
Javier Milei había sugerido un giro pragmático en la previa al balotaje y lo aceleró apenas convertido en presidente electo. También en velocidad, el mundo político y mediático intenta calificar de algún modo esos movimientos. “Menemismo”, asoma como la expresión más utilizada. Tiene diferentes cargas, para algunos crítica, con pretensiones ideológicas, y para otros, elogiosa. En cualquier caso, resulta una visión distorsionada sobre aquel pasado, aunque busca resumir el primer momento de este nuevo ciclo: la combinación entre el desafío de la transición y las tensiones para transformar su arrastre electoral en una real estructura de poder.
Como siempre, importan menos las declaraciones que los movimientos concretos. Y sus consecuencias. Las primeras víctimas de este proceso -los que se alejan, como Carlos Rodríguez, y las que siguen, entre ellas Carolina Píparo- se encuentran con escaso margen personal frente a la realidad poselectoral, la etapa blindada por el ascenso del ganador. Se trata de un panorama de rearmado político general, producto del sacudón que produjo el impactante número del propio triunfo: casi doce puntos por encima del oficialismo ahora en retirada.
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En ese contexto, a la vez, Milei recopila datos dramáticos sobre la situación económica y social, y sobre el cuadro del Estado. Es lo que se va reafirmando por encima de las muestras, positivas, de cierto tránsito normal para el traspaso del Gobierno. Son muchos los gestos acumulados en estos primeros días posteriores al triunfo. Quizá, después del encuentro en Olivos con Alberto Fernández -doblemente formal, por el desgaste extremo y el lugar relegado del anfitrión-, el encuentro más significativo fue el de Guillermo Francos -el más político de los que ya tienen despacho asignado, junto a Nicolás Posse- con Axel Kicillof.
El caso de Buenos Aires es crucial, primera prueba de peso. La provincia recibió fondos de manera preferencial durante esta gestión. Diciembre es un mes muy complicado, sobre todo en materia salarial y, además, en un proceso inflacionario que esmerila ingresos. Y Kicillof acumula deudas o promesas con los municipios, según enfatizan desde la oposición y no ocultan los jefes locales peronistas.
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En general, los jefes provinciales se han movido estos primeros días con cautela. Existen contactos o al menos señales cruzadas con algunos gobernadores del PJ. Tanteos, por la vía del futuro ministro del Interior, según se deja circular como parte de un juego inicial, también ineludible, con proyección en el Congreso, donde la representación pura de Milei será mínima. Los gobernadores de lo que hasta ahora ha sido la marca JxC también enviaron sus mensajes, parte de un movimiento que busca sumar a representantes de fuerzas provinciales. Sería un ámbito de negociación, con arrastre por ahora no ruidoso de demandas: son parte del estado de cosas, grave, que deja la actual gestión.
En ese terreno, siguen abiertas tensiones por una definición política relevante, amplia, que involucra a la Cámara de Diputados. Expone el tejido que intenta el nuevo oficialismo y también as pulseadas en el interior de su principal socio, al menos en esta etapa, que es el macrismo. Son dos posiciones, y dos mesas de negociación, que refieren a la necesidad de construir acuerdos de funcionamiento que permitan encarar proyectos de ley. Parece resumirse, de manera lineal, en dos nombres: Cristian Ritondo y Florencio Randazzo. Uno, articularía en el PRO y trataría de hacerlo, aunque sin alineamiento, con otros sectores de JxC. El otro apuntaría al peronismo, más allá del espacio propio, reducido, para trabajar sobre legisladores que responden a los gobernadores.
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No es el único caso que mezcla transición y disputa de espacios, en el interior de LLA y en la relación con el macrismo. El contacto de Guillermo Francos y Nicolás Posse con Aníbal Fernández alimentó versiones sobre la posibilidad de unificar Interior y Seguridad. Hubo recelos domésticos: se suponía que el área de Seguridad, al igual que Defensa, quedaría bajo supervisión de Victoria Villarruel. El acuerdo con Patricia Bullrich afectó entonces a varios, además de impactar en el interior del PRO y en la relación con Mauricio Macri.
Macri, en rigor, había reclamado centralizar las negociaciones con el presidente electo. Lo planteó incluso antes de su viaje como una necesidad ante los movimientos que se sucedían, más vinculados a secretarías y hasta direcciones. Lo de Bullrich tiene otra dimensión, que tampoco se puede asimilar al papel de Luis Caputo. La ex candidata es además autoridad partidaria. El ex funcionario no es considerado en la lógica del espacio político, sino de su juego personal, incluso por momentos difícil, con el ex presidente.
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El entramado no tiene que ver estrictamente con el acuerdo de Acassuso, aunque sí con conversaciones sobre la necesidad de ampliar el juego político como apuesta a la gobernabilidad. Eso explica los puentes con Juan Schiaretti -también, en parte, sus señales públicas antes del balotaje, especialmente críticas de Sergio Massa-, que tienen ya expresión en la administración que viene. Y se verá su alcance en el Congreso. Por lo pronto, es un dato relevante la designación del ministro cordobés Osvaldo Giordano al frente de la Anses.
Cada una de esas decisiones de Milei genera tensiones y a veces desconcierto en el interior de LLA, fuera de su círculo más estrecho. Ya había algunos recelos entre los que se consideran socios fundadores y las incorporaciones más recientes, aunque anteriores al triunfo electoral. Pero las designaciones que van asomando sacuden el tablero. Lo dicho: Píparo quedó afectada por el cambio de planes para conducir la Anses, el caso de Bullrich en Seguridad y algunas de las hipótesis sobre Defensa incomodan a la vicepresidente electa, el papel de Luis Caputo tachó a Emilio Ocampo para el Banco Central y precipitó el alejamiento de Carlos Rodríguez.
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Fueron hasta el momento los principales crujidos. Queda un puñado de días para el arranque de la gestión. Los pasos concretos en cada área -no solo el destino o los tiempos de la dolarización y otras consignas centrales de campaña- y la capacidad para ampliar la base de sustento político pondrán en juego los alcances del referido pragmatismo. La calificación del giro también queda para más adelante.
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