
Hoy es el Día Mundial de la hepatitis C. Es una enfermedad del hígado causada por el virus de la hepatitis C y cuando una persona se infecta puede desarrollar una infección aguda que varía en gravedad: es una causa importante de cáncer hepático. El virus fue descubierto en 1989 y aún se continúa trabajando en el desarrollo de una vacuna. En los Estados Unidos, hicieron un avance que da un paso en esa dirección: encontraron una pieza clave que favorece la entrada del virus en las células humanas.
A través de un estudio que fue publicado en la revista Nature recientemente, científicos del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (NIAID), que forma parte de los Institutos Nacionales de la Salud, describieron la estructura de una proteína clave de la superficie del virus de la hepatitis C. Detallaron cómo interactúa con su receptor que se encuentra en algunas células humanas.
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El hallazgo proporciona nuevas pistas para desarrollar una vacuna contra el virus de la hepatitis C. Aunque puede no causar ningún síntoma en sus primeras fases, la infección crónica no tratada pueden provocar daños graves en el hígado, cáncer y la muerte.

Se estima que en el mundo hay 71 millones de personas con infección crónica por el virus de la hepatitis C. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estimó que en 2016 murieron unas 399.000 personas por la hepatitis C, sobre todo por cirrosis y carcinoma hepatocelular (cáncer primario del hígado). En la Argentina, se estima que 224 mil personas viven con hepatitis C.
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Existen tratamientos altamente efectivos hoy que pueden curar más del 95% de los casos de infección por el virus de la hepatitis C. De esta manera, se reduce el riesgo de muerte por cáncer de hígado y cirrosis, pero hoy uno de los grandes desafíos que el acceso al diagnóstico y el tratamiento de la hepatitis C es limitado. En la actualidad no existe ninguna vacuna contra la hepatitis C, pero las investigaciones en ese ámbito continúan.
En el artículo publicado en Nature, los investigadores del NIAID de Estados Unidos y otras organizaciones describieron la interacción entre una proteína expresada en la superficie del virus de la hepatitis C, conocida como VHC E2, y un receptor llamado CD81 que se encuentra en la superficie de algunas células humanas.
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Investigaciones anteriores habían demostrado que los anticuerpos interferían en las interacciones entre estas dos proteínas. Esto sugería que la interacción entre el VHC E2 y el CD81 permitía al virus de la hepatitis C entrar e infectar las células humanas. Sin embargo, se desconocía exactamente cómo ocurría.
Los investigadores determinaron la estructura exacta del VHC E2 y el CD81 y estudiaron cómo interactuaban las dos proteínas cuando se exponían la una a la otra en diferentes condiciones. Descubrieron que, en condiciones ácidas, el VHC E2 se une fácilmente al receptor CD81. Una vez que comienza la interacción entre el virus y el receptor, el VHC E2 cambia de forma, facilitando su entrada en la célula al poner el virus en contacto más estrecho con la membrana celular.
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Los investigadores afirman que la identificación de estas estructuras y la forma en que interactúan entre sí puede sentar las bases de una vacuna contra el VHC. Una vacuna podría hacer que una persona produjera anticuerpos específicos que impidieran que el E2 del VHC se uniera al CD81, impidiendo que el virus entrara en la célula y previniendo la infección por el VHC, según el equipo del doctor Joseph Marcotrigiano, que fue uno de los coautores del trabajo.

Cuando una persona adquiere el virus de la hepatitis C, puede desarrollar un cuadro agudo, que ocurre dentro de los 6 meses posteriores a la exposición al virus. O se habla de “hepatitis C crónica” cuando el virus permanece en el cuerpo de la persona luego del cuadro agudo. Aproximadamente 8 de cada 10 personas infectadas desarrollan una infección crónica o permanente. Con el tiempo, puede provocar problemas hepáticos graves, incluyendo daños severos al hígado como cirrosis, insuficiencia hepática o cáncer de hígado.
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Según explican especialistas de Helios Salud, el virus de la hepatitis C se transmite a través de la sangre al compartir agujas, jeringas o elementos corto-punzantes con personas infectadas. También se transmite por vía sexual (vaginal, anal u oral), aunque es menos frecuente. Una madre con hepatitis C puede transmitir la infección a su hijo durante el embarazo o parto, aunque es menos frecuente.
La mayoría de las personas infectadas no tiene ningún síntoma o solo tiene síntomas leves. Cuando los síntomas aparecen, con frecuencia son un signo de enfermedad avanzada del hígado. Los síntomas, tanto de la hepatitis C aguda como de la crónica, pueden incluir: cansancio, astenia (fatiga), náuseas o vómitos, fiebre y escalofríos, orina de color oscuro, materia fecal de color más claro, ojos y piel amarillos (ictericia), dolor del lado derecho del abdomen superior que puede irradiarse a la espalda, problemas de coagulación de la sangre, sangrado digestivo, y distensión abdominal con líquido dentro del abdomen.
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En una infección aguda, los síntomas pueden aparecer en un plazo de 2 semanas a 6 meses después de la exposición. En el caso de la hepatitis C crónica pueden tardar hasta 30 años en manifestarse. El daño al hígado puede ocurrir de manera silenciosa durante este tiempo.
La hepatitis C se diagnostica mediante análisis de sangre específicos que detectan tanto la presencia de las defensas o anticuerpos como del virus. No es un análisis de rutina, por lo que se debe pedir las pruebas específicas a su médico.
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Cuando la hepatitis es diagnosticada, se recomienda descanso, una nutrición adecuada, líquidos y medicamentos antivirales específicos. El tratamiento de la hepatitis C crónica ha mejorado paulatinamente en cuanto a eficacia y disminución de efectos adversos asociados. En los últimos tres años aparecieron —y seguirán apareciendo— una gran cantidad de opciones terapéuticas que permiten no solo una mayor efectividad, con tasas de curación de entre el 90 y el 100%, sino también tratamientos más cortos y con menos efectos adversos. En los casos más graves, la persona infectada puede necesitar un trasplante hepático.
La enfermedad se puede prevenir al no compartir agujas, canutos o elementos corto-punzantes. Se recomienda usar siempre preservativo desde el principio las relaciones sexuales (anales, orales y vaginales). Hay que exigir el uso de materiales esterilizados si una persona se hace un tatuaje o piercing, o ante cualquier procedimiento médico invasivo.
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