La Marcha del Orgullo en Buenos Aires, el año pasado. (NA)
La Marcha del Orgullo en Buenos Aires, el año pasado. (NA)

Cualquiera que haya ido o visto por televisión una “Marcha del Orgullo” tiene una imagen más o menos formada: una fiesta en medio de la ciudad (camiones de sonido, gente en tetas, besándose, montada, disfrazada, alzando la bandera de colores) cruzada con su sentido político: es decir, con el reclamo de derechos que afectan a la diversidad. Marchas que han llegado a convocar a 100.000 personas, un récord que a César Cigliutti -que tiene 64 años y fue una pieza clave en la organización de la primera- todavía lo hace emocionar.

César Cigliutti era íntimo amigo y compañero de militancia de Carlos Jáuregui, otro emblema de la lucha por la visibilidad en la comunidad homosexual de Argentina. “Más que eso, era mi hermana”, se ríe César, en diálogo con Infobae.

Tal vez muchos jóvenes que hoy irán a la marcha por primera vez -con sus cuerpos desnudos, su alegría y a cara descubierta- nunca hayan oído hablar de Carlos Jáuregui (o sólo sepan que existe una estación de subte que lleva su nombre). Tal vez tampoco sepan que hubo un diálogo clave entre César y Carlos, hace 27 años, que permitió que hoy las cosas sean como son.

A la izquierda, Carlos Jáuregui. A la derecha, César Cigliutti.
A la izquierda, Carlos Jáuregui. A la derecha, César Cigliutti. "Eramos como hermanas", contó a Infobae.

César Cigliutti era profesor de Literatura. Carlos Jáuregui había estudiado Historia en la Universidad Nacional de La Plata y luego viajado a Francia para aprender Historia Medieval. El contexto, maravillosamente contado en la película “El puto Inolvidable”, fue clave: era 1992 y ya estaba claro que “la llegada de la democracia no había permitido la libertad para la comunidad homosexual". Todavía existía la división “Moralidad” de la Policía, por lo que había razzias en los boliches y ser “putos visibles” parecía una utopía.

“No había manera de ir por la calle y que te dejaran en paz. Íbamos con Carlos al supermercado y había gente que lo insultaba en la cara. En esa época todavía estaban vigentes los edictos policiales: te llevaban por ‘incitación al acto carnal en la vía pública’ o por ‘exhibirse con ropa del sexo contrario’. No es que los gays camináramos de la mano o nos besáramos en público: te llevaban por portación de cara. Carlos y yo nos conocimos todas las comisarías de la Ciudad de Buenos Aires sacando gays y travestis”.

César Cigliutti es el presidente de la Comunidad Homosexual Argentina y fue uno de los corazones detrás de la Primera Marcha del Orgullo, hace 27 años (Télam)
César Cigliutti es el presidente de la Comunidad Homosexual Argentina y fue uno de los corazones detrás de la Primera Marcha del Orgullo, hace 27 años (Télam)

Unos años antes se había empezado a hablar de “la peste rosa” (el HIV, en aquel entonces asociado exclusivamente a la comunidad homosexual), por lo que la discriminación era cada vez mayor. El ataque permanente de la Iglesia sumó elementos a un contexto asfixiante.

El año anterior a la primera marcha, el Padre José María Lombardero había declarado en un programa radial que los homosexuales merecían la pena de muerte. Dos años después de la primera toma de las calles, monseñor Quarracino (era cardenal primado de la Argentina) propuso crear “una zona grande para que todos los gays y lesbianas vivan allí, que tengan sus leyes, su periodismo, su televisión, hasta su Constitución. Que vivan como en una especie de país aparte, con mucha libertad (...)”.

