La presidenta Dina Boluarte estuvo a 5.662 km de distancia del Perú y a muchos otros miles de su realidad. Desde Estados Unidos, ha dicho al mundo que el nuestro es un país en calma y paz obviando sus fallidos intentos por restablecer (si alguna vez existió) la seguridad ciudadana y las decenas de peruanos asesinados durante los primeros días de su gobierno. El suyo ya no es un problema de imagen o comunicación política, sino de humanidad.
Aterroriza pensar que las palabras de la jefa de Estado esconden cierta satisfacción por haberse deshecho de quienes la criticaban, como si la muerte de 49 civiles hubiera sido el precio a pagar para que su tiempo en el poder se prolongue. Hoy nadie puede negar que entre los manifestantes hubieron personas que incitaron a la violencia, pero tampoco se puede esquivar la mirada frente a las grabaciones que registraron el accionar de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional del Perú (PNP).
Por su parte, Dina Boluarte ha preferido recordar el impacto económico que generaron las protestas de finales de 2022 e inicios de 2023. La presidenta de la República, la primera mujer en asumir el máximo cargo político en el Perú y la candidata que apenas dos años antes denunciaba el olvido histórico del pueblo más humilde, prefiere ver números antes que vidas, cifras antes que personas.
No perdamos el tiempo diciendo que la “derechización” de Boluarte la ha desconectado de la ciudadanía, ni mucho menos señalando que sus raíces de izquierda son el motivo por el cual su gestión es un fracaso. La izquierda y derecha peruana son igual de insensibles que la presidenta. Basta ver el Congreso de la República en pleno o repasar sentencias del Poder Judicial para confirmar que las decisiones se toman de espaldas al país.
La falta de sensibilidad de nuestros políticos es la misma que alimentamos día a día en las calles. Está reflejado en esa tendencia a abrazar cualquier propuesta radical con tal de desaparecer el “problema” que tenemos frente a nosotros, ya sea un vendedor ambulante, un migrante, una trabajadora sexual o hasta un delincuente o asesino. Aniquilar lo que nos incomoda o aterra es el camino que preferimos antes de hurgar en los aspectos menos visibles y más cruciales.
No está en nuestras manos señalar cuál será el futuro político o judicial de Dina Boluarte, pero sus palabras y acciones sí nos ofrecen una idea clara de cómo sería recordada. Aparece así una mandataria nacida de la crisis, manchada por un gobierno del que formó parte y prefiere olvidar, salpicada por la sangre de sus compatriotas y mareada por sus intentos de mostrar al mundo la idea de un país más cercano a la ficción que a la realidad.
En esta breve historia de 202 años, la crisis protagoniza cada uno de nuestros capítulos. Quien nos esté leyendo ha de estar desesperado por que le cuenten otra historia y ansioso por toparse con un giro en la trama. Quizás la única esperanza de ese lector es que empiece a escribir fan fiction.