En la historia del fútbol peruano hay partidos que se recuerdan por el resultado y otros que sobreviven como leyenda. El Perú-Austria de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 pertenece a esa segunda categoría: una victoria nacional por 4-2, tres goles anulados, una orden de repetición del encuentro y una delegación que decidió abandonar el torneo en protesta. En el centro de ese relato aparece Alejandro “Manguera” Villanueva, el delantero aliancista que, con un gol en el minuto 81, ayudó a convertir aquel partido en uno de los episodios más recordados del deporte peruano.
Nacido en Lima el 4 de junio de 1908, Carlos Alejandro Villanueva Martínez fue mucho más que un delantero de Alianza Lima. Jugó 16 años ininterrumpidos por el club, anotó 71 goles en 99 partidos y se convirtió en uno de los símbolos fundacionales de la identidad aliancista y del fútbol peruano. A 118 años de su nacimiento, su nombre sigue unido al “Rodillo Negro”, la chalaca y aquella tarde en Berlín que la memoria popular convirtió en una afrenta deportiva al régimen nazi.
Villanueva creció en el barrio del Rímac y trabajó como ayudante de albañil tras la muerte de su padre. Llegó a Alianza Lima en 1927, con apenas 18 años, para reemplazar al goleador Guillermo Rivero. Debutó en primera división el 22 de mayo de ese año y marcó tres goles en una victoria que le dio al club el campeonato nacional. Su físico —1,98 metros de estatura, delgado y elástico— le valió el apodo de “Manguera”.
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La chalaca fue su marca personal. Cuando la ejecutó por primera vez en 1928, los limeños creyeron que la había inventado y la llamaron “tiro caracol”. Con el tiempo, el nombre cambió a “chalaca” y el origen se disputó con el Callao, pero la figura de Villanueva quedó unida para siempre a ese gesto técnico. Él mismo la perfeccionó con una variante propia que los cronistas bautizaron como la “Alejandrina”. Sus jugadas, además, inspiraron valses y polcas de compositores como Felipe Pinglo Alva.
El Rodillo Negro y la era dorada de Alianza Lima
Villanueva fue el eje del llamado “Rodillo Negro”, la generación aliancista que entre 1927 y 1937 conquistó cinco títulos y cuatro subtítulos en el campeonato peruano. Aquel equipo sostuvo una racha de tres años y medio sin perder en partidos oficiales y acumuló 26 victorias consecutivas, una marca que alimentó el mito de una delantera capaz de arrasar con sus rivales.
Durante ese período, Alianza Lima promedió cuatro goles por partido durante dos temporadas. Villanueva fue goleador del torneo nacional en 1928 y 1931, y se consolidó como una figura distinta para su época: no solo definía jugadas, también las inventaba. En un fútbol todavía marcado por la fuerza física y la improvisación, su estilo mezclaba potencia, técnica y una teatralidad que conectaba con las tribunas.
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La línea delantera de ese equipo —integrada también por Jorge “Koochoi” Sarmiento, Alberto Montellano y José María Lavalle— se convirtió en referencia del fútbol sudamericano. En 1935, durante una gira por Chile, Alianza anotó 17 goles en siete partidos y venció a clubes como Colo-Colo, Audax Italiano y Santiago Wanderers. Ese recorrido terminó de consolidar el apodo con el que ya se le conocía en Lima: el “Rodillo Negro”.
Berlín 1936: el partido que quedó como leyenda peruana
Con la selección peruana, Villanueva disputó 11 partidos oficiales y anotó seis goles. Participó en la Copa Mundial de 1930, en Uruguay, y en tres ediciones de la Copa América: 1927, 1935 y 1937. Sin embargo, su actuación más recordada con la camiseta nacional llegó en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, donde Perú firmó una campaña que trascendió lo deportivo.
El 6 de agosto, ante Finlandia, la selección peruana ganó 7-3 con cinco goles de Teodoro “Lolo” Fernández y dos de Villanueva. Dos días después, el 8 de agosto, enfrentó a Austria en un partido que entró en la memoria del fútbol peruano. Perú se fue al descanso perdiendo 2-0, pero reaccionó en los últimos minutos del tiempo reglamentario. Villanueva empató el marcador en el minuto 81 y forzó el alargue.
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En el tiempo suplementario, según las crónicas de la época, el árbitro noruego Thoralf Kristiansen anuló tres goles peruanos. Aun así, Fernández y Villanueva sellaron el 4-2 definitivo. Perú había conseguido el pase a semifinales, pero esa misma noche la FIFA y el Comité Olímpico Internacional ordenaron repetir el partido tras reclamos de la delegación austriaca.
El episodio quedó envuelto en controversia y alimentó una de las leyendas más repetidas del deporte peruano. El escritor uruguayo Eduardo Galeano lo narró como una victoria que incomodó al régimen nazi: “Hitler estaba frente al palco. Perú ganó 4-2 a pesar de que el árbitro, para quitarle disgustos al Führer, anuló tres goles peruanos”. La delegación nacional no aceptó jugar nuevamente y abandonó la competencia en protesta, con el respaldo del presidente Óscar R. Benavides.
El estadio que lleva su nombre
Villanueva se retiró en 1943, un año antes de su muerte. También fue entrenador de Alianza Lima al final de su carrera, como si su vínculo con el club no pudiera cerrarse solo desde la cancha. Para entonces, su nombre ya estaba instalado en la memoria íntima del fútbol peruano: el delantero alto y elástico, el de la chalaca, el del “Rodillo Negro”, el que hacía del gol una forma de espectáculo.
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En 2000, Alianza Lima renombró su estadio de La Victoria como Estadio Alejandro Villanueva, conocido popularmente como Matute. Fue el homenaje más visible para un futbolista que, décadas después de su muerte, sigue representando una época en la que el fútbol peruano empezó a construir una identidad propia: popular, técnica, barrial y profundamente ligada a la imaginación de sus hinchas.
“Manguera” Villanueva no dejó una colección abundante de videos ni una carrera medida con las estadísticas de la era moderna. Dejó algo más difícil de cuantificar: una forma de ser recordado. En la historia de Alianza Lima y de la selección peruana, su nombre permanece como uno de los primeros grandes mitos de un fútbol que aprendió a narrarse a través de sus ídolos.