“Estoy muy enamorado”, dice Esteban Lamothe sin rodeos. En julio se mudará con su colega, Débora Nishimoto, mientras atraviesa un año cargado de trabajo: protagoniza de jueves a domingos Secreto en la montaña junto a Benjamín Vicuña en el Multiteatro; acaba de terminar de grabar una nueva serie y prepara el regreso de una obra con su grupo teatral, además de buscar financiamiento para dirigir y protagonizar su primera película.
La historia con la actriz empezó durante las grabaciones de Envidiosa, aunque recién se animó a invitarla a salir cuando estaban por terminar el rodaje. “La llamé para preguntarle si tenía sentido esperarla”, recuerda sobre el viaje de ella a España que casi lo vuelve loco de ansiedad. Hoy ya están preparando la convivencia.
En una charla distendida con Infobae también habla de la relación con su hijo Luis, de la familia ensamblada que formó con Julieta Zylberberg, de los años en los que fue mozo, repartió volantes y hasta volvió a pedir trabajo en una parrilla después de creer que ya podía vivir de la actuación. También recuerda una detención arbitraria en los ’90 y confiesa que una vez robó un lechón para comer con amigos.
Además reflexiona sobre el machismo, el odio en las redes y los ataques que recibió por sus posiciones políticas. "El hate es una herramienta de los cobardes", sostiene. Y resume su manera de atravesar la exposición con una frase que hace propia: “La angustia por una mala crítica dura lo mismo que la alegría por una buena: 48 horas”.
—La están rompiendo en el teatro. ¿Esperaban que pasara esto?
—Estamos muy contentos. Sabíamos que nos habíamos preparado muchísimo. Ensayamos con mucho esfuerzo y pasión, igual que Javier Daulte, el director. Era un material que no admitía otra cosa que trabajar en serio. Después nunca sabés qué va a pasar con el público, pero siento que la obra conecta y emociona. Lo que más disfruto ahora es salir después de cada función y hablar con la gente. Con tanta red social necesitaba volver a ese contacto real, ver las miradas, la emoción. Ese es el verdadero tester.
—Hay una transformación muy interesante en tu personaje, que arranca negando lo que le pasa y termina completamente atravesado por ese amor.
—Totalmente. Empieza a enamorarse sin darse cuenta y eso es lo último que quiere ese muchacho rudo, osco, parco, criado en el interior. Por eso, lo primero que hace es negarlo: “Yo puto no soy”. Pero tiene un caudal de amor enorme y esa contradicción lo termina transformando. Al final entendés que nadie elige de quién se enamora, ni lo que ese amor le va a hacer.
—Porque además pelea contra la familia, los mandatos y toda una época.
—Claro. Siempre decimos que el antagonista de esta historia es el mundo. No hay un villano puntual, es toda una sociedad. Por eso, cuando me llegó la propuesta, dije que sí enseguida. Soy fanático de la película y para un actor es un privilegio.
—Te decía que me sorprendió la puesta, la producción que tiene encima.
—Es hermosa. Lo que hizo Javier con la dirección es increíble y la producción de Adrián Suar y los hermanos Laviaguerre es un lujo. Todo está al servicio de contar la historia. La escenografía acompaña un recorrido de casi veinte años y cambia todo el tiempo. Además, para mí volver a la calle Corrientes siempre es un lujo.
—Qué linda está Corrientes: hay un montón de propuestas.
—Es un oasis, parece otra realidad. Hay un de debate con el que coincido, que es el cupo de autores argentinos, que debería haber más, pero más allá de eso, me gusta esa fantasía que ver las marquesinas con adaptaciones de muchas películas: Misery; Charlie y la fábrica de chocolate; Billy Elliot, Secreto en la montaña, Rocky. Y hay gente que se toma como un recreo, se paga una entrada de teatro que no son baratas, come una pizza. Y eso te da vida.
