A primera vista, los disparos contra un concesionario de vehículos en Colombia parecen un episodio aislado dentro del mapa delictivo de la región. Sin embargo, detrás de ese ataque se esconde un método que el Tren de Aragua replica en distintos países, incluido Perú. El patrón se repite: amenazas directas, cobros ilegales y un mensaje de dominio dirigido a quienes sostienen economías formales o informales en barrios urbanos.
En el Perú, las autoridades siguen con atención la expansión de esta organización transnacional. La experiencia registrada en Colombia sirve como advertencia para entender la lógica de operación que el grupo aplica al cruzar fronteras. Los investigadores peruanos analizan cómo estos delincuentes trasladan estructuras, jerarquías y prácticas de violencia con rapidez, buscando alianzas locales y zonas con débil control estatal.
El informe de Latina que expone estos hechos permite observar, con detalle, el lenguaje y las acciones del grupo. Las amenazas no solo circulan por panfletos o mensajes escritos, también llegan mediante videollamadas que buscan intimidar y someter. En una de ellas, un presunto integrante advierte: “Si no busca maneras de comunicarte conmigo lo más antes posible, te incomodaré a cada uno de tus trabajadores o dejará existir tu negocio”.
Este tipo de mensajes preocupa a las fuerzas de seguridad peruanas, que reconocen similitudes con denuncias recientes de comerciantes y trabajadoras sexuales en ciudades del norte y centro del país. El Tren de Aragua, según fuentes policiales, aprovecha la tecnología para ampliar su radio de acción y reforzar el control del miedo.
Un método que cruza fronteras
El ataque al concesionario de vehículos marcó el inicio visible de la incursión del grupo en Yopal, Casanare. Según el reporte policial, los responsables exigían pagos ilegales que el dueño del negocio rechazó. Para la policía, se trató de “el intento de ese grupo delincuencial de actuar en esa ciudad”.
Las siglas OFDY aparecieron entonces en panfletos y mensajes. La policía explicó que correspondían a la llamada Oficina Federal de Yopal, nombre que los miembros del Tren de Aragua utilizaron para sembrar temor. Detrás de esa fachada figuraba alias Mamadeo, a quien los investigadores identificaron como coordinador delincuencial bajo órdenes directas de alias Niño Guerrero.
Un agente describió el plan criminal con claridad: “Era una buena plaza para realizar diferentes tipos de delitos en la cartera que tendría el Tren de Aragua, como sería la extorsión, el hurto a vehículos, el sicariato, hurto a personas, hurto a residencias, tráfico, fabricación o porte de estupefacientes”. Este mismo esquema, advierten fuentes peruanas, se detecta en zonas donde la banda busca instalarse.
Alias Mamadeo llegó a Yopal junto con otros integrantes, entre ellos alias Mortadela. De acuerdo con la policía, ingresaron como supuestos habitantes de calle y consumidores de drogas para infiltrarse en bandas locales. Luego eliminaron a los jefes de expendios ilegales.
Una grabación telefónica respalda esa versión. En ella, uno de los implicados comenta: “Bueno, aquí estamos es coordinando para ver qué es lo que sale. O sea, hacemos una masacre en esta vaina”. Meses después, dos homicidios confirmaron la violencia del grupo. Alias Mortadela relató uno de esos hechos en una conversación privada: “El tipo se quedó mirando y yo me quedé mirando también”.
Un investigador señaló que, en menos de un año, al menos diez personas murieron bajo tortura y asesinato. “Se desahorría más o menos de diez personas. En su momento eran jefes de zona de la venta y comercialización de estupefaciente”, precisó. El miedo redujo las denuncias, según la misma fuente, debido al riesgo de represalias extremas.
Extorsión y financiamiento criminal
Con el control del microtráfico, el grupo avanzó hacia la extorsión. Trabajadoras sexuales y dueños de bares recibieron citaciones bajo amenaza. Una de las víctimas contó: “Semanalmente me pedían quinientos mil pesos. Había gente a la que le pedían ochocientos, setecientos. A uno lo amenazaban que le iban a matar a la mujer, los hijos”.
Las videollamadas se convirtieron en un instrumento central de intimidación. En varias de ellas, los delincuentes exhibían lenguaje violento y humillante para reforzar el sometimiento. Este método también figura en investigaciones abiertas en Perú, donde comerciantes denunciaron presiones similares con montos semanales y advertencias contra familiares.
La captura de alias Mortadela y alias Johana permitió conocer la estructura financiera del grupo. Un agente detalló que incautaron “nueve celulares que eran usados para hacer transferencias de dineros por la aplicación de Nequi y varias libretas de anotaciones”, con registros de hasta diecisiete millones de pesos quincenales destinados al pago de sicarios.
Por su nivel de violencia, alias Mamadeo se convirtió en objetivo prioritario. Un funcionario anunció: “Vamos a empezar con una recompensa de ciento veinte millones de pesos para uno de los cabecillas de este grupo, alias Mamadeo”. Ante esa presión, el delincuente escapó hacia Perú, donde buscó respaldo de la red del Tren de Aragua.
Meses después, investigadores de Interpol en Perú lograron su captura. Un vocero policial informó: “Este criminal, alias Mamadeo, está entregando información de sus colaboradores”. Las autoridades peruanas consideran este caso clave para anticipar nuevos movimientos del grupo en su territorio.
La policía mantiene alerta máxima. Los organismos de inteligencia advierten sobre la posible llegada de más integrantes del Tren de Aragua al Perú, con la intención de replicar un modelo delictivo que combina violencia directa, control económico y uso intensivo de tecnología para imponer silencio.