Empezó con una “relación abierta en lo sexual”, escaló al poliamor y da las claves para probar el amor libre

Camila vive con Santiago, su pareja. Arrancaron con la apertura sexual y pusieron límites: "Con conocidos, no", "no vale enamorarse". Hasta que acordaron poder mantener otros vínculos sexuales y también afectivos. Su vida fuera de la monogamia

gsousa@infobae.com


Cuando conoció a Santiago, Camila acababa de separarse. Había estado tres años en una relación monogámica, no porque hubiese acordado explícitamente serlo sino porque así se supone que son las relaciones serias y estables según la “mononorma”: el resto es promiscuidad, falta de compromiso, perversión, cuernos consentidos, desamor. Por eso Camila sacó el tema en la primera cita con Santiago: antes de empezar lo que fuera a suceder entre ellos, necesitaba conocer su posición acerca de las relaciones por fuera de los límites de la monogamia.

“Empecé a descubrir que era poliamorosa cuando tenía más o menos 16 años y me encontré estando en relaciones paralelas con tres personas distintas. No tenía la teoría así que no salió del todo bien. Cada uno sabía parcialmente que todos estábamos con otras personas pero no lo hacíamos muy claro: no había reglas, no había límites, no había acuerdos, y al menos yo desconocía la importancia de todo eso”, cuenta a Infobae Camila Alegre, que es estudiante de psicología y ahora tiene 22.

“Además, había muchos prejuicios. Cuando se lo conté a mis amigas así, con un poco de timidez, me trataron de puta, mi familia lo mismo. Que cómo iba a estar con tres personas al mismo tiempo, que les estaba mintiendo a todos”, sigue.

Camila Alegre tiene 22 años y se define como poliamorosa y bisexual. No está en contra de la monogamia sino "a favor de ayudar a crear vínculos sanos".
Camila Alegre tiene 22 años y se define como poliamorosa y bisexual. No está en contra de la monogamia sino "a favor de ayudar a crear vínculos sanos".

Camila todavía no sabía que podía elegir otros esquemas por lo que, después de esa censura, vino aquella larga relación de a dos. “Era una relación monogámica sin haberlo siquiera conversado, sin haberlo elegido. Simplemente porque cuando se pone el título de ‘novio’ se asume que es dentro de la monogamia y de la exclusividad sexual y afectiva, porque no se conoce otro camino. Cuando uno no habla de lo que le pasa tiende a seguir la norma, así que estuve tres años en una relación monogámica sin querer estarlo. Además soy bisexual, entonces estar solamente con hombres tampoco era mi camino”.

Hizo varios intentos por abrir la relación (es decir, consensuar la posibilidad de mantener otras relaciones en simultáneo) pero entendió que nadie debería obligar al otro a hacer algo que no quiere. Ni él tenía por qué verse conminado a soportar que su novia tuviera vínculos sexuales y afectivos con otras personas, ni Camila estaba obligada a limitar sus vínculos por sostener lo que llama “una monogamia forzada”. La relación se volvió inviable y se separaron.

La apertura

Pocos meses después -cuando Camila tenía 20 años- conoció a Santiago Bravo, un joven autor y músico. “En la primera cita le pregunté directamente qué pensaba de las relaciones abiertas, de la no-monogamia. Y si bien él no lo tenía tan pensado como yo, coincidimos en que queríamos amar con libertad. Esto no quiere decir que dentro de la monogamia no haya libertad pero no queríamos ponernos los límites convencionales que tienen la mayoría de las parejas”.

Se enamoraron enseguida y construyeron una relación estable pero no fueron directamente al “vale todo”. “Nos tomamos un tiempo para ir haciendo acuerdos. Al principio usábamos una técnica casera que era preguntarnos situaciones hipotéticas. Por ejemplo, ‘¿cómo te sentirías si yo tuviera una cita con otra persona?’”. Las preguntas fueron avanzando: ¿y si fuera con otra chica? ¿y si no volviera a dormir?

