
Podría haber sido una más de todas las escenas que este martes construyeron, a lo largo de toda la Argentina, la gran marcha en defensa de las universidades nacionales y en repudio de su desfinanciamiento. Y sin embargo, pareció un presagio.
Eran algo así como cien estudiantes secundarios, todos de una escuela pública especializada en música que funciona ahí donde Villa Urquiza y Saavedra se juntan. Coparon dos vagones de la línea B del subte con destino a la movilización. Y entonces, sobre el vagón y en pleno uso de sus facultades musicales, agitaron unos tambores improvisados con tachos de pintura y cantaron: “No se veeende, la UBA no se vende, la UBA no se vende, la UBA no se veeende”.
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No hubo ningún pasajero de los que se fueron subiendo después a esos dos vagones que no se sumaran a esas estrofas o a las del qué tal vez fue el hit de la tarde: “Llamen al gorila de Milei para que vea que este pueblo no cambia de idea, pelea y pelea por la educación”.
No se privó ni la radióloga que repartió hojas A4 con la estampilla en homenaje a las universidades que diseñó la artista Pilar Dibujito y que se viralizó en los últimos días, ni las tres maestras que se sacaron el buzo y se volvieron a poner el guardapolvo para que estuviera bien visible, ni Gerardo, un abogado de 81 años que se subió al subte en Medrano con un ejemplar de la Constitución en la mano y le dijo a Infobae, entre la angustia y el orgullo: “Hace días que les digo a mis hijos y a mis nietos que no sé qué sería de nosotros si no hubiéramos tenido universidad pública”.
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Eso que pasaba en el vagón, lo de los estudiantes marcándole el pulso a una exigencia que conmueve e impacta mucho más allá de las aulas, era una precuela de lo que se vería en la Plaza de los Dos Congresos, en la Plaza de Mayo, en la Avenida de Mayo y también en sus alrededores. Es que las calles previstas no fueron suficientes para las miles y miles de personas que se sumaron a la marcha en Buenos Aires.
Algunas de esas personas se encolumnaron bajo la bandera de alguna organización estudiantil, política, o sindical, todas instituciones y referentes que, por separado, no lograrían de ninguna manera legitimidad social de este reclamo. Otros llegaron “por los suyas”, e incluso hubo participantes “por un ratito”, como los dos trabajadores de una empresa de caudales que, una vez retirada la recaudación de un supermercado sobre la avenida Callao, sumaron sus aplausos y algún bocinazo de apoyo a los manifestantes que veían pasar.
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Angélica aplaudió un poquito, hasta donde le dieron las fuerzas, y lloró mucho, hasta decirle a Marita, su cuidadora, que mejor volver a casa. Tiene 97 años, vive en Sarmiento y Rodríguez Peña, y ejerció la odontología hasta los 68. Le pidió a Marita que la llevara en su silla de ruedas a ver pasar la marcha por Callao. “Haber estudiado en la UBA me permitió una vida con la que no podría haber soñado de ninguna otra manera. Estudiar y convertirme en profesional es el ejemplo que más agradezco haberles dado a mis hijas. Y ahora todo eso, la UBA y las otras universidades, están en peligro. Yo no puedo creer vivir para ver que la UBA no tiene plata para enseñar”, contó, con la misma angustia con la que veía crecer la manifestación.

Mariana se pasó la tarde de este martes plantada en el cruce de Avenida de Mayo y la 9 de Julio. Con un brazo sostenía un cartel que condensa su historia: “Primera universitaria de la primera universidad del Conurbano”. Estudió Ciencias Económicas en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, tiene 25 años y le contó a Infobae algo parecido a lo que decía Gerardo, el abogado de 81: “A mí la universidad pública me dio una oportunidad que no hubiese tenido de ninguna otra manera. Para mi familia no había otro camino posible, por eso estoy acá para defenderla”.
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En la otra mano, bien visible, Mariana mostraba un libro que no es cualquier libro. Para sumarse a esta marcha, a la que miles se acercaron con algún ejemplar que eligieron de su biblioteca, eligió Fahrenheit 451, esa distopía de Ray Bradbury en la que los libros, el símbolo del conocimiento, están prohibidos y se los prende fuego. “¿Qué otro libro iba a traer? ¿Vos viste lo que está pasando?”, disparó.

