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El asesinato de Facundo Quiroga: la advertencia que desoyó, el niño de 12 años degollado y una sangrienta venganza

Hace 188 años moría acribillado el caudillo riojano en el paraje conocido como Barranca Yaco. Cuando le ofrecieron tomar otro camino lo rechazó: estaba seguro de su invencibilidad y de que nada le pasaría. Su trágico fin, sus últimas palabras y la venganza contra la partida que lo mató

Facundo Quiroga, que se ganó el apodo de "el tigre de los Llanos" era el caudillo federal más importante del interior del país.

La tierra es tan abrasadora como entonces, y la senda polvorienta, que aparecía y se perdía entre montes que ya no están, aún conserva su traza. La soledad reinante sigue siendo una tentación a la emboscada y a la traición, y en la complicidad de esa lejanía la muerte abrió sus brazos a Facundo Quiroga.

El lugar se llama Barranca Yaco, situado a unos setenta kilómetros al norte de la ciudad de Córdoba.

El caudillo riojano, de 47 años regresaba a Buenos Aires luego de un frustrado viaje al norte, donde debía mediar en una disputa entre los gobernadores de Salta, Pablo Latorre y de Tucumán, Alejandro Heredia. Había partido en diciembre y Juan Manuel de Rosas, quien le había encargado la misión, lo acompañó un trecho.

Cuando transitaba por Santiago del Estero se enteró que Latorre había sido asesinado y Heredia había quedado el dueño de la situación. Ya no se necesitaba de su presencia por lo que emprendió el regreso.

En el lugar del hecho se encuentra un busto del riojano y diversas placas conmemorativas.

“Quédese usted tranquilo, señor gobernador, no ha nacido todavía el hombre que se atreva a matar al general Quiroga”, le dijo al gobernador santiagueño Ibarra, cuando éste le insistió sobre la cuestión.

Se había afeitado el bigote y, aún con su pelo ruliento, parecía haberlo despojado de esa imagen de hombre bárbaro y salvaje que muchos se habían formado.

Quiroga era un blanco fácil, ya que no llevaba escolta militar. Lo acompañaba José Santos Ortiz, un puntano de 51 años quien se había incorporado para asistirlo en la misión de mediación en el norte. Ortiz había sido el primer gobernador de su provincia, San Luis entre 1820 y 1829 y acompañaba al riojano desde la derrota en Oncativo. Estaba casado con Juana Inés Vélez, hermano de Dalmacio Vélez Sarsfield.

Cadena de postas a lo largo del Camino Real, cerca del actual trazado de la ruta 9.

También iba un grupo de peones, dos correos y dos postillones. Uno de ellos se llamaba José Luis Basualdo, de 12 años, quien era el hijo del maestro de Ojo de Agua, la parada anterior a la de Sinsacate, posta donde había descansado José de San Martín y donde Manuel Belgrano rezó en su capilla cuando regresaba enfermo a Buenos Aires.

Al postillón lo hicieron subir a la galera tirada por seis caballos para que fuera aprendiendo el oficio.

Por orden del propio Quiroga, iban rápido. En otra posta le advirtieron que una partida lo emboscaría en Barranca Yaco. En un punto del trayecto, un desconocido ofreció caballos frescos tanto a Quiroga como a Ortiz para que escapasen, “y evitar una muerte segura”. Una idea que el riojano la rechazó de plano. “Con un grito mío, esa partida se pondrá a mis órdenes”, se jactó.

Una partida de 32 hombres atacó el carruaje en el que viajaba Facundo Quiroga. Solo se salvaron dos jinetes que cabalgaban retrasados.

El cielo anunciaba que se venían las lluvias ese lunes 16 de febrero de 1835. Cerca de las 11 de la mañana, a nueve kilómetros antes de llegar a la posta de Sinsacate, donde el camino hacía una curva en el espeso monte de espinillos y talas, una partida de 32 hombres le cortó el paso a la galera de Quiroga.

El grupo era comandado por Santos Pérez, un gaucho hábil con el cuchillo, de pocas luces, que vivía en Portezuelo. Para preparar la emboscada, repartió a sus hombres en distintos puntos del camino.

Roque Juncos, uno de sus hombres, apareció al galope anunciando que Quiroga se acercaba.

José Vicente Reinafé, gobernador de Córdoba y apuntado como uno de los instigadores de la muerte de Quiroga.

El carruaje frenó su marcha al ver a un grupo de jinetes cortándoles el paso.