—¿Y cómo andas por fuera de lo laboral: el amor, la paternidad?
—Muy bien. Estoy muy enamorado: en julio nos vamos a vivir juntos.
—¿Se enamoraron durante la primera temporada de Envidiosa?
—No. Grabamos durante varios meses, pero en distintas etapas. En ese tiempo nos fuimos conociendo. Nunca tuve aplicaciones de citas, primero porque casi siempre estuve de novio y, cuando aparecieron, ya era conocido y no podría usarlas. Hoy veo que la gente primero se encuentra y después se conoce, con nosotros pasó al revés. Yo tenía novia, ella estaba soltera, no había ninguna tensión entre los dos. Eso nos permitió conocernos de una manera muy honesta, sin coqueteo ni especulación.
—Sin la cosa histérica.
—Exacto. Una semana antes de terminar las grabaciones la invité a mi casa y ahí empezó todo. Para ese momento, ya nos conocíamos bastante.
—¿Vos ya te habías separado?
—Sí, hacía unos tres meses.
—¿Y ahí arrancó la historia?
—Sí, aunque enseguida ella se fue un mes a España y yo no sabía bien si éramos novios o no.
—¿Y le preguntaste?
—No. Lo único que quería era que volviera y siguiera enamorada de mí.
—¿Vos ya estabas enamorado?
—Sí. Y me quería matar porque dije: “Uh, estoy re enamorado, la puta madre”.
—¿Y le contaste a ella?
—La llamé y le pregunté si tenía sentido esperarla. Me dijo que sí y ahí confirmé que estábamos juntos. Ya la extrañaba muchísimo.
—¿Te das cuenta que sos re Matías?
—Un poco sí, aunque Matías permite cualquier cosa. Yo no. Soy bastante a la antigua, me gusta el noviazgo, ir de a poco.
—¿Esa charla fue por videollamada?
—Sí.
—¿Cortaste y festejaste corriendo en calzones?
—Me puse muy contento. Fue un alivio enorme porque ya me estaba haciendo la cabeza. Ella no mira mucho el teléfono y hablábamos cada tres días, así que yo ya estaba completamente enroscado.
—Me da ternura eso.
—Después le mandé un mensaje y tardó dos horas en responder. En el medio fui a hacer una entrevista con Moria y ya pensaba: “Listo, me dejó”. Encima ella me preguntó si estaba con la chica de la serie y todavía no sabía qué responder porque ni siquiera sabía si seguíamos juntos. Así que contesté bastante genérico: “sí, sí, ja ja ja”. (Risas).
—¿Cuándo volvió?
—A los diez días. Y desde entonces no nos separamos más.
—Ahora se van a vivir juntos.
—Si, porque ya vivíamos yendo de una casa a la otra. Ahora estamos haciendo la adaptación entre mi perro y su gata. Por suerte, son los dos bastante grandes, así que salió bien.
—¿Y cómo es la relación de Débora con Luis?
—Re bien. Yo vengo con un hijo y si querés compartir la vida conmigo, también tenés que construir un vínculo con él. No les exijo que se lleven increíble, que sean la mejor madrastra y el mejor hijastro del mundo pero sí que haya cariño.
—En la última temporada de Envidiosa apareció tu hijo también.
—Sí. Me parece que esa figura hay que reivindicarla un poco. Siempre hablamos de la madrastra desde el lugar que instaló Disney, pero hoy hay muchísimos hombres y mujeres criando hijos que no son biológicamente suyos y es un rol muy difícil, al que muchas veces no se le reconoce el valor.
—¿Te genera celos que otro hombre ocupe un lugar paterno con Luis?
—Al contrario. Le agradezco mucho a Julieta y a Agustín, su marido. Él también lo cría conmigo porque Luis pasa la mitad del tiempo con ellos.
—Qué bueno que hayan logrado una separación evolucionada.
—Él es un muchacho bárbaro.
