Ilustración Verónica Palmieri/ Para Ti
Ilustración Verónica Palmieri/ Para Ti

BAÑO DE TRAJES
por QUENA STRAUSS, periodista

Cuando era chica, pero muy chica, mi sueño era usar bikini. ¡Como las que se ponían las chicas allá por los setenta! Y así sigo, cuatro décadas después, esperando que me crezcan las pechugas y sospechando que no lo harán. Sin embargo, usé toda clase de bikinis desde chica, de todos los tamaños, estampados y cortes. Siempre abjuré de las mallas enterizas. Me parecían de "señora casada", tal vez porque mi mamá tenía varias (con estampado de estrellas de mar, de esponjas, de flores) y las combinaba con unas espantosas gorras de baño llenas de pinchitos que la hacían lucir como una versión húmeda de la reina de Inglaterra.

Si me permiten, lo diré alto y claro: la malla enteriza es sólo para cuerpos perfectos, nadadoras o señoras enfermas de señoridad. La bikini, en cambio, es el traje de baño de las chicas y las mujeres que aún esperamos que nos miren en la playa con algo parecido al deseo y no con la mirada con la que se contempla a los camarones, las medusas y los lobos de mar. Hay algo de juventud como resistencia en el clásico traje de dos piezas, y ningún otro (ni la siniestra trikini, ni el nefasto burkini) puede empardar. En ese sentido, los chicos la tienen mucho más fácil y todo se reduce a elegir entre un pañuelo de tela adherente llamado sunga y un dignísimo y cómodo short de baño.

¿Qué nos traerá el futuro? No lo sé, pero pido un deseo: la "Pintura de Mar", un modo de tatuarte tela antes de bajar a la orilla, volver a tu casa y quitártela con una ducha. O, si me apuran mucho, el "Eva Look", para animarse a la rompiente sin más que un montón de ganas de por medio.

UNA MUJER EN MALLA
por LUIS  BUERO, periodista

A los 12 años descubrí que había abandonado la niñez cuando dejé de pintarles bigotes a las fotos de Isabel Sarli y Ursula Andress en bikini. Y reconozco que hoy, los primeros tres días de mis vacaciones frente al mar me convierto en un fisgón compulsivo, hasta que después, como a todo, me acostumbro.

Dado que las playas bonaerenses a las que voy están atestadas de público, ya no se puede jugar al fútbol, al vóley o con la paleta cerca de la orilla, así que el único entretenimiento que queda, luego de leer el diario bajo la sombrilla, es salir a caminar y observar los trajes de baño. Bueno, a las chicas que los llevan puesto, pero no queda más remedio que ver todo lo que se presenta en malla. Y a veces te encontrás con algunos señores (y damas) ya entrados o salidos en años que emulan al muñeco Michelin con apenas algunas cintitas que les cubren el cuerpo.

Yo no estoy en condiciones de criticar a nadie, uso shorts bien largos y generalmente voy en camisa porque me da vergüenza exhibir mi panza a la humanidad playera. Y un buen par de anteojos negros me permiten recorrer el panorama y detener los ojos un instante en alguna sirena sin que su novio o marido se sientan afectados y me adviertan de la manera que sea que estoy en falta.

Ya sea que usen bikini, trikini, colaless o enteriza, descubro que los trajes de baño que más me atraen son los que sugieren más que los que muestran, y probado está que a todos los hombres nos erotiza más la mujer en malla que totalmente desnuda. No importa el color o tamaño del traje de baño: jamás iría a una playa nudista. Me encanta más la promesa que la verdad desnuda.

LEA MÁS: