Tenía 8 años cuando su padre mató a su madre: “Durante años me quedó esa pregunta: ¿por qué no cerré la puerta?”

Tras presenciar el femicidio de su madre a manos de su padre, quien luego se suicidó, Cintia Soledad Zabalo atravesó abusos, obesidad, años de silencio y hasta pensó en quitarse la vida. A los 41 años escribió un libro para sanar, darle voz a una madre que nunca fue escuchada y demostrar que es posible reconstruir una vida después del horror

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Tenía 8 años cuando su padre mató a su madre: “Durante años me quedó esa pregunta: ¿por qué no cerré la puerta?”

Cuando tenía ocho años le abrió la puerta a su papá. Él cargaba un bolso verde y le dijo que llevaba “algo para mamá”. Minutos después asesinó a su esposa y se suicidó. Cintia Zabalo escuchó los disparos, corrió a esconderse y, desde ese día, su vida quedó partida para siempre.

Pero el femicidio fue apenas el comienzo de otra historia. Llegaron el desarraigo, los abusos, el silencio, la obesidad, las internaciones, los intentos de suicidio y un proceso de reconstrucción que le llevó décadas. Hoy tiene 41 años, es profesora, vive en Navarro y es madre de Ale y Luz María. Dice que logró construir la familia que siempre soñó.

Ese recorrido quedó plasmado en Cicatrices que hablan, el libro en el que reconstruye por primera vez su historia. Lo escribió para sanar, pero también para darle voz a su mamá y contar lo que la Justicia nunca pudo reparar. “No lo escribí para que me tengan lástima. Lo escribí para sanar y para hacer una justicia social”, resume.

En esta conversación con Infobae, Cintia habla con una honestidad conmovedora sobre el asesinato de su madre, el abuso que sufrió durante la adolescencia, el largo camino de la terapia, el amor que encontró junto a su actual marido y la decisión de transformar el dolor en un mensaje para otras víctimas. “No soy lo que me pasó. Soy lo que elijo ser”, afirma.

A los 8 años, su padre cumplió su amenaza y asesinó a su madre. Pero la pesadilla para Cintia continuó con abusos en su nuevo hogar. Esta es la historia de una mujer que luchó contra la depresión, la obesidad y los traumas más profundos para encontrar el amor y reconstruir su vida.

—¿Hay recuerdos lindos de la infancia?

—Son los menos. Tengo algunos, sobre todo con mi papá, que me hacía cosquillas. También íbamos a pescar juntos. Mirá qué loco, empiezo hablando de él. Y tengo recuerdos de mi mamá: iba a trabajar con ella y, entre costura y costura, nos preparaba pan con agua caliente y azúcar. Era la golosina más rica que comíamos. Nunca me habían preguntado por los recuerdos lindos, nunca lo había pensado.

—¿Te enoja tener recuerdos lindos con tu papá?

—Ya no. Después de escribir el libro cambió mucho, fue un proceso de sanación enorme, como sacarme una mochila muy grande. A mi papá lo perdoné cuando nació mi primer hijo. Durante el trabajo de preparto estuve muchas horas despierta y sentí la presencia de los dos acompañándome. En las contracciones más fuertes me abrazaba a él; en las más débiles, a mi mamá. Cuando tuve a Ale en brazos, lo perdoné. No sé explicarlo, pero sentí que él estaba ahí.

—¿Puedo volver para atrás?

—Sí, vamos para todos lados.

—Todo empieza con vos muy chiquita.

—Mis primeros recuerdos son de los cuatro o cinco años y son todos de violencia. Veía a mi papá amenazar a mi mamá con un revólver, mientras ella intentaba defenderse con una cuchilla contra la mesada. Nosotros salíamos corriendo a la calle, desesperados, para pedir ayuda. Después ella nos hacía entrar y todo se calmaba por un rato. Al día siguiente, nos pedían que dijéramos que la pelea había sido entre nosotros, los hermanos, para que los vecinos no supieran lo que pasaba en casa.

—Eran tres hermanos.

—Sí, pero prefiero no hablar de ellos. El libro cuenta mi historia, por eso prefiero preservarlos.

—Y esos recuerdos son de cuando tenías cuatro o cinco años.

