Sebastián Cuattromo y otros compañeros de colegio fueron abusados por el mismo docente.
Sebastián Cuattromo y otros compañeros de colegio fueron abusados por el mismo docente.

1989. Sebastián tiene 13 años, va a séptimo grado, es fanático de San Lorenzo. Su colegio, el Marianista, pertenece a una congregación católica. No está en un pueblo alejado sino en Caballito, plena avenida Rivadavia. No hay chicas en el aula, todavía es sólo para varones. Un rumor se instala, rebota y se propaga como un virus: a fin de año van a echar a las "manzanas podridas", como él y sus amigos. Sebastián siente en el cuerpo el sismo y las réplicas, todo en simultáneo. Va a un colegio de doble escolaridad: si lo expulsan no sólo pierde el eje de su vida. Va a ser el responsable, además, del colapso familiar. En ese contexto de terror, un joven maestro de cuarto grado le hace una oferta.

Sebastián Cuattromo conversa con Infobae en una confitería, otra vez en Caballito. Tiene los ojos del color de las aceitunas, y ahora los clava arriba y a la derecha, busca recordar. El abuso sexual infantil ha recorrido su vida, como las vías de tren atraviesan y definen a un pueblo. Pasaron casi 30 años y no ha olvidado los detalles.

"Nosotros ya éramos vistos como los indeseables, nadie quería estar con los que iban a 'ser boleta', como se decía en el lenguaje brutal que usaban", comienza. "En mi casa, el ambiente era muy hostil y había malos tratos, agresiones físicas y verbales. Estaba aterrorizado pero contar lo que me estaba pasando no era una alternativa".

En esa época, cada fin de año, todo el colegio iba a pasar 15 días a una colonia de vacaciones en las Sierras de Córdoba. Fernando Picciochi, un docente de 26 años, estaba a cargo de ese viaje. "Sabía lo que nos estaba pasando. Y un día nos llevó a un aula y nos dijo: 'Sé que están en la mira pero a mí me parecen buenos pibes. Vengan a la colonia, yo los voy a observar de cerca. Si tienen un buen desempeño, me comprometo a interceder para que no los echen'. De repente, alguien que representaba el poder nos estaba ofreciendo una soga", sigue.

Eran tres amigos. Antes de terminar el año, uno de ellos, efectivamente, fue expulsado. Sebastián y el otro, entonces, decidieron ir a la colonia. "Ya en el micro notamos que hacía grandes esfuerzos para estar sentado en el medio de nosotros y para que uno de los dos fuera a upa de él". En Córdoba los esperaba una casona con dos alas, una para los alumnos y otra para los docentes y religiosos. La lógica del "sálvese quien pueda" hizo que ninguno de los alumnos quisiera compartir la habitación con ellos, por eso Picciochi los alojó en el sector de los adultos.

Llevó a un tercer alumno, "otro paria que era nuevo y también era excluido por el resto. Abusó de los tres durante los 15 días. Había camas cucheta. Entraba, se sentaba en la cama de abajo y comenzaba la agresión: con las manos, con la boca y culminaba con la manipulación de mis genitales. Nos quedábamos paralizados: no hablábamos del tema pero sabíamos, porque siempre abusaba de uno en presencia de los otros". Ninguno pudo contárselo a sus padres. Al año siguiente, comenzaron el secundario en el mismo colegio.

Sebastián y sus compañeros en la habitación en la que sufrieron los abusos.
Sebastián y sus compañeros en la habitación en la que sufrieron los abusos.

"Con mi amigo, nos quedábamos en la biblioteca hasta tarde. El colegio nos seguía resultando un mejor lugar que nuestras propias casas. Y a mitad de año, Picciochi volvió a aparecer. Era maestro de primaria, no entendíamos qué hacía ahí, y volvimos a sentir esa sensación física de parálisis", sigue. El docente volvió a abusar de él, esta vez usando la fuerza física. "Recuerdo esa sensación: el otro te descarta, te tira ahí, y vos te quedás con toda esa carga que no podés manejar, porque todo el tiempo te desborda".

Se calcula que sólo 1 de cada 10 niñas, niños o adolescentes que sufren abuso sexual pueden contarlo. Sebastián, al comienzo no pudo quebrar ese pacto tácito de silencio. "Yo era fanático de San Lorenzo. Cuando ocurrieron los abusos, acababa de hacerse público que el Bambino Veira había abusado de un chico, también de 13 años. Yo iba a la cancha y
miles de personas cantaban: 'Che Bambino, che Bambino, vos me das a Sonia Pepe y yo te doy a mi sobrino'. Eso me daba la convicción de que si yo intentaba contar lo que me estaba pasando, los adultos que me rodeaban me iba a destruir".

