La próxima elección del Secretario General de las Naciones Unidas trasciende el habitual recambio de autoridades en el principal organismo multilateral del planeta. El complejo escenario geopolítico actual exige un timonel capaz de devolver relevancia, credibilidad y capacidad de acción a un sistema multilateral que atraviesa una de las etapas más críticas de su historia. Será la oportunidad de definir qué tipo de liderazgo necesita el sistema internacional para afrontar una etapa marcada por tensiones y desafíos globales sin precedentes.
En este contexto, la selección del reemplazante de António Guterres adquiere una dimensión excepcional y debería basarse en méritos objetivos. El cargo demanda una combinación poco frecuente de experiencia diplomática, capacidad técnica, dinamismo personal e independencia política. El futuro titular de la ONU deberá fortalecer la autoridad política del organismo, restaurar la confianza en el multilateralismo, reconstruir puentes entre gobiernos enfrentados, fortalecer la cooperación internacional y recuperar espacios de diálogo en un mundo en el que predominan la desconfianza y la lógica de la confrontación.
La historia demuestra que las designaciones acertadas pueden resultar decisivas en el concierto internacional. Dag Hammarskjold elevo el perfil político de la ONU hasta convertirla en un actor de relevancia global. U Thant contribuyo a desactivar una de las crisis más peligrosas de la Guerra Fria. Javier Pérez de Cuéllar confirmó que la diplomacia discreta puede abrir caminos allí donde la confrontación parece irreversible. Kofi Annan supo imprimir una visión humanista en un período de profundas transformaciones. Todos ellos comprendieron que la fuerza del Secretario General es construir confianza.
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Es precisamente ante nuevas circunstancias de recelo internacional donde la candidatura del Embajador Rafael Grossi adquiere relevancia singular. Al frente del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), el diplomático argentino ha demostrado liderazgo, rigor técnico y habilidad política. Su desempeño en algunos de los escenarios más sensibles de la agenda internacional ha permitido construir una reputación poco frecuente, la de ser respetado por países con posiciones frecuentemente antagónicas.
Esta capacidad de mediar cara a cara con líderes en conflicto demuestra una aptitud operativa que la ONU necesita con urgencia para recuperar la credibilidad en el mantenimiento de la paz y en el sistema multilateral en su conjunto.
Tras los diálogos interactivos ante la Asamblea General de la ONU y la sociedad civil, el proceso de selección inicia su fase más decisiva, la etapa de votación en el Consejo de Seguridad (CSNU). En las próximas semanas, los quince miembros –incluidos los cinco permanentes con derecho a veto– iniciarán las votaciones tentativas a puerta cerrada (Straw polls). Este procedimiento ayuda a reducir la lista de aspirantes de forma gradual hasta que algún candidato acumule al menos 9 votos a favor y ningún veto.
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Esperemos que el Consejo de Seguridad reconozca que los tiempos excepcionales exigen liderazgos excepcionales para una etapa bisagra para el futuro del orden internacional. También que privilegie las cualidades que el Embajador Rafael Grossi ha acreditado con solvencia en el ejercicio de la diplomacia multilateral, al ser la figura que mejor encarna el perfil que Naciones Unidas necesita para recuperar protagonismo y enfrentar los desafíos del siglo XXI.