
Era 2012 y era marzo, el mes de su cumpleaños. Mario Vargas Llosa había vuelto a Piura, la ciudad del norte peruano donde pasó parte de su infancia, pero sobre todo donde vio, por primera vez, a ese hombre que creía muerto ―su padre—. Lo acompañaba su exesposa, Patricia, y el cineasta Luis Llosa, su primo.
La invitación para un homenaje, dos años después del Nobel, había sido cursada por la Universidad Nacional de Piura. Se sumó a los honores el Gobierno Regional con una ceremonia en la plazuela Merino, justo al lado de una casona que fue claustro de sacerdotes, un cuartel y, en el siglo XX, el colegio donde el nuevo miembro de la Academia Francesa cursó el quinto de secundaria.
Avanzó, él solo, hasta otra puerta que abría paso a un patio no acondicionado para la noche. Era un ambiente con piedras, bolsas, basura y polvo. “Puertas caídas, otras colgando, sin ventanas. Telarañas, una que otra rata perdida de su escondite. El segundo piso, sin balcón”, escribió Richard Chávez, miembro fundador del Instituto Mario Vargas Llosa y testigo de la escena.
La única fotografía del Nobel en ese ambiente aislado fue lanzada desde su cámara.

“En ese tiempo, el colegio era un meadero y olía demasiado feo. A cualquiera le afectaba —recuerda Chávez, once años después—. Vargas Llosa frunció el ceño, como asqueado. Luego se detuvo a mi lado y dijo: ‘quiero ver allá'. La seguridad dio paso. No entramos más de seis personas, algunas del Gobierno regional. Estaba oscuro, no recuerdo con qué alumbraron”.
Entonces, se produjo un diálogo que Chávez registró en audio y video. Tiene al menos tres copias de esos archivos.
— Recuerdo mucho que aquí se daban las clases de teatro— dijo Vargas Llosa.
— ¿Dónde?
— Ahí— señaló el segundo piso. —Me acuerdo que hicimos una velada para conseguir fondos para el viaje de la promoción. Sí, sí, aquí quedaba el teatro, qué bonito.

— Pensamos hacer aquí un centro cultural que llevará su nombre.
— Hay mucho por hacer.
— Sí, ya estamos viendo todo eso.
— Hay mucho trabajo, eh— repitió.
— Justo vamos a incluirlo en…
— A ver si se ponen manos a la obra.
Más tarde, el Nobel rompería un cantarito y los periodistas le pedirían posar para más fotos. “Pero en un momento él ya no aceptó, y le dijo a su ayudante que se retiraba —recuerda Chávez, escritor y fotógrafo—. Le dijo a Patricia: ‘vámonos, vámonos’. Se pensaba que el evento iba a durar más. Estaba incómodo, al menos yo lo noté así”.
Manuel Rosas, expresidente del Patronato de Cultura de Piura, ofició el discurso de orden aquella noche. “No recuerdo que Vargas Llosa haya dicho algo incómodo o que haya estado molesto —dice—; en todo caso, me parece que era consciente que iban a iniciar los trabajos y que su presencia, justamente, era para poner la primera piedra”.

Para el abogado y escritor Luis Vásquez, dueño de una vasta colección de primeras ediciones de MVLL, ese evento fue una afrenta. “Justo por esa época, él iba a donar algunos de sus libros a Piura. Cuando ganó el Nobel, miró los rascacielos de Manhattan y pensó en Piura —remarca—. La mencionó en su discurso. Al final, sus libros tan preciados nunca llegaron, esa es la prueba de que sucedió el maltrato”.
“La guadaña del tiempo se ha llevado no solo a todos mis profesores del Colegio San Miguel de Piura, sino también a mis compañeros de clase —anotó Vargas Llosa en su columna ‘Piedra de toque’, días después de esa visita—. (...) Este se halla aún en pie, con sus aulas de techos altísimos, sus patios centenarios, su teatrín colonial, y hay esperanzas de que se convierta en un gran centro de cultura”.
Pero más de una década después, el proyecto no ha abierto sus puertas. Esa casona en ruinas también dejó estupefacto al británico Gerald Martin, biógrafo de Gabriel García Márquez y autor de lo que será la biografía de MVLL, cuando recorrió Piura a inicios de 2013. Para entonces, las cosas no habían cambiado mucho: la basura y el polvo del olvido seguían ahí.