Junto a Santiago, con quien tiene una relación estable desde hace más de dos años. Conviven en un departamento en Capital y comparten economías, proyectos y vidas. También la opción del poliamor.
Junto a Santiago, con quien tiene una relación estable desde hace más de dos años. Conviven en un departamento en Capital y comparten economías, proyectos y vidas. También la opción del poliamor.

“Cuando uno abre una relación o está iniciándose en el camino, por lo general se preocupa por poner muchos límites, porque genera inseguridad”, cuenta. “Así empezaron nuestros acuerdos: con quién sí, con quién no, dónde sí, dónde no, hasta dónde. Decidimos, por ejemplo, que ‘con conocidos no’. Era una apertura de la relación sólo en lo sexual y no en lo afectivo, porque parte del acuerdo era ‘no enamorarse’, ‘no involucrar sentimientos’ y ‘no contarnos’”.

Poco tiempo después, Santiago se fue a Alemania por un viaje que tenía programado antes de conocerla, lo que reforzó la idea de que mantener una monogamia a la distancia “era bastante hipócrita”. Fue Camila la primera que estuvo con otro hombre e inauguró el nuevo esquema. No era alguien conocido ni se había enamorado pero igual, al día siguiente, llamó a Santiago llorando.

“Hubo un momento de inseguridad de los dos lados, yo no lo quería lastimar. Él dijo ‘bueno, sí, me siento inseguro pero no me estás lastimando porque es parte de lo que habíamos acordado’. Creo que esas inseguridades son normales porque no fuimos educados para la no-monogamia. La sociedad demoniza mucho a los celos sin entender que son producto de una construcción cultural en la cual nos enseñaron que nuestras parejas son nuestra propiedad”.

Las veces que siguieron todo fue más fácil -dice Camila-. Y cuenta que los celos también existen en las “no monogamias” pero van buscando herramientas para manejarlos y evitar el sufrimiento. Una es no accionar (revisar celulares, bolsillos, hacer un escándalo) sino apelar a la confianza con la pareja y mostrar lo que uno siente para desarmarlos.

“No es fácil pero, en mi caso, siento que vale la pena por la libertad y la confianza que construís con tu pareja. Cuando tuve una relación monogámica había situaciones del tipo ‘ah, vos a ese le querés entrar’, y yo ‘no amor, sólo tengo ojos para vos’. Y eso es mentira. No digo que la monogamia obligatoriamente desprenda toxicidades pero en la mayoría de los casos desprende todo un mandato de cosas que te hacen sufrir un montón”.

"Es necesario tener una relación sólida para poder llevar bien una relación no monogámica", sostiene.
"Es necesario tener una relación sólida para poder llevar bien una relación no monogámica", sostiene.

Habla de un integrante de la pareja obligando al otro a bloquear a alguien en las redes sociales, por ejemplo. O de la imposibilidad de contarle a la pareja que otro u otra nos parece atractivo. “Creo que en las parejas monógamas eligen más la mentira para no lastimar. Nosotros elegimos ser honestos sabiendo que podemos llegar a lastimar, pero elegimos trabajar sobre eso. No creo que todas las personas monógamas sean infieles, sí creo que la mayoría lo son. Les resulta más fácil ser infieles que hacer todo el trabajo que conlleva ser sinceros”.

Aunque nadie lo haya explicado en un pizarrón, todo el mundo sabe por default qué significa la monogamia. Lo muestran las películas, las novelas, las tapas de revistas. No hay -salvo excepciones- ejemplos de relaciones abiertas o poliamor, sí de infidelidades que violan las reglas de la monogamia y terminan en rupturas dolorosas. No hay ejemplos que imitar, por lo que hay muchos aspectos que los interesados en salir de la monogamia deben ir revisando.

