerte aconteció el día mismo que había dicho, y se puede creer piadosamente que se verificó por entero su vaticinio’ (fols. 25-26).

Y el padre Salvaire, que modernamente lo rescató del olvido que iba opacando su figura histórica, consigna dos datos de importancia, referidos a la apreciación que los contemporáneos tuvieron de su muerte y el lugar de la sepultura: ‘Murió en opinión de santidad, por cuyo motivo es tradición que logró su cuerpo sepultura detrás del altar mayor del Santuario anterior al actual (de Lezica Torrezurri), descansando de la suerte, a los pies de su bien amada Imagen de Nuestra Señora de Luján... Siendo trasladada su alma bendita al cielo, en aquel mismo día consagrado a la Virgen (8 de diciembre), para poder gozar allí del divino Original, cuyo venerable retrato tanto había amado y cuidado en la tierra’”.

La Virgen de Luján que fue llevada a las islas Malvinas para acompañar a los soldados argentinos

El Negro Manuel no fue un simple espectador del milagro; fue el primer apóstol de Luján, el hombre que le dio rostro humano a la devoción y que hoy camina hacia los altares en su proceso de beatificación. Manuel personifica la fidelidad extrema, esa que no pide nada y lo da todo. Su figura, rescatada por historiadores como Durán, recuerda que la raíz de nuestra fe nacional es humilde, morena y profundamente leal.

Si el Negro Manuel representa la mística del origen, el Padre Jorge María Salvaire representa la magnitud de la gratitud y la visión de una Iglesia que se proyecta hacia la posteridad. Salvaire, sacerdote de la Congregación de la Misión; comúnmente llamados “vicentinos”, nacido en Francia, llegó a la Argentina en el siglo XIX. Su destino se selló en 1875, durante una misión al desierto. Capturado por una partida indígena del cacique Namuncurá, fue acusado de llevar enfermedades y condenado a muerte. Frente a las lanzas, hizo su promesa: “Madre de Luján, si me salvas, escribiré tu historia y construiré un templo digno de tu gloria”. Liberado de milagro, Salvaire dedicó el resto de sus días a cumplir su palabra.

Papa Francisco y la Virgen de Luján

Fue él quien rescató del olvido la historia de Manuel, quien gestionó la Coronación Pontificia de la imagen de 1887, fue quien puso la peana y la rayera a la imagen y quien puso la piedra fundamental de la actual Basílica. Salvaire entendió que Luján no podía ser una pequeña capilla de pueblo, sino un faro espiritual para toda la América del Sur. Trabajó incansablemente, viajando a Europa para buscar arquitectos y recaudando fondos entre los fieles más humildes. Murió en 1899, antes de ver las torres terminadas, pero su nombre quedó ligado por siempre a la piedra de este templo neogótico y junto a Manuel ambos van camino a los altares dado que se inició el proceso de Canonización.

Hoy, la Basílica de Luján se yergue como un testimonio de esos dos hombres tan distintos: un esclavo africano y un erudito francés. Ambos, unidos por la misma “señora”, nos enseñaron que Luján es el lugar donde las jerarquías desaparecen. El 8 de mayo no es solo una celebración litúrgica; es el reconocimiento de nuestra identidad. Es el día en que recordamos que esa imagen de barro, protegida por el Negro Manuel y honrada por Salvaire, es la que sostiene la esperanza de un país.

Caminar hacia Luján es desandar los siglos para encontrarnos con nosotros mismos. En el silencio de la nave central, se siente latir esa Argentina que no se rinde. Porque, como decía el primer custodio de la Virgen, en este suelo bendito somos todos, al final del día, "de la Virgen, nomás“.

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