—Sí. Con el tiempo entendí que mi papá era una persona enferma, porque nadie en su sano juicio mata a su mujer y se suicida. Entender eso fue lo que me permitió perdonarlo. No sé si puedo decir que lo amé o lo amo, pero sí que lo pude perdonar y para mí eso es muchísimo.

—Siendo tan chica, ¿pensabas que esa violencia era normal?

—No, lo sufríamos mucho. Era muy violento y se enojaba por cualquier cosa: si jugábamos a la hora de la siesta o charlábamos entre hermanos cuando nos íbamos a dormir, se despertaba y nos tiraba los colchones. Un día arrancó una puerta de la habitación y nos pegó con la puerta. Y sino nos metía bajo la ducha con agua helada en invierno y nos esperaba del otro lado con una toalla mojada. Tenías que elegir entre los golpes o el agua fría, que te corta la respiración y no podés respirar. Otro episodio que me quedó muy grabado; tendría unos siete años, mi mamá estaba internada, nos dijeron que era una deshidratación, aunque hoy intuyo que no fue eso. Mi abuela paterna vino a traernos una bolsa de mercadería a mi casa. Él se enojó, tiró todo a la calle y las papas quedaron rodando por la vereda. Mi abuela, desde afuera y a través de un vidrio roto, me pedía una bolsa para juntar las cosas, pero él nos prohibió hablarle. Esa escena la recuerdo siempre porque pensaba qué sentiría ella, qué hijo crio, ese hijo al que después también lo ayudó para que hiciera lo que hizo, porque ellos sabían lo que iba a hacer. Incluso le hicieron un almuerzo de despedida el mismo día en que mató a mi mamá.

—La violencia no era sólo hacia tu mamá. También era hacia ustedes.

—Sí. Nosotros también recibíamos golpes. Mi mamá siempre intervenía para defendernos y terminaba ligándola ella. Recuerdo una noche en la que nos había sacado los colchones al living que mi mamá se acostó con nosotros, entones nos sacó las sábanas y ahí ella nos abrazó y nos tapó como pudo. Esa escena también la tengo muy grabada, por eso me duele tanto cuando dicen que una mujer “se deja golpear”. Nadie sabe lo que vive una mujer en esa situación ni todo lo que intenta para salir. Mi mamá quería separarse, lo hablaba con sus amigas, hizo varios intentos. Pero él la amenazaba: “Si te vas, los mato a todos”. Y ella sabía que no eran amenazas vacías. Lamentablemente, no lo fueron.

—¿Por qué había un revólver en tu casa?

—Porque él tenía armas. Un revólver, una escopeta. No trabajaba en ninguna fuerza ni recuerdo que cazara. Simplemente le gustaban las armas. Antes de que naciéramos había sido chofer de colectivo. Después mi mamá levantó un taller de costura que primero funcionó en casa y con el tiempo sumó máquinas y abrió un local. Él se quedaba con nosotros. Meses antes de que pasara todo, una noche estábamos en la casa de unos amigos y mi mamá nos sentó al pie de la cama y nos contó cosas que hasta ese momento no sabíamos: que ella se quería separar, que por eso estábamos ahí escondidos, que él le era infiel y que esa niñera que nosotros amábamos y se fue de un día para el otro sin explicación se fue porque él le había ofrecido acostarse por un par de jeans, pero como era muy amiga de mi mamá se lo contó y no volvió más. Ese fue un golpe muy fuerte para nosotros.

—¿Tu mamá pudo pedir ayuda?

Hizo todas las denuncias posibles. De hecho, este libro también busca hacer justicia social.

—Lo leí y por eso quiero detenerme ahí. Pensando en tantas mujeres que pasan por lo mismo.

—Mi mamá iba constantemente al juzgado. El juez de Paz de Lobos le decía que no iba a hacer nada, que mi papá era un buen chico, que él le hablaba y lo tenía controlado. En un momento, desesperada, le pidió permiso para irse al Sur, donde vivía un hermano suyo. El juez le respondió que, si se llevaba a sus hijos, podía terminar presa por secuestro. Así que tuvo que quedarse. Tengo muy presente el recuerdo de acompañarla al juzgado una y otra vez, que estuviera ahí sentada y tener que volver de nuevo a casa.

