
El 8 de agosto de 1990, los peruanos vivieron uno de los momentos más turbulentos de su historia económica reciente. La inflación galopante y la incertidumbre marcaban el día a día, y la promesa de estabilidad parecía un sueño lejano.
Fue en este contexto que el entonces presidente Alberto Fujimori, a poco más de una semana de asumir el poder, dio un giro inesperado que quedaría grabado en la memoria colectiva del país: el “fujishock”.
En su campaña electoral, Fujimori había asegurado que no recurriría a un ajuste drástico de precios, diferenciándose de su oponente Mario Vargas Llosa y su partido, Fredemo (Frente Democrático), que abogaban por un “shock” económico.
Sin embargo, al tomar las riendas del gobierno, y rompiendo la promesa que hizo en campaña, Fujimori anunció un cambio radical en la política económica del país. La realidad económica no dejaba espacio para titubeos, y la pesadilla llegó en un abrir y cerrar de ojos.
Las malas nuevas

El encargado de anunciar las medidas fue Juan Carlos Hurtado Miller, entonces ministro de Economía y Finanzas. Con un tono grave, informó al país sobre los drásticos aumentos de precios que estaban por venir. “Que Dios nos ayude”, concluyó, una frase que resonaría en los hogares peruanos como un eco de desesperanza.
Así fue como muchos peruanos veían azúcar en las tiendas y podían comprarla. Hasta que se hizo una práctica común el endulzar las comidas, los postres y las bebidas caseras con los famosos caramelos de limón. De igual manera, otros acusaron al presidente Fujimori de ser un deshonesto al prometer una cosa y luego hacer otra.
La única manera de sanar

En una entrevista en 2015, Hurtado Miller reflexionó sobre aquel momento crucial. Describió la inflación como un “cáncer” para la economía, una enfermedad que solo podía curarse de manera radical. “El abismo hay que saltarlo de un solo salto”, afirmó, justificando las medidas extremas como la única solución viable.
Además, Fujimori había consultado con altos ejecutivos del Fondo Monetario Internacional (FMI), quienes respaldaron la decisión del shock como una opción necesaria. En ese contexto, Japón donó un millón de dólares para ayudar a enfrentar la hiperinflación.
El también llamado “paquetazo” también incluyó controles de precios por parte del gobierno, intentando evitar que los ciudadanos quedaran desprovistos de alimentos básicos. Sin embargo, esta intervención estatal generó un déficit fiscal significativo y desincentivó la producción local, exacerbando la escasez de productos.
Fríamente calculado

La frase “Que Dios nos ayude” no fue un exabrupto, sino parte de un mensaje cuidadosamente planeado por los asesores de Fujimori y la jerarquía eclesiástica, buscando preparar al país para el impacto inminente.
El legado del “fujishock” es un recordatorio de los desafíos que enfrenta cualquier nación en tiempos de crisis económica. Las decisiones de aquel agosto de 1990 siguen siendo objeto de debate y reflexión, marcando un capítulo oscuro, pero crucial en la historia del Perú de cara a lo que fue en el siglo XXI.
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