Esta mañana, en Monte Chingolo, Lanús, Belén improvisó una reunión de madres y padres en el jardín donde da clases. Les pidió, en el horario de entrada, que se quedaran unos minutos y les explicó por qué creía importante conocer los motivos de esta gran marcha nacional e incluso asistir. “Doy clases en una comunidad muy muy humilde. La mayoría de los papás no van a terminar el secundario y hoy me decían ‘es que yo no voy a llegar a la universidad’. Les dije que hay que hacer todo para que sus hijos, que son mis alumnos, puedan llegar. Y que para eso marchaba”, describió.
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“Pública, laica, gratuita y orgullosamente CON LA NUESTRA” decía el cartel que Mario, licenciado en Enfermería de la Universidad Nacional de Luján. Llegó a Buenos Aires en auto con otros cuatro colegas, compartiendo mates y preocupaciones. “Todos somos docentes además de enfermeros. Hay muchos chicos y chicas que encuentran una vocación y una salida laboral en nuestra carrera, ¿y si eso se trunca? Necesitamos más recursos para que la universidad pública no se hunda. No hay manera de que sea un mal negocio educar al pueblo”, reflexionó. Compró tres pañuelos azules de los que se vendían a 2.000 pesos a lo largo de la marcha: azules, con tres o cuatro lápices dibujados y una leyenda, “Yo defiendo la Educación Pública”. Son para sus hijos, una especie de souvenir de esta jornada potente y también angustiada que viaja desde el centro porteño hasta Luján.

Luciano se encontró con sus compañeros de cursada a unas cuadras del Congreso. Llegó la movilización con un cartel que decía: “Voy ser el primer ingeniero de mi familia”, y justo abajo decía “¿Voy a ser el primer ingeniero de mi familia?”.
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“Yo quiero creer que esto se va a solucionar. Que van a llegar los recursos que tienen que llegar para que las universidades funcionen normalmente. Es cierto que antes de Milei no cursábamos en condiciones óptimas, ni los docentes ganaban salarios envidiables, ni nada de eso. Y también es cierto que se llegó a un límite: con el presupuesto actual no se puede funcionar. Vine porque lo único que se puede hacer ante esa amenaza de parálisis es repudiar y que ese repudio se escuche”, soltó Luciano.

Santiago también trajo un libro a la marcha. Uno de Toxicología, con el que estudia Medicina en la UBA. Su amigo Félix muestra uno todavía más grandote, de Fisiología. “Nos da miedo todo esto que está pasando. Miedo de quedarnos sin futuro, sin la carrera que soñamos en la universidad que soñamos”, contaron un poco entre los dos. Caminaron desde la Plaza Houssay hasta la Plaza de Mayo, en el recorrido más masivo de los estudiantes de la Universidad de Buenos Aires, que coincidió con el de sus autoridades. “Tuvimos que agarrar calles paralelas varias veces porque está estallado de gente”, sumó Félix. Todas las veces que vieron un televisor prendido en alguna vidriera frenaron a mirarlo: a ver si podían dimensionar cuánto ocupaba la marcha de la que estaban participando, a ver si veían imágenes de alguna otra concentración en algún otro rincón de la Argentina, a ver si los alertaba algún operativo cercano de las fuerzas de seguridad.
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Junto a ellos caminaban Louise y David, dos primos de Santiago que nacieron y viven en Philadelphia, Estados Unidos. Tenían cara de estar presenciando algo que nunca habían visto desfilar ante sus ojos. “Es impresionante la cantidad de gente, es impresionante la potencia que se siente en la calle”, reflexionó Louise en inglés. Sacó todas las fotos que pudo sobre Avenida de Mayo, y le hizo caso a su primo cuando le señaló el cartel que debía enfocar con su cámara réflex. Decía, con letras fosforescentes sobre un fondo negro: “Las Fuerzas del Aula contra las Fuerzas del Cielo”. “Después te explico, es largo”, le dijo Santiago, casi gritándole para intentar ganarle a los bombos, redoblantes y aplausos que le sonaban alrededor.
Esa fue la banda sonora de este martes de marcha multitudinaria. Esos bombos, esos redoblantes, las voces de los que en los bares de Avenida de Mayo se pararon e improvisaron el Himno, y, como un mantra y al mismo ritmo de los que cantaban en el subte, un estribillo que incluye a la UBA y que la excede: “No se veeende, la Patria no se vende, la Patria no se vende, la Patria no se veeende”.
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