—El 17% de los femicidios ocurre después de que la víctima haya denunciado o pedido ayuda. Son mujeres que anticiparon el riesgo.

—Mi mamá hizo todo lo que pudo. El último recuerdo que tengo de esa pelea judicial es cuando finalmente logró separarse y firmar un acuerdo.

—¿Qué pasaba cuando el juez citaba a tu papá? ¿Algo cambiaba?

—No tengo ese recuerdo. En una de las últimas reuniones, el juez nos preguntó con quién queríamos vivir. Los tres dijimos que con mamá. Se acordó un régimen de visitas, pero duró apenas uno o dos meses. Después él fue hasta la casa donde vivíamos y la mató.

—O sea, tu mamá se había podido separar.

—Mi mamá se separó, habían pasado unos dos meses. Antes de eso nos escondimos en muchísimos lugares, pero siempre nos encontraba. En el libro cuento una noche de tormenta en la que estábamos debajo de una cama, sin respirar, mientras él golpeaba los vidrios de esa casa prestada porque sabía que estábamos adentro. Al final siempre terminábamos volviendo. No podés vivir cambiando de casa para siempre. Y además estaban las amenazas, las promesas de que iba a cambiar. Todo lo que hace una persona violenta.

—¿Ustedes iban al colegio? ¿Nadie veía lo que pasaba?

—Nunca lo conté. Esto fue en el año 1993, no existía la ESI (Educación Sexual Integral) ni se hablaba de violencia.

—¿No tenías marcas en el cuerpo?

—No. Él nos pegaba con una toalla mojada, por ejemplo. No dejaba marcas. Hoy soy docente y los chicos hablan más. La ESI abre puertas para que, cuando termina una clase y tocaste un tema, un alumno se acerque y te diga: “Profe, me está pasando esto”. Y hay protocolos.

—¿En algún momento te sentiste segura?

—Estando con mi mamá. Cuando nos pudimos ir, ella pudo alquilar una casita muy humilde y ahí fuimos felices. Cuando vivíamos con mi papá hacíamos todas las tareas de la casa: limpiábamos, hacíamos las compras, pedíamos fiado. Me acuerdo de lavar un jean pesadísimo de mi papá, colgarlo en la cuerda y enjuagarlo con una manguera. Y después se lo llevaba al vecino para centrifugarlo. Éramos muy chicos, nos daba vergüenza, pero él nos hacía hacer todas esas cosas.

—Se fueron y parecía que todo podía encaminarse. ¿Y ese día?

—Fue un 3 de febrero. Esa tarde había una amiga de mi mamá con sus dos hijos que mi mamá le estaba cortando el pelo. Tocaron el timbre y fui a abrir: era mi papá, tenía un bolso verde, de esos militares y le pregunté qué traía. “Algo para tu mamá. Andá a llamarla”, me dijo. Yo fui a buscarla. Después, durante años, me quedó esa pregunta: ¿por qué no cerré la puerta? Pero tenía ocho años. Mi mamá salió a recibirlo y él le disparó. Después se disparó él. Nosotros salimos corriendo hacia el fondo de la casa junto con la mujer y los chicos. En el fondo había un albañil levantando un muro para separar el patio lindero y yo le rogaba que la defendiera con la pala, pero él tenía más miedo que nosotros. Tiramos el muro abajo y nos encerramos en la casa del vecino hasta que llegó la policía. Mi hermano se llevó la peor parte, porque había ido al kiosco a comprar bombuchas porque estábamos jugando una guerra de agua, y cuando volvió se encontró con todo. Ya no había nada para hacer, los dos habían muerto.

—¿Vos presenciaste el momento en el que tu mamá recibe el impacto?

—No. Yo le abrí la puerta y me fui. Sólo escuché el primer disparo y pensé que todavía había algo que hacer, por eso le pedía ayuda al albañil. Cuando escuché el segundo disparo, pedía por favor que lo metieran preso. Nunca imaginé que él se había muerto. Cuando me enteré que él también se había matado fue un alivio, porque creo que hubiese sido una tortura para toda la vida que él siguiera vivo. Ahí, en esa mente de niña, para mí fue un alivio enterarme que él se había ido también.

—En el libro contás que los despidieron en el mismo lugar. ¿Por qué los velaron juntos?