“Si pudiera dar un consejo a las personas que quieren iniciarse en el amor libre es que lo hagan con tiempo”, dice Camila, y va en contra del mito de “esto es un viva la pepa, lo único que quieren es pasarla bien aquí y ahora”. Y sigue: “Que vayan lento y que, antes de dar el primer paso, se preocupen por tener una relación sólida en la que haya mucha confianza para poder apoyarte y mostrar tus vulnerabilidades. Si la pareja no es sólida lo único que vas a hacer es terminar de matarla”, completa. Esto otro que dice también se contrapone al mito de que “abrir la relación es un ‘manotazo de ahogado’ al que recurren las parejas que están por separarse”.

Hay otros mitos, enumera: que el amor libre es “coger todos con todos sin responsabilidad”, que “al ser poliamoroso no amas de verdad”, “que no nos comprometemos de verdad”, “que estamos muy expuestos a las infecciones de transmisión sexual”.

“Las personas poliamorosas también somos fieles: yo soy fiel a los acuerdos que creé con él. No se trata de ‘cuernos conscientes’, que eso es algo que nos dicen un montón. No estamos siendo infieles, justamente estamos respetando los acuerdos que tenemos”.

Un paso más

Abrir la relación en lo sexual no fue suficiente y decidieron probar con el poliamor, donde Camila se sentía más identificada.
Abrir la relación en lo sexual no fue suficiente y decidieron probar con el poliamor, donde Camila se sentía más identificada.

El acuerdo de mantener una “relación abierta en lo sexual” -tener solo un “amor” y poder tener otras relaciones sexuales en simultáneo- estaba en marcha y funcionando. Pero la limitación a lo sexual no convencía a Camila, porque desde hacía un tiempo se identificaba dentro del “espectro asexual”, donde están las personas que nunca o rara vez experimentan atracción sexual por otra.

Dentro de ese abanico, Camila se denomina como “gris sexual”: “Eso quiere decir, básicamente, que siento deseo sexual en momentos muy particulares. Nuestra atracción pasa por otros lados, quizás más por una atracción sensual o romántica”. Esto no significa que todas las personas del “espectro asexual” son célibes (de hecho Camila no lo es). Lo que a ella más le interesaba de la apertura de la relación no tenía que ver con la hiper sexualidad -ahí apuntan quienes creen que el amor libre es una orgía permanente- sino con los vínculos múltiples.

Ya había encontrado información y comunidades que hablaran del tema (como Poliamor.ar) “pero el poliamor me parecía un ideal inalcanzable”, sigue. Se refiere a la elección de mantener más de una relación amorosa en simultáneo, no sólo a nivel sexual sino que sí vale enamorarse.

"El poliamor me parecía un ideal inalcanzable", recuerda ella. Pero crearon nuevos acuerdos y lo consiguieron.
"El poliamor me parecía un ideal inalcanzable", recuerda ella. Pero crearon nuevos acuerdos y lo consiguieron.

“Me costó muchísimo contárselo pero me resultaba imposible no involucrar sentimientos cuando conocía a alguien. Le fui dando pistas hasta que un día le dije: ‘Santi, me parece que soy poliamorosa’, algo de lo que él ya se había dado cuenta. Así que nos abrimos al poliamor. Esto no quiere decir que estamos buscando crear vínculos constantemente, tampoco los poliamorosos estamos buscando sexo constantemente. Es una opción que tenemos, si surge podemos elegir”.

A lo largo de dos años de relación, Camila y Santiago -que conviven en un departamento en Capital- tuvieron distintos vínculos. Una “trieja” (una relación de a tres) con otra mujer, que a la vez tenía otra pareja. Santiago se reencontró con una chica con la que había salido y volvieron a tener un vínculo sexual y afectivo primero, de amistad después.

“También compartimos momentos los tres juntos. Yo la considero una de mis amigas, la amo”, declara Camila, y desanda el mandato de la competencia entre mujeres por la presa masculina. Hubo momentos, también, en los que no hubo nadie más que ellos dos. Desde hace cuatro meses, Camila está vinculándose con otro joven pero sólo de manera virtual porque la cuarentena, que puso todo en pausa, también dejó pendiente el deseo de conocerse.


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