Los tomates, las papas, los choclos y las arvejas registraron aumentos de hasta 123% en un mes en los mercados peruanos, en un escenario marcado por el encarecimiento de los insumos agrícolas, las alteraciones de temperatura y la expansión de plagas que dañan los cultivos. La incidencia del fenómeno de El Niño ya se refleja en productos de consumo cotidiano y abre alertas sobre la disponibilidad de alimentos en los próximos meses.
El tomate lideró las subas, al cotizar a un valor superior al doble del registrado 30 días antes. El choclo tuvo un incremento de más de 90%, mientras que el azúcar mayorista se encareció 45%. La variación alcanzó a alimentos que forman parte de la dieta diaria y a materias primas utilizadas en aderezos, postres y otras preparaciones domésticas.
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En algunos mercados, el saco de 50 kilos de azúcar llegó a venderse a 190 soles, frente a los 110 o 120 soles de un mes atrás. El aumento impacta en hogares, comerciantes y pequeños negocios gastronómicos, que deben afrontar mayores costos para adquirir insumos básicos. La escalada también anticipa presiones sobre otros productos si se profundizan los problemas climáticos en las zonas agrícolas.
Trescientos alimentos de la dieta peruana registraron alzas
De los 560 productos que componen la dieta alimentaria peruana, 300 incrementaron sus precios, según afirmó Luis Cruz Cuadros, gerente general de la Convención Nacional del Agro Peruano (Conveagro), con base en cifras del Instituto Nacional de Estadística e Informática. Para el dirigente, los aumentos ya responden a un conjunto de problemas que afectan de forma simultánea a la producción, el transporte y la comercialización.
El alza de los combustibles trasladó mayores costos a los fletes y a los fertilizantes, cuya producción depende en buena medida de derivados del diésel. Ese encarecimiento reduce el margen de los agricultores y termina por reflejarse en los precios de los mercados. Los productores deben pagar más para movilizar sus cosechas, mantener maquinaria y comprar insumos para la siguiente campaña.
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A esa presión económica se suma la modificación de las temperaturas. Los cambios en el clima alteran el desarrollo de las plantas, reducen los rendimientos y agravan el estrés hídrico. La falta de agua limita el crecimiento de los cultivos, mientras que las temperaturas inusuales pueden favorecer enfermedades y afectar las etapas de floración, formación de frutos y cosecha.
La rancha dañó los cultivos de papa en Cañete y Huaral
En el caso de la papa, Cruz Cuadros sostuvo que el aumento de precios no se debe a una menor superficie sembrada, sino a la propagación de la rancha. Esta enfermedad puede destruir una parcela en poco tiempo si no se controla y afecta hojas, tallos y tubérculos, lo que deja a los agricultores sin productos para comercializar.
Productores de Cañete y Huaral tuvieron que usar tractores en terrenos donde las plantas ya no podían cosecharse por los daños ocasionados por la plaga. Las hortalizas enfrentaron un problema similar debido al ataque de gusanos que se alimentan de las plantas y reducen la producción destinada a los mercados locales.
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Las lluvias aisladas en los valles de la costa también perjudicaron a la cebolla, el frejol y otras menestras. En el caso de la cebolla, la presencia de agua durante la etapa de cosecha favoreció la aparición de hongos. Ese cultivo no requiere riego en ese período, por lo que las precipitaciones pueden deteriorar la calidad del producto y provocar pérdidas antes de su traslado a los centros de venta.
La sequía amenaza la oferta de papa, maíz y aceituna
El representante de Conveagro advirtió que los daños registrados corresponden a una etapa inicial y que el panorama podría agravarse si se consolidan las lluvias torrenciales en el norte y la sequía en la sierra centro y sur. Más de 600 distritos se encontraban bajo declaratoria de emergencia por déficit hídrico, una situación que compromete a regiones dependientes de las precipitaciones para iniciar y sostener sus cultivos.
La producción anual de papa suele alcanzar unos 3,7 millones de toneladas. Cruz Cuadros estimó que la sequía podría recortar 1,7 millones de toneladas, debido a que cerca del 60% de ese alimento procede de la sierra centro y sur. Una reducción de esa magnitud afectaría la oferta de uno de los productos centrales de la alimentación peruana y mantendría la presión sobre los precios.
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El maíz podría sufrir una caída de 42% en su producción, mientras que la aceituna registraría una reducción de 72%, de acuerdo con las estimaciones del gremio agrario. En Tacna, productores aceituneros observaron caída de flores por estrés hídrico. Frente a la falta de agua, las plantas eliminan hojas y flores para conservar recursos, un mecanismo que limita la futura formación de frutos.
La pérdida de flores puede afectar a frutas de consumo masivo
El mismo proceso amenaza a cultivos frutales como el mango, el limón y el arándano. Si las plantas pierden flores, disminuye la posibilidad de que formen frutos, por lo que el impacto del déficit de agua puede trasladarse a la oferta de las próximas campañas. La consecuencia no siempre es inmediata: una cosecha puede verse comprometida meses después de la etapa de floración.
El Centro Nacional de Estimación, Prevención y Reducción del Riesgo de Desastres proyectó daños en 7,8 millones de hectáreas, mientras que la superficie agrícola sembrada en el país alcanza alrededor de 8 millones de hectáreas. Algunas zonas podrían perder la totalidad de sus cultivos y otras enfrentar daños parciales que reduzcan de forma marcada los volúmenes disponibles.
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Cruz Cuadros cuestionó que las medidas se concentren en defensas ribereñas, limpieza de cauces y obras de reconstrucción, sin una respuesta específica para las pérdidas económicas de los agricultores y la seguridad alimentaria. Conveagro calcula que 2 millones de productores podrían quedar descapitalizados si pierden sus cosechas o no consiguen recursos para volver a sembrar.
La falta de reservas alimentarias agrava la alerta
La pérdida de ingresos puede impedir que numerosas familias rurales financien la siguiente campaña agrícola. En algunas zonas de Apurímac, advirtió el dirigente, los agricultores podrían consumir las semillas que habitualmente reservan para la siembra futura. Esa decisión resolvería una necesidad inmediata, aunque dejaría a las comunidades sin recursos para reanudar la producción en el siguiente ciclo.
El país tampoco cuenta con una reserva alimentaria suficiente para responder a un desastre de gran escala, según Conveagro. El Instituto Nacional de Defensa Civil dispone de presupuesto para adquirir 3 millones de toneladas de alimentos, pero ese volumen podría resultar insuficiente incluso para asistir a las personas damnificadas de manera directa en un escenario de afectación extendida.
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La situación también pone en riesgo el empleo. La agricultura y la pesca figuran entre los sectores más expuestos a los efectos climáticos y concentran una elevada informalidad laboral. En la actividad pesquera, las proyecciones citadas por el gremio estiman la posible pérdida de 200.000 puestos en la industria y 300.000 en la pesca artesanal, si las alteraciones climáticas afectan las faenas y la cadena de comercialización.
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