—No lo sé. Es una pregunta que todavía me hago. Nunca entendí por qué decidieron hacerlo así. Mi mamá estaba en una sala y él, en la de al lado.

—¿Y ustedes a cargo de quién quedaron?

—Mis abuelos eran personas grandes que acababan de perder a una hija de la peor manera, hicieron lo que pudieron. Nosotros no podíamos vivir los tres juntos porque para ellos era demasiado, así que nos tocó separarnos: mi hermano mayor se fue con mis abuelos maternos y mi hermana y yo nos fuimos a vivir con una tía, la hermana de mi mamá. Y ahí es donde pongo en el libro que empieza la peor parte de la historia.

—Hace un rato dijiste que antes de matar a tu mamá, su madre le había preparado un almuerzo.

—Sí. Fue una confesión que me hizo mi abuela paterna muchos años después. Cada vez que la visitábamos, me repetía la misma pregunta: “¿Qué harías si alguien te confiara un secreto y te pidiera que no dijeras nada, sabiendo que otra persona corría peligro?”. Yo intuía que quería contarme algo y no quería escucharla, porque sabía que, si lo hacía, ya no iba a poder hablarle nunca más. Hasta que un día no pudo seguir cargando con ese peso y nos contó que, cuando el juez resolvió la separación y reguló las visitas, lo mandó a mi papá a hacer terapia y le sacan el arma, se la dieron en custodia a mi tío, el hermano de él. Ese mediodía le prepararon fideos con tuco, que era su comida preferida, y después mi tío le devolvió el arma. Según el relato de mi abuela, ellos sabían lo que iba a hacer. Incluso se despidieron de él. No lo retuvieron. Tal vez, para ellos, convivir con un hijo y un hermano violento también era una carga y creyeron que esa era la forma de sacarse el problema de encima.

—¿La Justicia no hizo nada con ellos?

—Yo nunca lo dije.

—En el libro lo dijiste.

—Sí, ahora, pero pasaron muchos años.

—¿Ellos siguen vivos?

—Sí, me no me hablo con ellos. Por eso digo que este libro intenta hacer justicia social y llevar la voz de mi mamá que callaron. También hablo de mi tío paterno que se ocupó de vender todas las pertenencias de mi mamá. Ella tenía un taller de costura con máquinas que valían mucho dinero y nunca vimos un peso. Mi abuelo materno intentó averiguar qué había pasado, pero jamás obtuvo respuestas. Se encargó de todo mi tío con un conocido rematador de Lobos. Más allá de lo material, eso también habla de lo que son como personas.

—¿Alguna vez pensaste que tu papá también quería matarlos a ustedes?

—Sí. Él siempre amenazaba con matarnos a todos y no nos encontró a los tres juntos, por eso no lo hizo. Hace poco busqué en los diarios de la época y muchos diarios publicaron que había esperado a que nosotros no estuviéramos. No fue así. Estábamos ahí, sólo que cada uno en un lugar distinto.

—¿Por qué decís que la pesadilla empezó después?

—Porque después del femicidio nos convertimos en paquetes: quién se queda con ellos, a dónde van, no los podemos tener. Y todo eso de chico te queda grabado. Terminamos viviendo con la hermana de mi mamá, pero nunca sentimos que nos hubiera integrado a su familia. Ellos tenían una frase que repetían siempre: “Dios nos dio dos hijos y el diablo nos dio dos sobrinas”. Se reían cuando lo decían, era un dolor inmenso. Y cuando tenía 12 o 13 años, mi tío empezó a tener actitudes que no correspondían, que yo recién pude darme cuenta que eso era abuso cuando empecé terapia. Desde hacerme mirar pornografía, hasta no poder estar tranquila en el baño porque me abría la puerta. Cuando llegó a tocarme, fue el límite. Después cambió su actitud conmigo, se volvió mucho más agresivo, enojado.

—¿Y tu tía?

Ella veía todo, incluso decía que no quería dejarme sola con él porque después “la gente podía hablar”. Pero siempre se enojaba conmigo, nunca con él. Yo creo que fue también una mujer sometida, sin estudios, que tenía una posición económica buena y no quiso relegar eso por dos sobrinas. Hasta que crecí, tuve mi familia y cambió la relación con ella. Quiso ser o intentó ser la abuela de mis hijos, que eso añoro un montón. Viví mucho tiempo con culpa. Hoy tengo 41 años y puedo ver que era una nena, tenía 12 años, me había pasado de todo.