—¿Juli con Débora se lleva bien también?
—Sí, re bien. Si querés a tus hijos, tenés que tratar de llevarte bien con la persona que vive con ellos. Es muy básico.
—¿Cómo estás con un hijo adolescente?
—Bien. Está entrando en esa etapa. En la primaria era más disperso y ahora lo veo muy enfocado con el estudio y con sus nuevos amigos. Está descubriendo la secundaria, que es una etapa fascinante, aunque también bastante delirante. No hay que romantizarla: tiene de todo, como la adolescencia misma.
—¿Vos fuiste bravo?
—Sí, como todos. Los que dicen que no son los peores. (Risas). Me portaba mal, hablaba mucho en clase.
—¿No te tuvieron que ir a buscar a una comisaría?
—Sí, una vez. Tenía 12 años y estaba jugando a los fichines en la calle fuera de horario. Me llevaron en un Falcon que no arrancó y lo tuvimos que empujar. Después, en el pueblo, la policía nos corría bastante. A veces porque hacíamos lío, otras porque se armaban peleas y, cuando ya éramos más grandes, porque si te veían fumando porro había que salir corriendo. Era bastante normal que te llevaran en cana.
—¿Todavía vivías en Ameghino?
—Sí. Igual mi delincuencia llegaba a robar naranjas, duraznos... Bueno, una vez me robé un lechón, pero me lo comí después.
—¿Cómo fue eso?
—Habíamos ido en moto hasta Blaquier, un pueblo vecino. Un amigo conocía las chacras y dijo: “Acá hay lechoncitos”. Él lo agarró porque corría muchísimo y yo me lo llevé a upa en la moto. Como me gritaba en la oreja, le até el hocico con el cordón de la zapatilla. Igual me cagó todo encima. (Risas). En esa época era bastante común. Si te robabas un chancho o un cordero era para comerlo.
—¿No te encariñaste con el chancho?
—La verdad que no. Perdón a todos los veganos, sé que estoy contando una anécdota que contiene la muerte de un animal y me hago cargo, pero mi infancia fue así. Mis abuelos mataban chanchos de 150 kilos, los faenaban, y yo me crié viendo eso.
—¿Caíste en tu casa con el chancho y no te preguntaron?
—Lo escondimos en la casa de un tío de mi amigo porque, si mis viejos se enteraban de que me había robado un chancho, me cagaban a patadas en el culo, me sacaban volando.
—Capaz el dueño se está enterando ahora.
—Sí, pobre. Nos lo comimos la noche siguiente, riquísimo.
—¿Y cuando te llevaban a la comisaría tus viejos cómo reaccionaban?
—La primera vez mi mamá se enojó con los policías. Decía: “Tiene 12 años, ¿cómo lo van a llevar preso?”. Después me pasó otra vez, pero ya en Buenos Aires, en la calle. Me revisaron, no tenía nada y me dejaron detenido desde un viernes hasta el domingo al mediodía. Ahí la pasé muy mal.
—¿Te asustaste?
—Me recontra asusté, porque me metieron en un calabozo con gente mamada, drogada.
—¿Por qué creés que te llevaron?
—No sé. Habían levantado a otros chicos que tenían un par de porros y nos llevaron a todos. Fue por Bulnes y Guardia Vieja, en el ’96 o ’97.
—Época de muchas razzias.
—Tal cual. Me sacaron la billetera y una cadenita. Tuvo que venir mi viejo desde Ameghino. Ese día había quedado con mi novia para ir al cine y como no había celulares, fue a la puerta, me esperó y nunca llegué. Recién a las tres de la mañana la llamaron de la comisaría para avisarle que estaba ahí. Casi se muere de un paro cardíaco, imaginate.
—Qué susto.
—Cuando salí, además de que adentro la pasé re mal porque hasta me hicieron trasladar a un tipo borracho desde un calabozo hasta el otro, porque uno de los policías se había ensañado conmigo, la propia policía me había robado todo, la plata y la cadenita.