“Siempre supe que tenía que venir a Piura —dijo Martin a Lucas Jiménez, cronista de diario El Tiempo—. El efecto es mucho más fuerte que Lima, incluso, por los impactos tan dramáticos que tuvo en su niñez. Para mí esto es hoy la tierra prometida, pero para él fue el infierno. Habría que preguntarle a Mario si fue una catástrofe haber conocido a su padre, porque si no era así, probablemente no sería premio Nobel, no habría escrito tantas obras”.
La refacción del excolegio donde estudió el nuevo “inmortal” —el escolar que sacó 16 en Literatura y 11 en Educación Física— ha recaído sin éxito en tres administraciones: la de Javier Atkins (2011-2014), la de Reynaldo Hilbck (2015 y 2018) y la de Servando García (2019-2022). Sin embargo, a dos semanas de que MVLL ingrese a la Academia Francesa, el gobernador Luis Neyra ha vuelto a abrir la puerta a la prometida remodelación.
Enterado de la noticia, el expresidente del Patronato de Cultura, Manuel Rosas, escribió un mail que el Nobel replicó escuetamente: “Ese es el mensaje que aparece en la página del Gobierno regional —cuenta Rosas—. Dice que sueña con poder visitarlo cuando esté rejuvenecido. Y tengo la palabra empeñada del gobernador que así será”.
Hasta aquí llega la primera historia de ese verano de 2012. En todo caso, la prensa y la afición devota seguían a Vargas Llosa por todas partes, aunque él parecía tener en mente otro objetivo.

Visita al último cumananero
El miércoles 7 de marzo de 2012, un auto negro se estacionó frente a la casa de Fernando Barranzuela, el último exponente de la cumanana en Yapatera, el pueblo negro más grande del Perú. Junto con el tondero, esa composición poética e improvisada —en cuartetas o décimas— es una herencia africana y parte clave de la identidad regional.
‘El Negro’ era su impulsor más representativo, con líneas pícaras, siempre festivas. Su celular timbró al mediodía.
—¿Aló, con Fernando Barranzuela?
—Sí, ¿quién habla?— replicó, incapaz de reconocer la voz.
—Soy Mario Vargas Llosa.
No hizo pausa. No impuso ironía. Pudo haberle respondido:
—¡Deja de joder, huevón de mierda…!

O:
—¡Habla bien, mierda!
O:
—¡Cómo vas a ser Vargas Llosa, conchatumadre!
Cuando contaba ese episodio, Barranzuela empleaba esas tres respuestas. Roberto Saavedra, periodista radicado en Chulucanas, tomó la única postal nítida que existe de ese encuentro que no tardó más de dos horas. “‘El Negro’ era así, pícaro, avezado, campechano. Es verdad que lo resondró”, dice Saavedra al otro lado del teléfono.
“Las letras son por lo general de afiebrado contenido sexual y, como suele ser frecuente en la poesía popular, rezuman machismo, racismo y chauvinismo. (Desafío: “Me puse a lavar un negro/ a ver si se desteñía;/ cuanto más lo jabonaba/ más negro se me ponía”./ Réplica: “Yo también bañé a un blanquito/ a ver qué cosa decía;/ le metí un dedo al potito/ y el maricón se movía”)”, escribió Vargas Llosa en su columna quincenal.

Hasta la casa de Barranzuela llegué un día de 2013 junto con Richard Chávez, miembro fundador del Instituto MVLL. Su número estaba escrito, con letras gigantes, en la fachada. Por entonces había lanzado su segundo y último libro, ‘Cadenas Rotas’.
Enfundado en una camisa blanca y pantalón blanco, al igual que su sombrero, tomaba café y fumaba bajo un sol atroz. Después escupió a la tierra yerma.
“Vargas Llosa vino por la cumanana y la cumanana soy yo”, dijo.
“¿Para qué vuelven a preguntar? Todo lo que quieren saber, está escrito en mis libros”, dijo.
“Gentes como Vargas Llosa y como yo nacen cada cien años”, dijo también.
Era un roble soberbio. En febrero de 2017, con 83 años, el poeta de la picardía iba a morir diagnosticado con Parkinson y diabetes.
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