—¿Qué pasó con uno de los empleados del campo?

—Trabajaba para mis tíos, ellos tenían máquinas agrícolas, estaban muy bien económicamente y tenían cuatro o cinco empleados varones. Y este empleado no perdía la oportunidad de darte un mate y rozarte la mano, de insinuarte cosas. A mi tía también le andaba por atrás y se quejaba para que lo echen. Un día pasó por al lado mío y me tocó la cola. Me di vuelta, lo insulté y él dijo que estaba loca, que no había pasado nada. Mi tío me llamó aparte y me dijo que me callara, que no iba a perder al mejor empleado que tenía por mi culpa. Otra vez sentí que nadie me cuidaba. Tiempo después ese hombre fue denunciado por abuso y mientras estaba siendo investigado, se suicidó. Tarde o temprano, el karma llega.

—¿Alguna vez te sentiste cuidada por alguien?

—Por mi mamá, pero sentí que estaba muy desprotegida y que no podía hacer más de lo que hizo. Denunció, intentó irse, pidió ayuda, nos protegió como pudo y nos dio todo el amor que tenía. Y todavía hoy siento que me sigue cuidando. Yo la sigo sintiendo presente en todo momento. Mi tía hizo mucha diferencia. Me acuerdo de las Navidades: el árbol grande lo armaban mi tía y mi primo, y nosotras nos encerrábamos en la pieza a decorar un arbolito viejo, feo, todo despeluchado, que había quedado de cuando vivíamos con mis papás, pero era nuestro arbolito.

—¿Pudiste entenderla alguna vez a tu tía?

—Con ella tengo sentimientos muy encontrados. Hoy entiendo que fue una mujer sometida. Me distancié de una forma muy loca, de un momento para el otro, porque como conté tenía relación con mis dos hijos, pero empecé terapia hice una constelación familiar y fue el comienzo de un proceso muy fuerte porque comenzaron a aparecer todos los recuerdos juntos.

—¿No tenías recuerdos?

—Muy pocos. Recordaba el asesinato de mi mamá, pero no con el nivel de detalle que hoy puedo contar. Según mis terapeutas, fue un mecanismo de defensa para poder sobrevivir. De hecho, cuando empecé el proceso de escritura, cada capítulo me despertaba nuevos recuerdos. Escribía de día y soñaba de noche. Me levantaba para anotar escenas que aparecían de golpe y después no sabía en qué capítulos ubicarlas. Una amiga, profesora de Literatura como yo, me ayudó a ordenar todo ese rompecabezas.

—Para llegar a eso, primero te lastimaste mucho a vos misma, ¿no?

—Sí. Empecé a subir de peso desde los ocho años y llegué a pesar 130 kilos. Tenía una vida muy sedentaria en el campo.

—¿Siendo chiquita?

—A los 22 o 23 años. A los 13 me puse de novia a escondidas con quien después fue mi primer marido. Él tenía 18 años y trabajaba en el campo. Mi tío lo sabía, pero no decía nada y se aprovechaba de ese silencio para seguir tomándose atribuciones conmigo. Cuando finalmente se hace público, echaron a mi novio del trabajo y recién a los 16 años me dejaron formalizar el noviazgo, pero siempre bajo el control de toda la familia porque como éramos un paquete, todos opinaban. Cuando terminé la secundaria me fui a estudiar el profesorado y me mudé con una amiga a un departamento que le alquilaban. Ahí empecé a tener otra vida. Después me fui a vivir con mi pareja y seguí todos los testamentos que había que cumplir: casarse por Iglesia, tener una casa, hijos.

—¿Vos todavía la querías a tu tía?

—Sí. Y después de que me fui de su casa nuestra relación mejoró, la empecé a ver en el rol de abuela y con mis hijos intentó reparar muchas cosas que nos hizo a nosotras. Por eso, cuando decidí alejarme, me dolió tanto. Creo que merecíamos una charla, ella me dijo que no sabía qué me pasaba, que si era algo que ella me había hecho me pedía perdón, pero nunca más volvió a llamarme. A mi tío sí le escribí, le dije que me acordaba de todo y guardo los audios en los que me responde que me callara, que para qué remover el pasado. Él le contó a toda la familia que yo lo estaba acusando, pero nadie se acercó a preguntarme qué había vivido.

