Armando Chaguaceda viajó a México en 2008 para hacer un doctorado, pero desde 2011 recibió señales de que ya no era persona grata en la isla, por su cercanía con compatriotas que, tanto en el interior de Cuba como en el exilio, aspiran a un socialismo democrático, de rostro más humano.

Está convencido de que la calidez con la cual los cubanos recibieron al presidente estadounidense encendió luces de alarma en un régimen que se resiste a ceder las riendas del poder y abrir espacios a la participación política. La migración, una verdadera sangría de energía y talento cubanos, opera como un drenaje que baja la presión pero a un costo incalculable.

Invitado a Argentina por el CADAL (Centro para la Apertura y el Desarrollo en América Latina), para dictar conferencias sobre la situación en la isla, Chaguaceda fue entrevistado por Infobae.

—¿Qué balance hace de estos dos primeros años de deshielo en la relación entre Cuba y Estados Unidos? 

— En términos de la política exterior norteamericana, para ellos ha sido promisorio porque se han quitado el fardo de una medida unilateral, a todas luces impopular, que perdía recurrentemente en las Naciones Unidas ante el voto mayoritario de la comunidad internacional. En términos prácticos para Cuba, ha implicado, al menos en potencia, una serie de obstáculos que se han ido eliminando en términos de envíos de remesas, posibilidad de retomar contactos, en fin. En la vida del cubano de a pie y en las medidas que el gobierno cubano puede haber tomado, es mucho más modesta la repercusión. Por ejemplo, el gobierno norteamericano autorizó la comercialización directa de los pequeños empresarios cubanos hacia Estados Unidos pero el gobierno de Castro no tomó la rama de olivo y autorizó también esa comercialización, porque quiere mantener el control sobre ese sector incipiente. Entonces, en términos diplomáticos, es importante para Estados Unidos y para lo que se ha llamado el "legado de Obama", complicado ahora con Trump. En términos prácticos no ha implicado mucho; ha reestablecido vínculos diplomáticos, culturales, pero no se ha avanzado mucho más.

— Es que existe, además del bloqueo externo, que no era bloqueo en realidad sino un embargo, y además parcial puesto que excluía alimentos y medicina, un bloqueo interno; el problema básicamente es el régimen.

— Sí, incluso reconocido parcialmente por ellos mismos. O sea, cuando Fidel dice en ese rapto de sinceridad, que después trató de negar, "el modelo no nos funciona más ni a nosotros" o en las propias medidas de Raúl de los últimos ocho, diez años, medidas a contrapelo del modelo imperante durante 50 años, claro que hay un problema, dicho en términos marxistas, de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción. O sea, el modelo no funciona en términos económicos ni políticos. Y eso no ha sido fundamentalmente cambiado. Se ha avanzado en las reformas pero no hubo cambios en elementos nodales que trancan la reforma. Además, con la política de Barack Obama hubo mucho temor, sobre todo después de la visita, cuando fue muy evidente en la propaganda, en la retórica oficial, en el volver a insistir en que los estadounidenses siguen siendo los enemigos, limitar algunos cambios, en fin.

— ¿Temor porque Obama les cayó demasiado simpático a los cubanos?

— Demasiado simpático, incluso la gente salió espontáneamente a recibirlo, y el suyo fue un mensaje conciliatorio, "no somos enemigos". Se reunió con emprendedores, con pequeñas empresas, y eso generó temor. En la gran actividad en el teatro de La Habana, hubo presencia de actores independientes, no opositores, pero sí artistas. Y todo eso creó miedo. Creó miedo.

— En los países de Europa del Este, tanto tiempo sojuzgados a un régimen como el de Cuba, de pronto se abrió una rendija y el dique rebalsó. ¿Puede pasar algo así en Cuba?

— Salvo el caso polaco, que no fue una regla, sino una excepcionalidad, porque allí se mantuvieron núcleos autónomos de poder social, la iglesia, el campesinado, en los demás casos el cambio social fue anticipado por las reformas desde arriba. En Praga, antes del ahogamiento de la Primavera por los tanques soviéticos (1968) fueron Alexander Dubcek y el Partido Comunista Checo los que ampliaron la brecha entre el modelo estalinista y el socialismo con rostro humano. Lo mismo pasó con la llegada de Gorbachov en la Unión Soviética y después el mensaje de "my way", la doctrina Sinatra, cuando Moscú avisó que no intervendría más en los asuntos internos de sus países satélites. En el caso de Cuba, no hay un reformista en el gobierno más allá del propio Raúl Castro con sus tibias medidas. De hecho en los debates convocados por el Partido Comunista, aun con formatos reducidos, la gente habla, critica, y después (a las autoridades) les agarra miedo, implementan mucho menos de lo que la gente pide. Incluso en ese formato de debate controlado. Entonces, sí creo que el pueblo cubano no es una excepcionalidad como lo fue el pueblo polaco.

