El sistema inmunitario tiene un arma secreta que la ciencia acaba de descubrir: las células encargadas de recordar y combatir enfermedades pueden “tocar” los tejidos del cuerpo y usar esa información para decidir si se quedan a “vivir” en ellos de forma permanente.
El hallazgo, publicado en agosto de 2026 en la revista Nature Immunology por un equipo de la Universidad McGill, en Montreal, Canadá, reescribe una parte fundamental de lo que se sabía sobre cómo funciona la memoria inmunológica.
Para entender la magnitud del descubrimiento, conviene partir de lo básico. Cuando el cuerpo enfrenta una infección —una gripe, un virus, una bacteria— despliega sus tropas: los linfocitos T, un tipo de glóbulo blanco. Una vez que la amenaza desaparece, la mayoría de esas células mueren. Pero un pequeño grupo sobrevive y se instala en los tejidos del organismo como centinelas de largo plazo. Son las llamadas células T de memoria residentes en tejidos (TRM, por sus siglas en inglés): si el mismo enemigo vuelve a aparecer, estas reaccionan de inmediato, mucho antes de que la infección pueda progresar. Esa es la base de la inmunidad duradera, la misma que aprovechan las vacunas.
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Hasta ahora, los científicos creían que la decisión de convertirse en una célula TRM dependía casi exclusivamente de señales químicas: moléculas que le indican a la célula qué hacer y en qué convertirse. El nuevo estudio de McGill demuestra que hay otro factor en juego, uno que nadie había considerado: la dureza física del tejido donde la célula se encuentra.
Cuanto más duro el tejido, más memoria
El experimento fue relativamente directo. Los investigadores tomaron células T de ratones y de humanos y las colocaron en geles de colágeno —una especie de gelatina artificial que imita la consistencia de distintos tejidos del cuerpo—. Algunos geles eran blandos, como el tejido adiposo (la grasa); otros eran más firmes, como el pulmón o el hígado. Luego observaron qué pasaba.
El resultado fue consistente: cuanto más rígido era el gel, mayor era la proporción de células que adoptaban el perfil de las TRM, las centinelas de larga duración. Las células no solo cambiaban su comportamiento: también modificaban su forma, se movían con más lentitud y alteraban la composición de la membrana que rodea su núcleo para proteger mejor su material genético ante la presión física.
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Las mediciones del tejido de ratones confirmaron por qué esto tiene sentido en el cuerpo real. El hígado, el pulmón, el riñón y la glándula salival son aproximadamente diez veces más rígidos que el bazo o los ganglios linfáticos, que son tejidos blandos por donde las células T circulan con facilidad. Cuando una célula T sale de esos órganos blandos y se adentra en tejidos más duros, su cuerpo lo registra —y esa señal física parece ser parte de lo que la convierte en una guardiana permanente.
Qué cambia dentro de la célula
A nivel molecular, la exposición a entornos más rígidos activa y desactiva genes específicos. El estudio identificó que la mayor carga mecánica aumenta la expresión de Hic1 y Runx3 —dos reguladores genéticos asociados a las células TRM— y reduce la de KLF2, una proteína que normalmente le indica a la célula que siga circulando por la sangre en lugar de quedarse en un tejido. En otras palabras: la dureza del entorno empuja a la célula a “echar raíces”.
El equipo también observó que migrar por tejidos rígidos provoca pequeños daños en el ADN de las células T. Lejos de ser un problema, ese daño activa mecanismos de reparación que frenan temporalmente la división celular y elevan la producción de proteínas que protegen la célula de la muerte. El organismo, en cierta forma, usa el estrés físico como señal de que la célula está en un lugar que vale la pena defender.
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“Este es un hallazgo fundamental y fascinante que desafía nuestra concepción de las células inmunitarias”, afirmó Judith Mandl, profesora del Departamento de Fisiología de McGill y autora principal del estudio, en declaraciones recogidas por el portal científico Phys.org. “Sugiere que las células T pueden ‘percibir’ su entorno y adaptarse a él, convirtiendo el ambiente físico en una fuerza activa que moldea su comportamiento”, agregó Mandl.
Por qué importa para el cáncer y las enfermedades autoinmunes
El hallazgo tiene implicaciones prácticas en varias direcciones. Una de las más prometedoras involucra al cáncer. Los tumores sólidos son, entre otras cosas, masas densas y rígidas que las células inmunitarias tienen dificultades para penetrar. Si la rigidez del tejido tumoral activa el programa TRM en las células T que logran ingresar, comprender ese mecanismo podría permitir diseñar inmunoterapias oncológicas más eficaces: tratamientos que ayuden a las células inmunitarias a instalarse dentro del tumor y atacarlo de forma sostenida.
“Los tumores suelen ser densos y físicamente difíciles de penetrar para las células inmunitarias. Comprender cómo se adaptan las células T a estos entornos podría ayudar a los investigadores a diseñar inmunoterapias contra el cáncer que sean más eficaces para alcanzar y atacar los tumores”, explicó Mandl, según recoge Nature Immunology.
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La otra cara de la moneda son las enfermedades autoinmunes —como la artritis reumatoide o el lupus—, las alergias y el rechazo de trasplantes de órganos: situaciones en las que las células T atacan por error tejidos sanos. Si los investigadores logran entender qué señales mecánicas retienen a esas células en los tejidos, también podrían encontrar formas de sacarlas de ahí o de impedir que se instalen donde no deben.
El sensor molecular, la pieza que falta
El estudio, desarrollado en colaboración con instituciones de los Países Bajos y Estados Unidos —entre ellas la Universidad de Minnesota y la NYU Grossman School of Medicine—, descartó que las proteínas YAP y TAZ, conocidas por transmitir señales mecánicas en otros tipos de células, sean las responsables de este fenómeno en las células T.
Eso significa que existe un sensor molecular aún no identificado que traduce la presión física en una instrucción biológica. Encontrar ese sensor es el próximo objetivo declarado del equipo.
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