—Ah, todo horrible.
—Yo trabajaba de mozo en Puerto Madero, imaginate cuánta plata tenía en la billetera, a plata de hoy tendría diez mil pesos. Fue la única vez que pensé en volverme de Buenos Aires. Me dio miedo la ciudad, esa sensación de que te puede pasar cualquier cosa y nadie sabe quién sos porque no había hecho nada. Estaba sentado en la calle tomando una cerveza, con la ropa de mozo puesta.
—¿Muchos años trabajaste de mozo?
—Diez años en Buenos Aires, aunque empecé a los 14 en el restaurante de mi mamá. En Puerto Madero trabajaba en La Caballeriza, éramos muy jóvenes. Algunos estudiábamos teatro, otros escribían, otros tenían bandas. y había una efervescencia muy linda, nos formamos entre recomendaciones de libros, películas, charlas, fue como una escuela..
—¿Tuviste otros trabajos?
—Varios. En una época junté basura para una empresa de marketing que analizaban qué consumía la gente en distintos barrios, tanto chetos como humildes. Tenía direcciones determinadas, iba, cargaba esa bolsa y le ponía un sticker, no sé, Cerviño 405. Después revisaban y anotaban todo: qué toallitas usaban, qué gaseosas tomaban, etc. En la basura está toda tu historia, es un diario íntimo.
—¿Y te lo bancabas?
—Era un trabajo, a mí me encanta trabajar. Así conocí todo el Conurbano y Capital. Después hice de todo: pinté departamentos gigantes, fui cadete, repartí libros y volantes.
—¿Cuándo sentiste que ya podías vivir de la actuación?
—Fue de a poco. Primero entendí que quería ser actor aunque tuviera que trabajar de otra cosa para vivir. Siempre fuimos muy autogestivos: escribíamos nuestras obras y las hacíamos nosotros. Después llegaron los comerciales, algunas giras por Europa que me dejaban unos euritos para tirar y, finalmente llegó la película El estudiante y la televisión. Ahí sí pude vivir exclusivamente de actuar.
—Ahí entendiste que ya no hacía falta volver al restaurante ni a repartir folletos...
—A los 25 hice mi primera película como protagonista, La vida por Perón, y cuando terminé de filmarla renuncié a la parrilla. Les dije: “Bueno, me voy a dedicar a mi vida de actor, lo lamento. No puedo estar acá fajinando y llevando bifes de chorizo”. Me fui en noviembre, me gasté toda la plata y en febrero tuve que volver a pedir trabajo. Siempre digo que volví como Homero Simpson cuando regresa a la planta nuclear. Por suerte me volvieron a tomar.
—¿No te golpeó el ego?
—No. Mientras tuviera trabajo estaba bien. Nunca le cargué a la actuación la obligación de mantenerme y eso me permitió vivirla con menos ansiedad. El ego hay que vigilarlo siempre, trabajes en un banco o seas una estrella de Hollywood. Más que el ego, alguna vez he tenido algunos desbarajustes de trabajar mucho y llegar a niveles de cansancio que no conocía.
—Volviendo a la obra, hay un amor prohibido por el contexto y la época. ¿Vos viviste algún amor prohibido?
—Prohibido no. Oculto, sí.
—Contame todo.
—Cómo te voy a contar el amor oculto, ¿estás loca? Un amor prohibido es algo que sale a la luz se derrumna el mundo más o menos. Debe ser una pesadilla vivir algo así.
—¿Una trampa?
—Alguna trampa que continuó un poquito más de la cuenta, ponele. Vamos a dejarlo ahí.
—¿Jugamos? Te voy a dar nombres de personas que trabajaron con vos y me respondés rápido: Griselda Siciliani, Benjamín Vicuña, Adrián Suar, la China Suárez, Dolores Fonzi, Gonzalo Heredia.