—Vos decís que ella era una buena abuela, pero ¿vos hubieras dejado a tus hijos con esa mujer y su marido?

—No. Una sola vez tuve que dejarlos porque tenía que ir al médico, pero estaba ella sola. Con él jamás los hubiera dejado. Igual, hasta ese momento yo seguía teniendo relación con ellos porque todavía no podía ponerle nombre a lo que había vivido. Para mí eso no había sido abuso.

—Más allá del abuso, hubo mucho destrato. Venías de perder a tu mamá y necesitabas que te cuidaran.

—Hay algo que me marcó mucho y que hoy lo hablo con mi hija que tiene 10 años recién, pero no quiero que le pase lo mismo. Cuando me desarrollé, me asusté, sabía muy poco y como vivíamos en el campo, no tenía amigas con quienes hablar de esas cosas. La llamé a mi tía, abrió la puerta del baño, me tiró un paquete de toallitas y me dijo: “Ahora te tenés que cuidar de los hombres”. Esa fue toda la explicación.

—Y en ese proceso de sanación, te operaste. ¿Por qué?

—Porque estaba atravesando una depresión muy profunda. Un amigo que estaba por hacerse una cirugía bariátrica insistió para que consultara. Justo había salido la ley que obligaba a las obras sociales a cubrir esas operaciones y decidí sacar turno. Pesaba 130 kilos, pero para mí la obesidad mórbida era otra cosa. Cuando entré al consultorio del doctor Patricio Calmi le dije: “Yo sé que no tengo obesidad mórbida”. Y él me respondió: “¿Quién te dijo que no la tenés?”. Y fue un golpe muy fuerte.

—¿Vos todavía seguías con tu primer marido?

—Sí, fui a la consulta con una amiga. Cuando volví a mi casa, la encontré vacía. Hacía tiempo que él me decía que teníamos todo pero que ya no era feliz, así que se fue y todo el proceso de la cirugía lo hice prácticamente sola. Me operé en 2011. No fue fácil, como mucha gente cree. La cirugía es apenas el comienzo de un proceso enorme. Y un año después, en 2012, me llegó una solicitud de amistad por Facebook: era Fede. Y me cambió la vida para siempre.

—¿Ahí empezás a sanar?

—Fede me ayudó muchísimo. Me enseñó lo que era el amor. Creo que fue la primera vez que me sentí amada, respetada y escuchada. Contarle mi historia fue muy difícil. Lo de mi tío recién pude decírselo después de que nacieran nuestros dos hijos. Me daba muchísima vergüenza. No quería que nadie en Navarro (donde viven ahora) supiera que yo había pesado 130 kilos. Pensaba que él podía sentir vergüenza de mí y, sin embargo, me amaba tal como era. Tengo más de ocho cirugías reparadoras que también fueron parte de ese proceso y él sufría cada vez que entraba al quirófano, pero ese proyecto había empezado antes de conocerlo. Era un proceso de sanación también, por eso el libro se llama Cicatrices que hablan. No habla solamente de las cicatrices visibles que me quedaron en el cuerpo, sino también de las que quedaron por dentro.

—Contaste que cuando nacieron tus hijos sentiste la presencia de tu mamá y que pudiste perdonar a tu papá.

—Cuando nació Ale tuve un parto muy complicado, estuve toda la noche con contracciones y después tuve una retención de placenta. Me llevaron al quirófano y tuvieron que dormirme para hacerme un alumbramiento. Yo sentía a mi mamá en los pies de mi cama, hablaba con ella. Y todavía hoy siento que ella sigue abriéndome puertas. Hace poco empezamos los trámites para que el libro sea declarado de interés legislativo y, cuando fui al Senado para conocer a la senadora que lo impulsa, sentí que la que caminaba por esos pasillos era mi mamá, no yo. Que, por fin, alguien estaba escuchando la voz que durante tantos años habían callado. Y ella me ayudó a perdonarlo a él, así que creo que sí lo perdonó.

