Perú: La incapacidad del gobierno y el poder de las mafias vienen gestando hoy un estado paralelo

La minería ilegal, el narcotráfico y las economías informales gestan hoy un poder paralelo que opera con impunidad, alimentado por la corrupción y la incapacidad del Estado. Mientras tanto, el contrato social entre los ciudadanos y el gobierno se debilita cada día más

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La inseguridad ciudadana afecta a todos los niveles socioeconómicos. (Foto: Andina)

El Perú atraviesa una de las peores crisis de gobernabilidad de las últimas décadas. La administración de Dina Boluarte no solo está marcada por escándalos de corrupción, como el encubrimiento en la fuga de Vladimir Cerrón y Nicanor Boluarte, sino también por su incapacidad para garantizar seguridad a los ciudadanos. A esto se suma el poder de las economías ilegales, la minería ilegal y el narcotráfico, que fortalecen un estado paralelo donde el sicariato, la extorsión y la violencia se convierten en herramientas de control. Por si fuera poco, la reciente revelación de que Boluarte se sometió a cirugías plásticas y dejó el cargo durante su recuperación ha aumentado la percepción de desconexión con las necesidades del país y su población.

La minería ilegal genera alrededor de 3 mil millones de dólares anuales en el Perú, cifra que supera la contribución de muchas actividades legales. Este dinero no solo alimenta redes de corrupción, sino que también fortalece mafias que controlan zonas enteras del país, especialmente en regiones como Madre de Dios y Puno. Estas organizaciones han construido sistemas paralelos de poder, financiando campañas políticas y comprando la lealtad de autoridades locales y policiales.

Por su parte, el narcotráfico sigue siendo uno de los mayores desafíos para el Estado. El Perú, como segundo productor mundial de cocaína, enfrenta una realidad en la que el dinero del narcotráfico permea instituciones clave y debilita los esfuerzos de fiscalización. La combinación de ambas economías ilegales crea un círculo vicioso que impide el desarrollo y consolida un modelo de dependencia económica y social basado en la ilegalidad.

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El sicariato y la extorsión, financiados en parte por estas economías ilegales, han alcanzado niveles alarmantes. Pequeños y medianos empresarios deben pagar cuotas para evitar ataques o proteger sus negocios, mientras que la población vive atemorizada por la violencia que se desata en las calles. En regiones como Trujillo y Lima, estas dinámicas se han vuelto parte de la cotidianidad, revelando la incapacidad del gobierno para garantizar la seguridad básica de sus ciudadanos.

La crisis de liderazgo de Dina Boluarte ha alcanzado nuevas dimensiones tras conocerse que se sometió a cirugías plásticas durante su gestión como presidenta. Su ausencia en el cargo durante el periodo de recuperación fue percibida como una muestra más de su desconexión con las urgencias del país. Mientras el Perú enfrenta una crisis de inseguridad y violencia, la mandataria parecía enfocada en temas personales, lo que aumentó las críticas sobre su falta de compromiso y prioridad por los problemas de la población.

El contrato social, que establece la relación entre los ciudadanos y el Estado para garantizar derechos fundamentales como la seguridad y la justicia, se encuentra quebrado. La falta de acción por parte del gobierno de Dina Boluarte no solo refuerza la percepción de un Estado ausente, sino que también empuja a los ciudadanos a buscar alternativas fuera de la ley para protegerse o prosperar. Esto estaría derivando lamentablemente en la consolidación de un poder paralelo que amenaza con suplantar las funciones del Estado.

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El Perú enfrenta un peligroso escenario donde la inoperancia del gobierno y la influencia de economías ilegales gestan un estado paralelo que opera con total impunidad. Mientras el Ejecutivo sigue sumido en escándalos, contradicciones y gestos desconectados de la realidad nacional, el poder de las mafias y la corrupción crece. El país necesita urgentemente un liderazgo capaz de enfrentar estas amenazas con firmeza y transparencia, antes de que este estado paralelo termine por devorar lo poco que queda del sistema institucional.