
“Ahora es momento de reorganizarnos. Tenemos que dar una discusión interna sobre cómo seguir después de la decisión de Cristina”. La frase pertenece a un importante sindicalista K, que aún parece estar digiriendo que la Vicepresidenta no competirá el año que viene en las elecciones. Era uno de los que creía que, de mínima, iba a ser candidata en la provincia de Buenos Aires.
La afirmación de Cristina Kirchner en su discurso posterior a la condena en la causa Vialidad descolocó a muchos dirigentes del peronismo. Esa frase corta, pero contundente, en la que anunció que no competirá por ningún cargo, fue un punto de inflexión en la vida diaria de la coalición. La confirmación oculta de que ella ya no es la que era, más allá de la épica, siempre bien alimentada por la militancia K.
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“No voy a ser candidata a nada, ni a presidenta, ni a senadora, mi nombre no va a estar en ninguna boleta”. Sorpresa y resignación. Las dos sensaciones atravesaron el peronismo. Si hay algo que distingue al espacio político fundado por el general Juan Domingo Perón es el pragmatismo y la capacidad de reinvención. Ahora se trata de barajar y dar de nuevo. Es lo que va a pasar en el oficialismo.
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El renunciamiento de la Vicepresidenta a una candidatura para el 2023 plagó de especulaciones las arterias del peronismo. ¿Quién ocupa ese lugar? ¿Qué hará La Cámpora? ¿Y los intendentes que siempre la quisieron en la boleta? ¿Seguirá teniendo la lapicera? ¿Qué oportunidad se abre para el peronismo del interior, siempre distante de los K? Dudas y más dudas. Falta claridad en este momento de repercusiones inmediatas y es normal que así sea.
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Hay algunos dirigentes que visualizan un panorama negro: la implosión del Frente de Todos. El argumento que tienen para sostenerlo es que en verdad lo que hizo CFK fue correrse a tiempo, sabiendo que es muy difícil ganar la elección del año que viene y que el 100% de inflación anual que se proyecta será una marca imborrable.
Es una mirada pesimista pero que crece desde hace tiempo en los subsuelos de la política nacional. Mucho antes de que la Vicepresidenta decidiera renunciar a cualquier tipo de candidatura. Más allá de la tensa calma de las últimas semanas, en el Frente de Todos nunca dejó de reinar la desconfianza. Las divisiones nunca desaparecieron, solo se maquillaron un poco por la unidad de las partes para sostener la guerra contra la Justicia.
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No es una mirada que predomine entre los peronistas que, en su mayoría, creen que lo que viene son tres meses de meseta. “Nadie ve que haya una resolución sobre el futuro electoral o la aparición de un candidato antes de marzo. O, tal vez, abril”, reflexionó un importante diputado nacional. Mucho ruido y pocas definiciones. Eso, entienden muchos, es lo que se avecina.
El peronismo empezó, la misma tarde en que la ex mandataria comunicó su decisión de no competir el año que viene, un proceso de reorganización interna. Varios intendentes del conurbano bonaerense se quedaron sin el ancho de espada para enfrentar una elección que ven complicada y empezaron a discutir cómo acomodarse de cara al futuro.
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Los gobernadores del PJ tienen la intención de que haya un candidato que salga de ese grupo y que imponga una mirada federal sobre el conjunto del oficialismo. El problema es que no poseen un nombre propio con peso específico que pueda enamorar a las mayorías. Ni a la gente ni a la dirigencia.
Lo que si tienen decidido es cerrar sus provincias a las influencias nacionales y armar campañas electorales marcadas por una agenda local. Provincializar los comicios, despegarse de la fecha de las elecciones nacionales y tomar distancia de la agenda del Gobierno, marcada por la alta inflación, la diferencias internas respecto a la gestión y las batallas del kirchnerismo, en especial de Cristina Kirchner, con el Poder Judicial.
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“Con esta decisión Cristina acepta pesar menos. Va a seguir siendo una opinión importante pero no es lo mismo que juegue en la boleta, a que no lo haga. Habilita un juego más participativo”, reflexionó un dirigente histórico del peronismo. La decisión de la Vicepresidenta genera, voluntaria o involuntariamente, mayor horizontalidad en el debate interno de la fuerza política.
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Cristina Kirchner va a seguir teniendo la lapicera. Eso es un hecho para la mayor parte de la dirigencia del peronismo. Aunque no sea la candidata, mantendrá en su puño una enorme dosis de poder para inclinar las decisiones en el momento del armado de listas. Nadie tiene dudas de que será así. Pese a quien le pese. Guste a quien le guste.
Existen también en el oficialismo muchas dudas sobre qué sucederá con la conducción política del Frente de Todos. Que Cristina Kirchner haya anticipado su salida de las batallas electorales, limita su potencial para dirigir el espacio político. ¿Pero si no es ella, entonces quién es?
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Alberto Fernández tampoco está en condiciones de conducir a la totalidad del frente. No hay liderazgos claros y, en consecuencia, no hay una dirección precisa. En el peronismo algunos dirigentes advierten que la única forma de cambiar ese panorama es una discusión electoral cuando lleguen las PASO. Para eso faltan 8 meses.
El debate electoral del peronismo quedó suspendido en el aire. Los que estaban seguros de que CFK no podía ser candidata porque no tenía votos para poder serlo, están más tranquilos. Creen que se bajó del barco en el momento justo, lo que permitirá que haya tiempo suficiente para discutir quién es el mejor nombre para representar al Frente de Todos en los próximos comicios.
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En el kirchnerismo, en cambio, los que esperaban que fuera candidata, sufren con la boca cerrada. No les queda otra que aceptar que el espacio político entró en un laberinto en el que tardará largo meses en encontrar una salida y que, llegado ese momento, nadie sabe en donde desembocará el final de ese entuerto.
Cristina Kirchner movió sus fichas y obligó a todo el peronismo a readecuarse a este nuevo tiempo. Ese solo movimiento expone el nivel de influencia y centralidad que tiene la Vicepresidenta. Lo que resta saber es cuál será el rol concreto en el tiempo electoral que se avecina. O si, como creen algunos, el renunciamiento histórico no es más que el principio de un nuevo operativo clamor para que la militancia la lleve a la puerta de la Casa Rosada.
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