Monseñor Quarracino y sus repudiables declaraciones sobre la comunidad gay

Era cada vez más claro que había que hacer algo. “Una tarde estábamos con Carlos en casa, en esa época vivía conmigo. Me dijo: ‘Mirá loca, ya es momento de hacer una marcha acá en Buenos Aires’”, recuerda Cigliutti. Jáuregui -lo cuenta la película, a través del relato del periodista y activista Gustavo Pecoraro- tenía sus influencias: antes de haber ido a New York, había estado en una gran marcha en París en la que se pedía no votar a candidatos que discriminaran: Jáuregui había terminado llorando frente a ese gran hecho político.

Trailer de la película "El puto inolvidable"

Fue ahí que hubo un duelo de formaciones. Jáuregui, atravesado por las ideas de la revolución francesa, quería llamarla “marcha de la dignidad”. César, atravesado por la literatura, quería usar la palabra “orgullo”. “Yo le dije 'mirá, a mí ‘orgullo’ me parece una palabra muy fuerte, porque es lo opuesto a la vergüenza. ‘Digamos eso: que ‘orgullo’ es nuestra respuesta a la vergüenza que quisieron imponernos’. Carlos coincidió y agregó: ‘Digamos que es nuestra respuesta política a esa vergüenza”.

Hubo una resistencia muy fuerte por parte de la propia comunidad homosexual por hablar de “orgullo”. "También de los medios de comunicación, que escribían ‘orgullo de qué?’. Hoy hay toda una vanguardia que cuestiona la palabra. Que sé yo...en esa época hablar de orgullo fue revolucionario”.

No todos estaban de acuerdo con salir a tomar las calles: "Algunos decían '¿para qué salir a hacer lío, si estamos más o menos tranquilos en nuestros lugares de encuentro? Y nosotros contestábamos: ‘De ninguna manera, tenemos que tomar las calles, es por nuestros derechos”, sigue.

Carlos Jáuregui junto a César Cigliutti. Cuentan que, cuando salían a las calles después de la dictadura, desde los organismos de Derechos Humanos decían:
Carlos Jáuregui junto a César Cigliutti. Cuentan que, cuando salían a las calles después de la dictadura, desde los organismos de Derechos Humanos decían: "¿qué tienen que ver los putos con los Derechos Humanos?".

Hubo quienes propusieron hacer la marcha por Avenida Santa Fe -la zona de yire- pero ellos se negaron: “Vamos a marchar por donde marcha la política de la república Argentina”, recuerda César. Así, y precisamente por lo que estaba pasando con la Iglesia, fue que se definió partir desde Plaza de Mayo, frente a la Catedral.

“Tuvimos una super producción que consistió en un megáfono”, sigue Cigliutti y se ríe de lo artesanal. “No teníamos nada pero sentíamos que teníamos todo”. Pintaron una suerte de bandera, hicieron unas pancartas con trozos de cartón y papel y armaron caretas: algunas con cartón y banditas elásticas, otras con bolsas de papel. Había tantos en la comunidad que tenían temor de ser expulsados de sus casas o trabajos si los veían que las y los organizadores aclararon en los volantes que iban a regalar caretas y antifaces.

Ese 2 de julio de 1992 Carlos marchó con la cara descubierta y el megáfono. César todavía no era visible, por lo que usó una careta. Fueron unas 300 personas, la mitad con la cara oculta.

Jáuregui con el megáfono. A la derecha, manifestantes con sus caras cubiertas con máscaras de papel
Jáuregui con el megáfono. A la derecha, manifestantes con sus caras cubiertas con máscaras de papel

También marchó con careta Alejandra Sardá, de Lesbianas a la vista. En la película cuenta que sintió “terror, pánico, me temblaba todo”, pero en un momento sintió que la máscara le pesaba como pesa un balde de cemento y se la arrancó, emocionada.

El lema de aquella primera marcha fue “libertad, igualdad y diversidad”. Luchaban por la visibilidad y estaban poniendo la piedra fundacional de algo que hoy, con un presidente electo que no necesitó esconder a su hijo drag queen, parece la prehistoria.