—Perfecto.
—¿A quién no le compras un auto usado?
—A Vicuña.
—¿A quién le pedís plata prestada?
—A Heredia. Quiero creer que de tantos éxitos algo debe haber agarrado.
—¿A quién no le contás un secreto?
—Oh, qué difícil. A la China, porque no la conozco, solo la vi en un rodaje.
—¿Con quién te vas de campamento?
—Con Suar. Sería una gran comedia: los dos somos malísimos para acampar. Encima Adrián está siempre hermoso, parece que acaba de salir de la peluquería y del gimnasio. Sería una película de Adam Sandler.
—¿A quién llamas a las tres de la mañana si estás en problemas?
—A Dolores. Es de las amigas que siempre está, la quiero, me gusta cómo piensa, su sensibilidad y da muy buenos consejos.
—¿Quién exagera más las anécdotas?
—Griselda. Es un poco chamuyera, igual con el tiempo todos agrandamos las historias.
—¿De quién te enamorarías si las circunstancias fueran otras?
—De Suar. Me encantaría hacer una comedia con él.
—Vamos a jugar al “bajá un dedo”. ¿Te macheteaste en el colegio?
—Peor: me agarraron falsificando la firma de mi mamá. Ya tenía como 23 amonestaciones y ella me había dicho que no le llevara más el cuaderno. Justo la profesora de Matemática estaba atrás mío, me tocó el hombro y me preguntó: “¿Qué hacés?”. Me largué a llorar y le supliqué que no se lo contara a la directora porque me echaban y estaba en primer año. Se resolvió muy de pueblo: se llevó el cuaderno a su casa y me dijo que mi mamá fuera a buscarlo. Así que tuve que ir a buscarla mientras estaba pintando un mural, porque es artista y decirle: “No querías que te traiga el cuaderno, tenés que ir a buscarlo”.
—Robaste algo.
—El lechón.
—Hiciste algo por plata que hoy preferirías no contar.
—Una vez hice una publicidad de un emprendimiento arquitectónico. Era una animación y yo ponía la voz y aparecía en cámara. Cuando la vi me dio mucha vergüenza y entendí que había límites.
—Creo que Gonzalo Heredia (espero no equivocarme) me contó que hacía desfiles y publicidad de ropa interior.
—Bueno, yo también fui a boliches a las cuatro de la mañana para hacer presencia. En esa época lo hacían todos los famosos, creo que era más digno.
—¿Hoy aceptarías ir a bailar a un cumpleaños de 15 por plata?
—(Risas). Como dicen en Nueve reinas: “No faltan putos, faltan financistas”.
—Bajá un dedo si alguna vez espiaste el celular de una pareja.
—No.
—¿Bloqueaste a alguien en el teléfono?
—Sí. He bloqueado gente que ni conocía y me llamaba o me escribía. Y también alguna pareja: bloquear, desbloquear... esas cosas..
—¿Alguna vez dijiste que habías leído un libro que no leíste?
—Sí. O con películas. Esas mentiras para seguir una conversación y después rezar para que no te pregunten una escena.
—¿Escuchás tus audios antes de mandarlos?
—¿Cómo se hace eso? (Risas). No. Los escucho después, sobre todo si estaba enojado, a ver si me fui de mambo.
—Hace unos años me dijiste que cualquier hombre que asegurara no haber tenido actitudes machistas estaba mintiendo. Fuiste uno de los primeros que me dijo que miraba para atrás.
—Sí. Y además creo que no alcanza con revisar el pasado. Hay que revisarse todo el tiempo porque vivimos en una sociedad muy machista que naturaliza la violencia. Y porque sino, aparece un tema, todos hacemos la VTV moral durante un rato y después seguimos igual.
—¿Cómo te llevas con el hate?
