“Bienvenidos a la ciudad de San Francisco Solano” reza el cartel en la esquina de Donato Álvarez y avenida San Martín. De fondo, cientos de personas caminan de acá para allá entre el humo de las parrillas que a media mañana comenzaron a encenderse. “Acá vendemos lo quieras ¿qué buscas? Repuestos para autos, ropa, conejos, gallinas, patos, ¿qué querés? Lo tenemos”, dice a Infobae un puestero apostado en la famosa Feria de Solano ubicada en el partido de Quilmes.
La Feria abarca alrededor de 30 cuadras. Una vez adentro parece no terminar, siempre hay más allá. Y en todos los rincones hay gente aglomerada observando precios, paseando y comprando: un shopping a cielo abierto con presuntas irregularidades comerciales que permiten precios muy bajos para que la franja más pobre del país acceda a comprar a un costo acorde a sus posibilidades.
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Acá parece no existir el miedo a contagiarse con el virus que acecha al mundo y al país desde hace más de un año. Del mismo modo, no parecen existir los controles ni regir las últimas medidas decretadas por el presidente Alberto Fernández que comenzaron la semana pasada.
Sin embargo, esta feria no es en el único lugar del conurbano donde este tipo escenas suceden. A varios kilómetros Solano, en el partido de La Matanza, el distrito más populoso del Gran Buenos, las postales son similares. En localidades como Villa Celina, Gregoria de Laferrere e Isidro Casanova, las ferias locales se expanden y juntan a gran cantidad de personas sin controles para que se cumplan los protocolos requeridos.
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Todo esto ocurre en el marco de una escalada de casos que amenaza con el colapso del sistema de salud. Ayer, por ejemplo, los números que publicó el Ministerio de Salud de la Nación alarmaron a las autoridades. En 24 horas hubo 557 muertes por COVID-19, cifra récord desde que el coronavirus llegó al país. Mientras tanto, en las calles del conurbano, por momentos los controles se liberan y las personas se aglomeran en busca de buenos precios en medio de una delicada situación económica.

“La feria acá está dividida en dos. De la avenida San Martín para allá es una cosa y de San Martín para acá es otra. Nosotros manejamos este predio y esta es la verdadera Feria de Solano”, explica a Infobae Miguel, parado en medio de los puestos y de los cientos de compradores que van y vienen en busca de los mejores precios. “El virus, no sé, tenemos que trabajar y la verdad que no nos pueden clausurar, hay mucha gente que vive de esto. Sería muy difícil cerrarla”, agrega.
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En Solano las ofertas abundan y la lista de productos que se comercializan es extensa. En el lugar se puede encontrar desde un pato por $1.200, una lechuza a $1.500,un pájaro Cardenal Norteño a $800, un horno a $7.000 y tres kilos de tomates a $100: las variedades de ofertas es amplia. Todo bajo nulas medidas sanitarias y de control.

La avenida San Martín separa a los puestos más elaborados de los puestos más precarios. De un lado, los feriantes ostentan puestos más grandes y de más estructura. En cambio, cruzando la avenida, las tiendas y los productos son más elementales. “El lado más ‘pobre’ es como el contorno de la feria que se creó a partir del éxito que tiene el lugar y creció. Los puesteros de este lado ofrecen cualquier cosa, hasta lo que les sobra en su casa, la idea es hacerse un mango, vender lo que sea. Y más ahora que la situación es cada día más difícil y el trabajo no sobra”, describió Roberto, un vecino y cliente histórico del lugar.
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La Feria de Solano funciona todos los sábados de 8 a 15 desde hace al menos tres décadas. “Yo tengo mi puesto acá hace muchos años, ya voy a cumplir más de diez años. En principio vendí comida y después me pasé al rubro textil. Hay más plata”, cuenta Mary de 50 años. “Con el tema del coronavirus en principio nos daba un poco más de miedo, pero la verdad es que tenemos que salir a laburar. No puedo parar. Mantengo a una familia con este puesto. ¿Controles? Nada por acá. Nos manejamos entre nosotros”, agrega.

Así, mientras Mary continúa en su puesto ofreciendo jeans con la etiqueta de una conocida marca, pero visiblemente falsos, a $1.500, los cientos de clientes circulan de acá para allá, muchos sin barbijos y dialogando a pocos centímetros. Demostrando que la distancia social exigida, una de las principales medidas sanitarias para evitar el contagio, se hace difícil de cumplir más allá de que todo ocurra al aire libre.
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En Gregorio de Laferrere funciona la Feria Eva Duarte sobre la Ruta 21 y la calle Del Tejar. Las escenas son similares. Un puesto al lado del otro y sus clientes amontonados comprando sin ningún tipo de control frente al virus.

Lo mismo ocurre en la plaza Atalaya en Isidro Casanova. Con mantas, la gente se acerca y ofrece productos a precios módicos para los vecinos de la zona. En la Feria de Villa Celina, igual. Las postales se repiten. Aglomeraciones sin controles y las personas en busca de buenos precios más allá del peligro a contagiarse.
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Las actividades en las ferias son dinámicas. El movimiento incesante y las personas que asisten las recorren en busca de ofertas que abundan. Sin embargo, esa búsqueda de precios donde se juntan las necesidades de vender para generar dinero y la de comprar barato debido a la crítica situación económica, a la vista, resulta un caldo de cultivo frente a la segunda ola de COVID-19, que ya está acorralando al sistema de salud y alarma a las autoridades, que por estas horas, evalúan tomar nuevas medidas de control de circulación.

Fotos y video: Maximiliano Luna, Gustavo Gavotti, Lihue Althabe y Gastón Taylor
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