— ¿Puede la muerte de Fidel operar como una especie de liberación?

—Fidel tenía legitimidad para mucha gente y respeto, lo vimos en las expresiones de luto, algunas incluso sinceras, pero Fidel no era un factor de poder real; hay una estructura de poder y de control internalizada por la gente que no pasa solamente por el respeto sino por el miedo. Y ahora mismo no veo que se disuelva de manera evidente como para que la gente explote.  Lo otro es que Cuba tiene, a diferencia de aquellos países de Europa del Este, la migración. La migración es como una válvula de drenaje, por ejemplo de la juventud, que es un sector potencialmente levantisco, drenaje de las personas incómodas…

— …de los disidentes…

— …de la disidencia, de los intelectuales. Eso por el lado de las personas que pueden formar conciencia crítica. Pero para la sociedad, la migración de jóvenes, además de reducir la potencialidad de protesta, de movilización social, es un drenaje de mano de obra que el país necesita desesperadamente; se va a volver inviable económicamente en unos 25 años por envejecimiento y falta de reposición de la fuerza de trabajo.

— Dentro del aparato de Estado, ¿puede haber gente que plantee una reforma más audaz o han sido eliminados todos en sucesivas purgas?

— Bueno, hay de las dos cosas. Defenestrar a (Felipe) Pérez Roque [N. de la R: fue ministro de Exteriores hasta 2009] y sobre todo a Carlos Lage [N.de la R: Vicepresidente del Consejo de Estado hasta 2009], aun cuando yo no creo que fueran demócratas, pero seguramente tenían sentido común y se daban cuenta que cabía otra tesitura en las relaciones internacionales, implicó el aniquilamiento de una generación joven de liderazgo y reemplazo, potencialmente reformista. Ahora, lo otro es que siempre todos estos partidos tienen dentro de sí al oficialismo y a la oposición, eso lo sabemos, entonces no alzan la voz los potenciales reformistas, pero ahí están esperando el momento propicio para sacar la mano. Si alguien, en el Moscú de 1983, 1984, de Brézhnev,  Chernenko, Andrópov, hubiera preguntado dónde estaba Gorbachov, nadie hubiera podido responder. Las crónicas de la época de Brézhnev muestran un tiempo de total parálisis, temor, doble moral, un país con una gerontocracia, como Cuba, y en 6, 7 años pasó eso.

— ¿Fue sincero el duelo por Fidel? ¿Fue espontánea la manifestación?

— Fue una mezcla de todo y lo digo por testimonios de personas cercanas. Hay un componente generacional de gente que puede incluso criticar el funcionamiento del modelo pero que estuvo en los momentos iniciales de la Revolución que ya no es tal, es importante aclararlo. Sí hubo gente que lo sintió, además, tienes una presencia constante todo el tiempo, recordemos la canción de Silvio (Rodríguez), "La sonrisa perfecta". Es como un pariente, y además un pariente envejecido por el que puedes sentir hasta pena. Creo que todo eso jugó. Los que eran adherentes sinceros, ideologizados, los que de pronto sienten el vacío de un ser cercano, omnipresente, más las expresiones de duelo inducido, de movilización, en fin, más la psicología de masas. Y están los que no querían estar en ese funeral o incluso los que querían celebrar la partida y no pudieron hacerlo; entonces estamos viendo solo una parte de la película. Y a cuántos millones de personas les fue indiferente; mucha gente, sobre todo joven, que sintió: "ya, esto fue como un trámite". Y hubo gente que obviamente se alegró. Pero esa gente no sale en cámara, es decir, no en Cuba, sale en Miami, que es otro tema…

— ¿Es decir….?

