Las niñas que no entran en las estadísticas

Los casos de Agostina y Dulce María reabren el debate sobre cómo se registra el femicidio, ante datos incompletos, falta de una figura específica y políticas de prevención que no logran anticipar señales

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La violencia de género comienza en la infancia y se expresa también en los asesinatos de niñas (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los femicidios de Agostina y Dulce María vuelven a exponer una realidad persistente: la violencia de género también atraviesa la infancia. Sin una figura autónoma de femicidio infantil y con registros insuficientes, muchas niñas desaparecen no solo de la vida, sino también de las estadísticas y de las políticas destinadas a protegerlas.

Durante años investigué la historia de Ana María Rivarola, una niña de ocho años agredida sexualmente y asesinada en las escaleras que conducen al campanario de la Iglesia San Marcelo, en Don Torcuato. Yo también tenía ocho años cuando ocurrió. Hasta entonces no sabía que las niñas podían morir, y mucho menos ser asesinadas.

En estos meses escribo sobre Candela Sol Rodriguez y sobre otras niñas, como Agostina y Dulce María que ocuparon los titulares en las últimas semanas. Todas fueron asesinadas y descartadas como quien se deshace de un estorbo, pero de forma cruenta, intolerable.

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Quienes trabajamos desde hace décadas en prevención del maltrato y la violencia sexual contra la infancia sabemos que detrás de muchos de estos crímenes existe una historia previa de manipulación, amenazas, silencios. Situaciones en las que los niños, niñas y adolescentes no son libres para contar, porque tienen miedo, porque no encuentran las palabras, porque están confundidos.

Los registros oficiales resultan insuficientes cuando no documentan vulneraciones previas ni contextos de abuso (Imagen Ilustrativa Infobae)

La investigación de numerosos casos de niñas y adolescentes asesinadas revela una constante: la presencia de violencia sexual previa o sospechas de violencia sexual asociadas al crimen. Ana María Rivarola, Candela Sol Rodríguez, Natalia Melmann, María Soledad Morales, Ángeles Rawson, Lola Chomnalez y muchas otras historias muestran que, con frecuencia, el femicidio aparece vinculado a una agresión sexual anterior o a un intento de garantizar el silencio y la impunidad de los agresores.

La violencia de género no comienza con la mayoria de edad, comienza en la infancia. Sin embargo, esta realidad sigue siendo difícil de dimensionar. El Registro Nacional de Femicidios de la Justicia Argentina informó, hace pocos días, que en 2025 el 6% de las víctimas directas fueron niñas y adolescentes menores de 17 años. Es un número que dice poco, sin contexto y sin registro de si existieron vulneraciones anteriores, y esta no es una omisión menor.

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El femicidio infantil tampoco existe como figura penal autónoma en Argentina.No están tipifucados como delitos únicos. El artículo 80 inciso 11 del Código Penal tipifica el femicidio como el homicidio cometido contra una mujer mediando violencia de género. Las niñas no están nombradas de manera específica. Me parece que hace rato es necesario.

Muchos de estos casos quedan sujetos a la interpretación del magistrado interviniente, que puede aplicar o no una perspectiva de género y recurrir en cambio a otras figuras penales y agravantes. La discusión no pasa por reclamar penas más altas. En numerosos casos las condenas ya son las máximas previstas por la ley.

El problema es que las leyes no solamente castigan; también producen una narrativa y aportan visibilidad. Lo que la ley no nombra, los datos no lo miden, y lo que los datos no miden desaparece de las prioridades públicas, de la investigación y de las políticas destinadas a prevenir violencias.

La violencia sexual previa aparece como patrón repetido en numerosos casos de niñas y adolescentes asesinadas (Imagen Ilustrativa Infobae)

Hace unos días escuché a Carola Labrador, la mamá de Candela Sol Rodríguez, decir: “Nosotras nos morimos cuando nos matan a nuestras hijas”, “Nosotras nos morimos el día que fuimos a reconocer el cuerpo”. También expresó su bronca porque nada cambió: ni la prensa, ni el periodismo, ni la Justicia, ni la policía en tantos años, dijo en un entrevista en Infobae.

Es cierto. La espectacularización del horror fue brutal estos dias. Se transformó el sufrimiento en consumo, multiplicando el daño y convirtiendo el dolor en un producto de circulación masiva.

Los feminicidios son crímenes sociales que expresan la ausencia de politicas de prevención de la violencia. El tratamiento irrespetuoso de los medios en búsqueda del impacto y de un fulgor pasajero, es una de esas ausencias y como secuela puede entumecer las conciencias de quienes lo consumen como una ficción. No lo son, son vidas truncadas para siempre, las de las victimas y sus deudos.

La ausencia de esas políticas de traduce también en la falta de Educación Sexual Integral, tan cuestionada por algunos sectores, pero que ha ayudado a muchos niños y niñas a poner en palabras lo que padecían. Sin embargo es insuficiente si no está acompñada de otras herramientas y mecanismos de protección.

Agostina Vega tenía 14 años y la asesinaron en Córdoba

No se les puede pedir a niñas, niños y adolescentes que se protegen solos de los adultos agresores. He acompañado a muchos niños que conocían perfectamente cuáles eran sus derechos y aun así fueron agredidos. Por supuesto que necesitamos la ESI pero acompañada de politicas de salvaguarda para todo el sistema de proteccion.

Una enfermera que detecte señales de negligencia. Un pediatra que reconozca indicadores de violencia sexual presenciales o digitales. Una docente que advierta cambios abruptos en la conducta de un alumno. Un club, una organización o una escuela capaces de actuar cuando algo no encaja, un psicólogo que no derive el tema que trae un paciente porque le resulta escabroso.

La prevención nunca depende de una sola persona, depende del estado y de una red de adultos dispuestos a intervenir antes de que sea demasiado tarde.

La violencia contra las niñas no se sostiene solamente por la acción de los agresores. Se sostiene también por las múltiples formas de desmentida que organizan la vida social: la desmentida familiar, la institucional, la judicial y la mediática. La de quienes prefieren creer que se trata de casos excepcionales antes que aceptar que la violencia forma parte de la experiencia cotidiana de demasiadas niñas y niños.

*Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.

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