Terminó el secundario en silencio aunque los síntomas no hacían más que supurar. Era un joven triste y oscuro y fracasaba en cualquier intento de tener novia. Se veía débil, "lo contrario de lo que se supone que tiene que ser un hombre". Sucio, tenía la autoestima corroída y se sentía tan culpable que estaba convencido de que la soledad era el precio que debía pagar: "Creía que había pasado porque yo me había dejado o porque me había gustado un hombre".

Con rojo, el docente abusador. Atrás, Sebastián. Es la foto que tomaron durante ese viaje a Córdoba.
Con rojo, el docente abusador. Atrás, Sebastián. Es la foto que tomaron durante ese viaje a Córdoba.

Diez años después del abuso, pudo ponerlo en palabras y decidió buscar a aquellos compañeros de la habitación número 3. Propuso denunciarlo pero ellos prefirieron no hacerlo. Fue en esa búsqueda a tientas que Sebastián supo que el docente no sólo había abusado de ellos, y encontró a otro joven que decidió acompañarlo en la denuncia penal. Todo fue peor de lo que podían imaginar: el abusador se fugó y pasó casi 7 años viviendo en Estados Unidos con una identidad falsa.

Lo encontraron, lo extraditaron y, 20 años después de los abusos, llegó a juicio oral. En 2012, fue condenado a 12 años de cárcel por "corrupción de menores calificada reiterada". El fallo fue apelado y finalmente ratificado por la Corte Suprema de Justicia. Sin embargo, el maestro logró que le aplicaran a la vieja ley del 2×1 -vigente cuando cometió los delitos- y ya está en libertad.

"Eso no importa. Para mí, lo central nunca fue el tiempo que él iba a pasar en prisión sino haber podido romper el silencio y denunciarlo. No sólo eso sino haber logrado poner en tela de juicio a toda esta cultura institucional de profundos abusos de poder. Poder dejar de sentirme paralizado para ser protagonista del proceso de búsqueda de justicia. Eso para mí ya era una reivindicación", sigue él. Patricia Visir, psicóloga especializada en maltrato y abuso sexual infantil, lo pone en contexto.

"Para los varones, poder hablar significa atravesar una serie de muros. Romper con el secreto que se les impuso, a veces bajo amenaza; y con la culpa que sienten por no haber puesto límites, porque el estereotipo indica que un hombre debe saber proteger y protegerse. Además, superar la vergüenza, porque muchos creen 'si le gusté a otro varón es porque soy homosexual', lo cual es un mito. Hablar no es un punto de partida sino de llegada: con el tiempo, les permite poner al abuso en un lugar de su biografía, como algo que empezó y terminó, y no en el centro de sus vidas".

Además -agrega la socióloga María Inés Bringiotti, ex directora del Programa de Investigación en Infancia Maltratada de la facultad de Filosofía y Letras (UBA)- hablar no es fácil porque el abuso infantil sucede con alguien del círculo de confianza, por eso genera mucha confusión. "Hablo de abuso sexual de chicos en sus distintas formas. Invitarlos a participar de una actividad sexual con otros (como mirar revistas o videos pornográficos), tocarlos o hasta sus formas más graves, como la penetración con dedos, genitales y objetos".

Según la Organización Mundial de la Salud 1 de cada 5 chicas y 1 de cada 13 varones sufrieron abusos sexuales en la infancia. Es común que, en caso de poder contarlo, lo hagan muchos años después, como el actor que esta semana denunció que había sido acosado por Kevin Spacey hace 32 años. Ese es el corazón de la ley Piazza, que logró que el delito no prescriba hasta que la víctima no denuncie.

Que en la Justicia le creyeran ayudó a Sebastián a continuar el proceso de reparación. Cuando el juicio terminó, conoció a otras víctimas con las que formó la Asociación civil "Adultxs por los derechos de la infancia". Entre ellas estaba Silvia Piceda, una médica especialista en hígado que había sido abusada mientras iba a la primaria. Ella, además, estaba luchando para que la Justicia no la obligara a revincular a su hija con su ex, denunciado por abuso. "Ella es una madre protectora. Nos pusimos de novios enseguida, hoy los tres formamos una familia", cuenta Sebastián.

 
Junto a Silvia Piceda, la mujer con la que Sebastián formó, por primera vez, una familia.
Junto a Silvia Piceda, la mujer con la que Sebastián formó, por primera vez, una familia.

Juntos empezaron a dar charlas por el país y organizaron una maratón de 220 kilómetros -arranca el 17 de noviembre- para visibilizar el tema. Juntos, además, formaron un grupo en el que cada sábado decenas de personas van a compartir sus historias de manera anónima. Hay jóvenes de 18 años hablando por primera vez, y hay señoras de más de 80 años hablando, también, por primera vez.