La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que Panamá pierde cerca de 20.000 hectáreas de suelos fértiles cada año por malas prácticas agrícolas y ganaderas, lo que impacta directamente en la producción de alimentos básicos.
La pérdida de fertilidad y la compactación de los suelos disminuyen el rendimiento de los cultivos y aumentan la vulnerabilidad de las comunidades rurales ante sequías y lluvias intensas.
Ante esta situación, el país actualiza las cifras sobre la degradación de los suelos, cuyo porcentaje fue de 12.2% en 2015, de 16.0% en 2019 y de 15.8% en 2023, cifras que revelan la necesidad de impulsar estrategias de conservación y restauración en el territorio nacional.
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Diversos estudios oficiales advierten que más del 40 % del territorio presenta actualmente algún grado de deterioro físico, químico o biológico, lo que afecta tanto la capacidad productiva como la seguridad alimentaria y la biodiversidad del país.
Los procesos de erosión, compactación, salinización y pérdida de materia orgánica se aceleran por el uso inadecuado de la tierra, el avance de la frontera agrícola, los incendios forestales y la deforestación en regiones de las provincias de Darién, Veraguas y Coclé, han señalado expertos del sector oficial.
El informe “Estado de los Recursos Naturales en Panamá”, elaborado por el Ministerio de Ambiente, destaca que la deforestación y las quemas agrícolas han reducido la cobertura boscosa a menos del 50 % del territorio, lo que agrava los procesos de erosión e incrementa la sedimentación en cuencas hidrográficas estratégicas como la del Canal de Panamá.
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El documento advierte que la degradación del suelo también incrementa los riesgos de desastres naturales y limita la capacidad de mitigación ante el cambio climático.
Cada acción orientada a conservar los suelos fortalece la capacidad de las cuencas hidrográficas para producir y almacenar agua, señaló la directora nacional de Seguridad Hídrica, Betzabé Atencio.
Una forma de proteger el suelo es mediante la siembra de hierba y la reforestación con árboles, arbustos y otros tipos de vegetación en las zonas descubiertas de jardines o huertos.
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El follaje de las plantas absorbe el exceso de agua y protege la capa superior del suelo de la lluvia y de los vientos fuertes. Además, las raíces ayudan a fijar el suelo una vez que se establecen, previniendo la erosión y la escorrentía.
Los suelos saludables constituyen la primera barrera natural para proteger el agua. Su capacidad para infiltrar, almacenar y filtrar el recurso hídrico contribuye a mantener los caudales de ríos y quebradas, disminuir la erosión, reducir el riesgo de inundaciones y garantizar el abastecimiento de agua para las comunidades.
Atencio, directora nacional de Seguridad Hídrica de MiAmbiente, explicó que actualmente se trabaja en la actualización de esta información mediante sistemas de información geográfica y procesos de validación en campo, con el propósito de verificar las cifras preliminares más recientes sobre el estado de los suelos en Panamá.
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Esta información será presentada durante la próxima Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CNULD), que se celebrará en Mongolia el próximo año.
Como parte de este trabajo, la entidad desarrolla programas de restauración de áreas degradadas, conservación de suelos, manejo integrado de cuencas hidrográficas, reforestación con especies nativas, monitoreo ambiental y promoción de prácticas sostenibles, en coordinación con productores, gobiernos locales, organizaciones comunitarias, comités de cuencas hidrográficas y otras instituciones.
La funcionaria aseguró que proteger el suelo constituye una inversión directa para la seguridad hídrica y alimentaria del país.