— Que siento que hubo mucho teatro en las dos partes. Conozco gente que fue afectada por el régimen y decía: "mira, yo no tengo nada que celebrar porque se murió en la cama, no fue a juicio, llevo mi luto por dentro y además no quiero venganza". Hubo mucho show que me pareció de mal gusto y superficial, y que les da armas a las personas que quieren deshumanizar la diáspora, decir "son unos seres bajos". Además, conozco gente que estuvo ahí bailando, brincando, y probablemente en el verano va a ir a Cuba, y hasta hace unos meses desfilaba en La Habana. ¿Cuándo aparecieron de pronto tantos miles de anticastristas que seguramente no han dado un dólar a la oposición en Cuba? Hay, insisto, una tendencia al show, a la superficialidad, que no tiene nada que ver con la gente que sí se alegró, como la hubo en La Habana, y del otro lado un show oficial luctuoso, coreano.

— ¿Les sorprende el grado de vigencia que tiene todavía en el exterior el mito del Fidel que se planta frente al imperio poderoso? ¿El mito de los logros de la Revolución?

— Sorprende, espanta y preocupa. Porque no es una izquierda estalinista, te puedes encontrar gente de la izquierda democrática…

— No sólo de izquierda, hasta la derecha tuvo elogios para Fidel.

— Bueno, de derecha siempre hubo gente que lo admiró, recuerden que él era amigo de gente del franquismo, por ejemplo, y acá lo fue de la dictadura [N. de la R: 1976-83]. Pero incluso en la izquierda, que es el terreno en el que me muevo y me interesa, es impresionante, es gente que no viviría ahí, gente cuyos valores democráticos no les permitirían sobrevivir ahí. Pero se obnubilan ante la figura del estadista, del… qué sé yo. Lo sorprendente es que, a diferencia de los 60, ahora hay información, ahora ve el que quiere ver y no ve el que no quiere ver. Esto habría que articularlo también con los mecanismos de propaganda del Estado cubano a través de sus embajadas, los grupos solidarios con Cuba, donde se mezclan sinceramente personas que creen en eso, qué sé yo, jovencitos cuya socialización política en las universidades los lleva a rechazar las injusticias de su país. Pero es inconcebible que personas que tienen acceso a información, que viajan, consideren al modelo, al régimen y al liderazgo de Fidel como algo vital, actual y además deseable, el modelo, el régimen, el liderazgo de Fidel.

— ¿Por qué te fuiste de La Habana?

— Salí en el 2008 para hacer un doctorado. Yo era profesor de la Universidad de La Habana, de Historia de las Ideas Políticas, una época bonita en la Universidad, pero había presentado dos proyectos de un doctorado y eran temas sensibles y no se aprobaban. Por otro lado me había vinculado a grupos de jóvenes escritores, intelectuales amigos, que intentábamos pensar un socialismo diferente, más participativo y democrático. Y fueron cerrándose las posibilidades, hubo compañeros que fueron expulsados de los trabajos, recibimos amenazas por irnos a la calle a una manifestación. Yo tenía que hacer mi doctorado, en ese contexto no lo podía hacer y me fui a México. Volví en un par de ocasiones y la última vez, en 2011, me tocó un operativo en el aeropuerto muy ridículo, con requisas de cosas, después un interrogatorio por la seguridad del Estado, y la señal muy clara, con amenazas, a mí directamente y a seres queridos y familia, de que yo no tenía espacio. Todavía estuve un año tanteando posibilidades de trabajo allá con una especie de think tank independiente pero no hubo posibilidades de empleo para nada. Soy hijo único, tengo que mantener en buena medida a mis padres. Entonces ahí se me reúne la condición de migrante y la peculiar condición política de ser un intelectual crítico.

— ¿Cuáles eran esos temas de tesis que no fueron autorizados?

— El primero fue sobre el pluralismo dentro de la teoría política occidental. Pero yo quería hacerlo trabajando la figura de Marx. No pasó. El segundo era sobre la sociedad civil, más sociológico. En estos regímenes se mezcla la censura con la estupidez, porque sobre ese tema yo logré compilar un libro en Cuba, lo publiqué en Cuba, con colegas de la Academia cubana; tú lees el libro y dices "es inofensivo". Y eso mismo hubiera sido la tesis doctoral. Pero ahí se mezcló, insisto, la estupidez con la censura. Otros colegas lograron hacer sus tesis, a otros les fue peor porque los expulsaron. Quizás jugó en mi caso que en los últimos tres años de estancia en La Habana yo no era militante del Partido Comunista. Había tenido una historia de militancia que, es más, recuerdo con bastante cariño porque aprendí muchas cosas, en la Juventud, en sindicatos, pero ya estando al frente de esa cátedra renegué del Partido y eso seguramente fue, como decimos en Cuba, una marca para el tigre.