Salieron por la calle Paraná -recuerda César- y enseguida se dieron cuenta de que estaba vacía. Sin embargo, cuando llegaron a la Catedral estaba lleno de cámaras de televisión. La anécdota todavía le da risa a César: durante unos instantes creyeron que por fin habían logrado que los medios los escucharan, hasta que se percataron de que estaban teniendo “un golpe de suerte”. El mismo día a la misma hora había una marcha multitudinaria de maestros. Cuando los camarógrafos vieron a los gays, a las lesbianas y a las travestis con máscaras y gritando por megáfono, fueron a buscarlos en malón.

Después de la última dictadura, cuando intentaban hacer oír su reclamo en las marchas por los Derechos Humanos
Después de la última dictadura, cuando intentaban hacer oír su reclamo en las marchas por los Derechos Humanos

Marcharon cantando por el megáfono: “Respeto, respeto, respeto que caminan, los gays y las lesbianas por las calles argentinas”. La otra consigna que César recuerda es “documentos legales para transexuales”, un reclamo que se consiguió 20 años después de esa noche helada, con la sanción de la ley de identidad de género.

Unos años después, la marcha se pasó a noviembre. “Le pregunté a Carlos por una persona y me dijo que estaba con gripe, por otro y también estaba enfermo. Le dije: ‘Loca, ¿en Estados Unidos marchan en sunga y acá con sobretodo y bufanda?”. Se hacía en nuestro invierno en conmemoración de Stonewall, la rebelión que marcó una inflexión en la lucha LGBT. Pero desde ese entonces la marcha argentina está envuelta en un clima cálido.

César y Carlos vivieron muchos años juntos. La casa terminó siendo una base de operaciones del activismo gay.
César y Carlos vivieron muchos años juntos. La casa terminó siendo una base de operaciones del activismo gay.

En 1996 y sólo 4 años después de la primera marcha, Jáuregui murió a causa del Sida, lo que causó conmoción en la comunidad por el rol que ocupaba. “Después de la muerte de Carlos me hice visible, fue una suerte de homenaje. Había que continuar con su legado y dije: ‘Bueno, ya es hora”, sigue César.

Hubo 300 personas en aquella primera marcha, casi el doble en la segunda y más gente a medida que fueron llegando las conquistas: miles más después de 2003, cuando se logró la ley de Unión Civil, y miles más cuando se sancionó la Ley de matrimonio igualitario, en 2010. “Cuando empezaron a hablar de 100.000 personas me relajé. Pensé: 'bueno, mi trabajo ya está hecho”, recuerda César.

Una escena que muestra la masividad que tiene ahora la marcha del Orgullo Gay en Buenos Aires (Foto: Nicolas Stulberg)
Una escena que muestra la masividad que tiene ahora la marcha del Orgullo Gay en Buenos Aires (Foto: Nicolas Stulberg)

De aquellas primeras marchas que hablaban de gays, lesbianas y, con el tiempo, de travestis, llegamos a las de hoy. En casi tres décadas se sumaron muchas identidades nuevas, por eso hoy se la conoce como “marcha del orgullo LGBTI+” (lesbianas, gays, bisexuales, travestis, trans, intersexuales, y otras).

Lo que vamos a ver hoy fluir libremente en la 28° edición fue eje de debate mucho antes: por ejemplo, el uso de camiones de sonido. "En la misma comunidad decían: 'Tenemos que marchar y ser serios. Costó mucho hacerle entender a la gente que no era sólo la lucha, también era la celebración. ¿De qué? De ser lo que quieras ser y de que puedas expresarte como quieras”.

—¿Qué te pasa cuando ves a las nuevas generaciones vivir sus identidades con más libertad?

— La verdad, me emociona— cierra Cigliutti, y le tiembla la voz—. Fue un trabajo de décadas y muchas personas que lo dieron todo quedaron en el camino. Siempre recuerdo el día en que me llamó la mamá de Lulú, la niña trans. Ahí dije: ‘Bueno, ya está: una mamá acompañando a su hija trans desde la infancia, ahora solo es cuestión de tiempo’”.

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