El enemigo mide menos de cinco milímetros y Panamá quiere saber hasta dónde ha llegado

La UTP inauguró un laboratorio especializado para investigar la presencia de microplásticos en los ecosistemas del país y aportar evidencia para proteger el agua y la salud.

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Los microplásticos son partículas de menos de cinco milímetros que pueden permanecer durante décadas en el ambiente y desplazarse por ríos, lagos y mares. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Panamá dio un paso clave para fortalecer la investigación ambiental con la inauguración del Laboratorio de Microplásticos, una instalación especializada ubicada en la Universidad Tecnológica de Panamá (UTP), sede de Tocumen, que permitirá generar evidencia científica sobre la presencia, distribución e impacto de estos contaminantes en ecosistemas acuáticos del país.

La creación del laboratorio fue posible gracias al financiamiento de la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (Senacyt), a través de convocatorias públicas de fomento a la investigación y desarrollo, y al trabajo colaborativo entre el Centro de Estudios Multidisciplinarios en Ciencias, Ingeniería y Tecnología (Cemcit AIP) y la UTP.

La instalación será liderada por la doctora Denise Delvalle Borrero, investigadora del Centro de Investigaciones Hidráulicas e Hidrotécnicas de la UTP, y permitirá analizar muestras de agua, sedimentos y organismos acuáticos para comprender cómo los microplásticos se desplazan, se acumulan y pueden afectar los recursos hídricos.

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El laboratorio permitirá generar evidencia científica para respaldar decisiones relacionadas con la protección del agua, la biodiversidad y la salud pública. Cortesía Senacyt

Los microplásticos son partículas de plástico de menos de cinco milímetros. Pueden ser fabricados en tamaños muy pequeños para productos industriales, cosméticos o pinturas, o generarse por la fragmentación de objetos más grandes, como botellas, bolsas, empaques, fibras textiles, redes de pesca y otros residuos plásticos.

Por su tamaño y baja degradabilidad, pueden permanecer largo tiempo en el ambiente y dispersarse por agua, aire, suelo y organismos vivos. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos los define como piezas plásticas menores de cinco milímetros que pueden afectar la vida marina y los ecosistemas acuáticos.

El problema dejó de ser solo marino. El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente advierte que estas partículas han sido encontradas desde las profundidades del océano hasta la cima del monte Everest, e incluso en el cuerpo humano.

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Estudios recientes también han documentado su presencia en agua potable, agua embotellada, alimentos, aire y tejidos humanos, lo que ha elevado la preocupación científica sobre sus posibles efectos ambientales y sanitarios.

Además de los ecosistemas marinos, estas partículas han sido identificadas en peces, moluscos y otros organismos que forman parte de la cadena alimentaria. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La Organización Mundial de la Salud ha señalado que la evidencia sobre el impacto directo en la salud humana todavía tiene limitaciones, pero reconoce la necesidad de mejorar la investigación, la medición y el control de la exposición a microplásticos en el agua de consumo.

En los ecosistemas, el riesgo está en que peces, moluscos, crustáceos y otros organismos pueden ingerir estas partículas al confundirlas con alimento. Los microplásticos también pueden transportar aditivos químicos, contaminantes y microorganismos adheridos a su superficie, lo que abre interrogantes sobre su movimiento dentro de la cadena alimentaria.

En humanos, la ciencia aún estudia sus consecuencias, pero investigaciones recientes han encontrado microplásticos y nanoplásticos en órganos y tejidos, incluido el cerebro, lo que refuerza la necesidad de vigilancia y más estudios.

En ese contexto, el nuevo laboratorio busca llenar un vacío importante: contar con capacidad nacional para estudiar un contaminante que hasta hace pocos años era prácticamente invisible en la agenda pública, pero que hoy exige datos locales para entender su magnitud.

El Laboratorio de Microplásticos funcionará en la sede de Tocumen de la Universidad Tecnológica de Panamá y apoyará investigaciones sobre contaminación ambiental. Cortesía Senacyt

Durante la inauguración, la ingeniera Milagro Mainieri, directora de Investigación Científica y Desarrollo Tecnológico de la Senacyt, felicitó a la doctora Denise Delvalle y al equipo que la acompaña, destacando que no se trata de un esfuerzo aislado, sino de un conjunto de proyectos que han requerido años de trabajo científico.

Mainieri afirmó que estas investigaciones permiten aportar conocimiento y soluciones a un tema prioritario para Panamá: la contaminación por microplásticos. También subrayó que detrás de estos proyectos existe un proceso de formación de capacidades nacionales, con investigadores, estudiantes y profesionales que han participado en distintas etapas de la investigación.

Panamá no parte de cero en esta materia. En años recientes, científicos panameños ya han desarrollado investigaciones para documentar la presencia de microplásticos en ecosistemas estratégicos. Uno de los ejemplos más relevantes es el proyecto “Perfil transversal de la contaminación por microplásticos en el Lago Alhajuela”, financiado por la Senacyt mediante la Convocatoria Pública de Fomento a I+D 2023 y desarrollado durante 27 meses.

Ese estudio permitió generar, por primera vez, una línea base integral sobre la contaminación por microplásticos en este reservorio de agua dulce, ubicado en la cuenca hidrográfica del Canal de Panamá. El Lago Alhajuela es especialmente sensible porque constituye la fuente de agua cruda más importante para la planta potabilizadora de Chilibre y cumple un papel estratégico en el abastecimiento de agua y en el funcionamiento del Canal.

El Lago Alhajuela, ubicado en la cuenca hidrográfica del Canal de Panamá y fuente principal de agua cruda para la planta de Chilibre, fue escenario del primer estudio integral del país sobre contaminación por microplásticos. Tomada de la ARAP

La investigación determinó la presencia de microplásticos en agua superficial, columna de agua, sedimentos y biota. Entre los hallazgos, la doctora Delvalle Borrero señaló que, según su apariencia física, los fragmentos y fibras fueron las formas predominantes; las mayores concentraciones se registraron en la estación seca; y los puntos de Tranquilla y la Represa presentaron los niveles más altos.

Los investigadores recomendaron ampliar la cobertura espacial de los estudios, caracterizar la composición de los polímeros, identificar fuentes de entrada y vías de transporte, y establecer un programa de monitoreo permanente para proteger el agua potable, la biodiversidad acuática y la sostenibilidad de la cuenca.

Con el nuevo Laboratorio de Microplásticos, Panamá podrá dar continuidad y mayor alcance a este tipo de investigaciones, fortalecer la formación científica y producir datos propios para orientar decisiones públicas. La apuesta no es menor: convertir la ciencia en una herramienta práctica para proteger el agua, la salud y los ecosistemas frente a una contaminación pequeña en tamaño, pero enorme en impacto.