- ¿Qué es lo que pasa? ¿Quién manda esta partida? -preguntó Quiroga a viva voz, sacando la cabeza por la ventana. Serían sus últimas palabras.

Un certero disparo impactó en su ojo izquierdo. Otro le daría en el cuello.

Se desató la matanza. Basilio Márquez subió al carruaje y le cortó el cuello al cuerpo sin vida del riojano, mientras Santos Pérez atravesó con su espada a Ortiz.

El resto de los hombres se dedicó a matar al resto de los acompañantes del riojano. Nadie debía quedar con vida. Todos los cuerpos fueron degollados.

Quedaba vivo el único al que nadie quería asesinar, el postillón de 12 años, que a gritos pedía por su madre. Santos Pérez debió matar a uno de los suyos cuando se negó a degollarlo y mandó a otro a realizar la macabra tarea.

Luego, ocultos en el monte, se repartieron el contenido del equipaje, llevándose hasta la ropa que traían puesta los muertos. A los caballos los soltaron y el carruaje, con impactos de bala, lo escondieron.

Posta de Sinsacate, en la actualidad. Allí fue velado Quiroga. (Foto Universidad Nacional de Córdoba)

Lo que Santos Pérez no percibió que desde el monte los estaban observando. Dos correos, José Santos Funes y Agustín Marín, que acompañaban a Quiroga, cabalgaban un tanto retrasados. Al escuchar los disparos, se ocultaron y vieron todo. Ellos fueron los que avisaron a la posta de Sinsacate.

El juez de paz local, en esa tarde lluviosa, mandó buscar los cuerpos de Quiroga y de Santos Ortiz, y los depositaron en la iglesia. Sinsacate adquirió una sacralidad que permanece intacta, ya que fue donde se improvisó el velorio inesperado del caudillo.

Al día siguiente, su cuerpo fue llevado a Córdoba, donde fue enterrado en la Catedral y el de su secretario a Mendoza, a pedido de su esposa.

Todas las miradas apuntaron a los hermanos Reinafé -José Vicente, el gobernador; Francisco; José Antonio y Guillermo como los instigadores del crimen.

Días después del crimen, Santos Pérez le entregó a Reinafé dos pistolas y un poncho de vicuña, propiedad del muerto. En medio de acusaciones cruzadas sobre quién era el autor intelectual del crimen, el gobernador Reinafé quiso limpiar los rastros que lo vinculaban con los asesinos. Simulando un brindis, intentó envenenar a Santos Pérez con aguardiente mezclada con cianuro pero la poción no logró su efecto y logró escapar.

Lo atraparon cuando fue a la ciudad para encontrarse con la hija de Fidel Yofré, dueño de campos en el lugar. Uno de los encargados lo reconoció y lo denunció a la milicia rural. Acorralado, sin tener a dónde ir, se entregó.

Luego de que Pedro Nolasco Rodríguez fuera electo gobernador cordobés, la suerte de los intocables Reinafé había terminado. Salvo Francisco que logró escapar, fueron detenidos junto a la mayoría de los integrantes de la partida.

El 27 de mayo de 1837 se conocieron las sentencias a muerte y el 25 de octubre fueron fusilados los Reinafé junto a Santos Pérez. Los cuerpos de éste último y de José Vicente fueron colgados en la puerta del Cabildo. También se pasó por las armas a la mayoría de los miembros de la partida y otros fueron condenados a prisión.

Muchas miradas se dirigieron a Rosas, al considerarlo el verdadero ideólogo de la muerte de Quiroga. “…muerte de mala muerte se lo llevó al riojano, y una de las puñaladas lo mentó a Juan Manuel”, escribió Jorge Luis Borges en su poema “El General Quiroga va en coche al muere”.

Las nueve cruces, en homenaje a los que allí perdieron la vida. Dos bustos del riojano dominan la escena.

En el patíbulo, un condenado gritó desesperado denunció al gobernador, como el instigador detrás del crimen.

Algunos memoriosos no solo cuentan con cautela que en algún aniversario vieron aparecer de la nada la galera de Quiroga, vacía, tirada por seis caballos, cruzando el camino y perdiéndose en el monte que ya no está. Y que el viento que silba entre los espinillos suele traer los lamentos desesperados del postillón de 12 años, en ese camino polvoriento y solitario donde nueve cruces recuerdan que allí Quiroga, que se creía inmortal, encontró la muerte.

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