—Tenés una media hermana. ¿Pudiste hablar con ella alguna vez de todo esto?

—Nunca tuve contacto con ella porque era hija de él y sentía que acercarme era faltarle el respeto a mi mamá. Hoy creo que también fue una víctima de todo lo que pasó. Escribir este libro me sacó una mochila enorme, porque la historia ya no me pertenece solo a mí.

—¿Hoy qué sentís por todos ellos?

—Gracias a Dios nunca pude sentir odio, es un sentimiento que no tengo por nadie, porque creo que el odio termina haciéndote daño a vos. Por quien sí sentí algo parecido fue con mi papá. En realidad era mucha vergüenza. Me avergonzaba mi apellido. Hoy soy docente, tengo más de cien alumnos y me acuerdo el nombre de todos, jamás los nombro por el apellido. Sé lo que significa que un apellido te pese porque en tu casa pasan cosas que nadie conoce.

—No te cambiaste el apellido.

—No. De hecho, a mis dos hijos les puse mi apellido y el de mi marido. Son Gómez Zavalo.

—De alguna manera lo resignificaste.

—Sí, hace poco mi hija patinaba en Lobos y la nombraban solamente como Gómez. Le dije: “Pedile a la profesora que te anote con los dos apellidos”. Y ahí me di cuenta de cuánto había sanado. Antes quería sacarme ese apellido de encima y hoy quiero que mis hijos lo lleven con orgullo. Creo que por eso escribí el libro, aunque muchos se alejaron cuando conté mi historia, pero quiero transmitir un mensaje: que se puede salir adelante, se puede construir una familia sana. Si hoy me dijeran que mi vida termina acá, diría que soy feliz. Y si tuviera que atravesar todo lo que viví para tener lo que hoy tengo, no lo dudaría ni un minuto.

—¿No tuviste miedo de ser mamá?

—Lo tengo todos los días. Me siento muy sola para maternar y eso me angustia un montón todavía: no tener a quién pedirle un consejo, no saber si lo estoy haciendo bien o mal.

—¿Y miedo de que se repitiera tu propia historia?

—Sí. Vivo advirtiéndoles cosas a mis hijos y mi psicóloga me reta. Me dice: “Cintia, tu historia no es la de ellos”. Pero no puedo evitarlo, sobre todo con la nena. Trato de no transmitirles esos miedos, pero siguen estando.

—¿Hay algo que no hayamos hablado que te parezca importante?

—Sí. Quiero dejar claro que no escribí el libro para que me tengan lástima ni por ego. Lo escribí para sanar. También para hacer una justicia social, porque la Justicia nunca llegó y ya sé que no va a llegar. Creo en la justicia divina y a cada uno le va a llegar en su momento, pero sentía que tenía que darle voz a mi mamá, que fue silenciada. También quise dejar un mensaje: se puede salir adelante. En el libro cuento, incluso, mis intentos de suicidio. Hubo momentos en los que sentía que no podía más.

—¿Cuándo fueron esos momentos?

—Cuando mi ex se fue no entendía nada, fue un golpe muy grande. Una amiga llegó a tiempo, fue una situación horrible. Después conocí a Fede, vivimos tres meses maravillosos, pero él se asustó porque la relación iba muy rápido y me pidió un tiempo. Ahí sentí que ya no tenía fuerzas para seguir, escribí una carta para mi hermana, pero no pude hacerlo. Y menos mal, a los pocos días Fede golpeó mi puerta para decirme que me amaba y que quería intentarlo de nuevo. Desde entonces nunca más nos separamos.

—¿Sentí que todo eso quedó atrás?

—Sí. Duele a veces contarlo, exteriorizarlo. Pero soy feliz y tengo todo lo que siempre soñé.

—¿Te sentís entera por vos hoy más allá de Fede?

—Sí. Por mí, por mis hijos.

—¿Qué sentís que te convirtió en esta sobreviviente que sos?

—Mi mamá. Todo se lo atribuyo a ella. Siento que cada puerta que se me abre es ella empujándola desde algún lugar. No soy lo que me pasó. Soy lo que elijo ser.

—¿Y qué elegís ser?

—La mejor mamá que pueda para mis hijos. Y seguir siendo feliz, porque hoy realmente lo soy.

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