—Bien. Hace un mes que ni siquiera tengo Twitter. Los peores ataques fueron por cuestiones políticas y era evidente que venían organizados. Dicen que soy feo, que actúo mal, pero después camino por la calle y recibo muchísimo cariño, entonces entendés que las redes no son la realidad. No me molesta la verdad porque gracias a Dios tengo una estructura para poder entender eso y tengo trabajo. No sé qué me pasaría si estoy solo y no tengo un mango, no me están llamando para trabajar y leo que soy un boludo cuatro veces seguidas. No me quiero hacer el canchero. El hate es una herramienta de los cobardes.
—¿Hablaste de eso con Luis?
—Sí, pero él vive conmigo, ve el amor que recibo de la gente que viene al teatro, ve cómo me trata el que me estaciona el auto que me conoce y que me da un abrazo o la señora que está limpiando la vereda que vio las novelas. Cuando salgo a la puerta del teatro lo único que recibo son abrazos y agradecimientos. Me quedo con eso. También me puedo distanciar si hay siete personas seguidas que me dicen que soy un genio. Porque la angustia por una mala crítica dura lo mismo que la alegría por una buena crítica: 48 horas.
—Fue un año con mucho trabajo.
—Sí, estamos muy bien con Secreto en la montaña, de jueves a domingo en el Multiteatro, con doble función los sábados. Además terminé de grabar Sanamente, una serie para Flow y TNT que se estrena el año que viene. Estoy con Inés Estévez, Juan Gil Navarro, Martín Rechimuzzi y Gustavo Bassani, entre otros.
—¿Cuántos capítulos son?
—Ocho. Tiene algo de Vulnerables, Locas de amor, Para vestir santos. Habla de una familia que se reúne después de la muerte de una madre acumuladora. Hay humor, pero también una mirada muy interesante sobre la salud mental.
—¿Hacés terapia?
—Hace un año que no, pero hice muchos años. Ahora siento que tengo que ocuparme de otras cosas: descansar, comer bien, correr. Después de correr pienso mucho mejor.
—¿Sos bueno con el deporte?
—Soy infeliz si no hago deporte. Necesito todos los días hacer algo, ir a caminar. Eso sí: al fútbol soy malísimo, soy voluntarioso, corro, meto, pero juego muy mal. De chico jugué al tenis, desde los 5 hasta los 13, pero cuando empezó la alta competencia también me empezó a gustar la noche, había que elegir. (Risas).
—Se viene una nueva obra con tu grupo de siempre.
—Sí, tenemos una compañía que se llama El Silencio con Pilar Gamboa, Esteban Bigliardi, Susana Pampín (que es la mamá de Envidiosa) y Romina Paula. Vamos a reestrenar El tiempo todo entero, una adaptación del Zoo de cristal que la hicimos hace 15 años pero la vio poca gente porque no éramos actores famosos. Y la reponemos en agosto, los martes, en el Paseo La Plaza.
—Y está tu película también.
—Y está mi película dando vueltas. Ahí estamos con Juanpa Miller y con Iván Isvusic, que son los productores, buscando financiación. No es una película carísima, pero tampoco es barata.
—¿De qué va?
—Tiene dos títulos posibles: La mitad de la vida o El remisero absoluto. Es la historia de un remisero que una noche lleva a unos hombres al campo. Cuando vuelve a buscarlos los encuentra muertos y, en el camino, descubre un auto chocado con una valija llena de plata. Es como un subgénero del policial: una persona común, se encuentra dinero y se lo queda. Dos años después, él vive en Uruguay con su mujer y un bebé, con la plata escondida en la casa sin poder darse un lujo porque tienen que simular ser pobres. Y aparecen los dueños para reclamarla.
—Y se viene la convivencia. ¿Tu casa o la de ella?
—En julio, a una casa nueva. Un punto nuevo de los dos. El perro, el gato, Luis, Débora, yo. Ya está, ¿qué más querés?
—¿Te imaginas volver a ser papá?
—Sí, puede ser.
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