Cada 2 de julio, el nombre de Pedro Paulet Mostajo vuelve a aparecer en homenajes, publicaciones y ceremonias vinculadas a la ciencia peruana. El arequipeño, nacido en 1874, es recordado como uno de los grandes precursores de la astronáutica mundial y como una de las figuras peruanas que anticipó desarrollos vinculados a la propulsión espacial.
Pero reducirlo solo al “peruano que soñó con los cohetes” deja fuera una parte importante de su historia. Paulet no pensaba la ciencia como una curiosidad aislada ni como una hazaña individual. Su mirada apuntaba a algo más ambicioso: convertir el conocimiento técnico en una herramienta de modernización para el país.
A 152 años de su nacimiento, esa dimensión de su legado sigue siendo menos citada que sus vínculos con la historia de la astronáutica. Y, sin embargo, puede ser la más actual para un Perú que continúa debatiendo cómo generar valor más allá de la exportación de materias primas.
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Más que un pionero de la astronáutica
Pedro Paulet fue ingeniero, científico, diplomático e inventor. Durante su formación en Europa desarrolló investigaciones vinculadas a la propulsión y al diseño de naves, entre ellas el llamado “Avión Torpedo”, proyecto que ha sido asociado con los primeros antecedentes de la aeronavegación a propulsión. La Biblioteca Nacional del Perú lo reconoce como precursor de la astronáutica mundial y de la investigación aeroespacial.
Ese es el costado más conocido de su biografía. Sin embargo, para el físico nuclear Rolando Páucar Jáuregui, expresidente del Instituto Peruano de Energía Nuclear (IPEN), Paulet debe ser leído también como un pensador de la industrialización.
“Paulet no solo soñaba con llegar al espacio, sino que soñaba con un Perú moderno a través de la ciencia. Hay un episodio de su vida, mucho menos citado que el motor cohete, que lo demuestra”, sostiene Páucar.
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Ese episodio ocurrió en 1905, cuando Paulet volvió al Perú por encargo del presidente José Pardo para dirigir la recién creada Escuela Nacional de Artes y Oficios, hoy vinculada al Instituto José Pardo. No se trataba de una designación decorativa. Paulet participó en la contratación de profesores, la definición del plan de estudios y la incorporación de equipamiento europeo para formar técnicos en un país que necesitaba capacidades productivas.
“El día de la inauguración, el 24 de setiembre de 1905, dijo algo que resume su pensamiento mejor que cualquier biografía: la escuela técnica era la escuela del obrero, símbolo del productor humano. No hablaba de cohetes. Hablaba de capital humano, cien años antes de que ese término existiera en el vocabulario de la política pública”, señala Páucar.
El país que exporta recursos e importa conocimiento
La discusión que abre Paulet no pertenece solo al pasado. El Perú sigue siendo una economía marcada por la exportación de recursos naturales y por una débil articulación entre ciencia, industria y Estado. Se exportan minerales, pero gran parte del valor agregado asociado a su transformación tecnológica se genera fuera del país.
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Para Páucar, esa brecha revela una deuda estructural. “Durante más de un siglo se ha debatido cómo repartir la riqueza que generan los recursos naturales. Mucho menos se ha discutido cómo generar riqueza a partir del conocimiento”, sostiene.
El contraste con otros países es inevitable. Economías como Corea del Sur, Finlandia o Israel, con menos recursos naturales que el Perú en distintos momentos de su historia reciente, apostaron por la ciencia, la innovación y la tecnología como política de Estado. Hoy compiten en sectores de alto valor agregado, mientras que el Perú todavía busca cómo conectar sus capacidades científicas con una estrategia productiva de largo plazo.
Ciencia como infraestructura productiva
La idea de ciencia aplicada no es abstracta. En diciembre de 2025, el Ministerio de Energía y Minas informó la repotenciación del reactor nuclear RP-10, ubicado en el Centro Nuclear de Huarangal, de 4 a 10 MW. Según el sector, el avance permitirá ampliar capacidades de investigación, producción de radiofármacos y servicios especializados de irradiación de neutrones para áreas como salud, industria, minería y seguridad.
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Para Páucar, esa experiencia muestra que la infraestructura científica no debe ser entendida únicamente como gasto público, sino como inversión productiva.
“Durante mi gestión al frente del IPEN confirmé algo que pocas veces entra en el debate público: la infraestructura científica no es gasto, es inversión productiva. El reactor RP-10 no solo produce neutrones para investigación; produce insumos para la medicina nuclear, brinda soporte técnico para la industria y entrena especialistas”, afirma.
A partir de esa experiencia, el especialista plantea el concepto de “economía de los neutrones”: la idea de que el conocimiento generado a partir de infraestructura científica —un reactor, un acelerador, un laboratorio— puede convertirse en una materia prima estratégica.
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“Es la única materia prima cuyo valor crece cuantas más personas le dan uso para la sociedad y para la economía”, sostiene.
El homenaje pendiente
El nombre de Pedro Paulet suele regresar cada año ligado a la carrera espacial, los motores cohete y las referencias internacionales a sus aportes. Ese reconocimiento es válido, pero incompleto.
Su legado también obliga a mirar una pregunta incómoda: por qué un país capaz de producir científicos e ingenieros de alto nivel no ha logrado convertir esa capacidad en una política sostenida de industrialización.
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“El mejor homenaje a Paulet no es repetir cada 2 de julio lo que inspiró al Apolo 11. Es recuperar la parte de su proyecto que el país dejó inconclusa: convertir la ciencia en política de Estado, fortalecer los institutos tecnológicos y ligar la investigación aplicada a la industria nacional”, señala Páucar.
La historia ya respondió si Paulet estaba adelantado a su tiempo. La pregunta que queda abierta es otra: cuánto tiempo más tomará convertir esa visión en una estrategia nacional de desarrollo basada en ciencia, tecnología e industria.