Tedeum del 9 de Julio

En su Homilía, Monseñor Jorge Ignacio García Cuerva apeló a la parábola del Buen Samaritano para interpelar a la dirigencia y la sociedad

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Parábola del buen samaritano

Homilía de Monseñor Jorge Ignacio García Cuerva, arzobispo de Buenos Aires, en la celebración del tedeum (A ti, Dios) del 9 de julio de 2026

El prelado comenzó la Misa, en la que se conmemoraba la Declaración de la Independencia de la Nación Argentina, en presencia del Presidente y demás autoridades del gobierno nacional, diciendo: “Una vez más, el mensaje que compartiré quiere ser un aporte, a la luz de la Palabra de Dios, para la reflexión de todos los actores de la sociedad argentina, convencido de que entre todos construimos la Patria, más allá de saber que, luego, puedan ser tomadas frases aisladas para querer alimentar la fragmentación”.

Pretendemos continuar la lectura de esta parábola, que proseguiremos en las próximas notas, si Dios quiere, para completar un análisis del significado de la palabra “prójimo” del Buen Samaritano, junto con la de la Transfiguración y la del Juicio Final, tríada que explica, según nuestra perspectiva, el Mensaje de la Iglesia en los tiempos actuales.

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La parábola del Buen Samaritano (primera parte)

“La parábola del Buen Samaritano —dice monseñor Jorge García Cuerva— es un ícono capaz de poner de manifiesto la opción de fondo que debemos tomar para reconstruir esta Patria que amamos y nos duele a la vez. Ante el dolor, ante tantas heridas, la única salida es ser como el Buen Samaritano”.

Buen Samaritano

Jericó (244-258 metros por debajo del nivel del mar) es una ciudad dentro de la región de Samaría, vecina a Judea, donde se encuentra Jerusalén (770/800 m s. n. m.), unida por una cadena montañosa cuyos montes y colinas no son muy elevados. El suelo desciende desde esta última hasta el extenso valle del río Jordán, unos mil metros; Samaría, en la Antigüedad, era una región habitada por tribus de campesinos de origen judío y palestino, con terreno muy fértil en el que se producen frutas, verduras y otros productos de la tierra para las ciudades vecinas. Los samaritanos eran considerados por los hebreos como pueblos paganos porque se habían mezclado con naturales de los países árabes. Por ello mismo, eran considerados infieles y despreciados, a pesar de lo cual mantenían relaciones comerciales. Hoy forma parte de Cisjordania.

Pedro Laín Entralgo, en su obra Teoría y realidad del otro (Alianza Editorial, Madrid, 1983, Tercera Parte, cap. I, “El encuentro ejemplar”, pág. 365 y ss.), comenta: “Entre todos los encuentros interhumanos, reales o imaginarios, ninguno más ejemplar e ilustre que el de un Samaritano y un hombre maltratado y herido, cierto día en que aquél bajaba de Jerusalén a Jericó.

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He aquí el sencillo texto (que documenta el Evangelio de San Lucas X, 25-27) que nos relata (a partir del diálogo mantenido por Jesús y un doctor en la Ley): “…Luego un doctor en la Ley se presentó y, para ponerle en un aprieto (recuérdese que, según relatan los cuatro Evangelios, en sus diálogos con la gente de los pueblos, Jesús se veía frecuentemente interrogado por religiosos que cuestionaban su condición divina y le hacían preguntas con la intención de provocar contradicciones que les sirvieran para fundar el rechazo al nuevo Mesías).

El doctor de la Ley le dijo: —Maestro, ¿qué haré para tener parte en la vida eterna?

Él le dijo: —¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lo entiendes?

Él contestó: —Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu inteligencia, y a tu prójimo como a ti mismo.

Él le dijo: —Bien has contestado: haz eso y vivirás.

Pero él, queriendo justificarse, le dijo a Jesús: —¿Y quién es mi prójimo?

Jesús continuó: —Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, y le salieron al paso unos ladrones que lo despojaron y lo molieron a golpes, dejándolo medio muerto al marcharse. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino, y al verlo pasó al otro lado del camino. Igualmente un levita, que también pasaba por aquel lugar, al verlo pasó al otro lado. Pero un samaritano que iba de viaje se le acercó, y al verlo sintió misericordia. Se acercó, le vendó las heridas, bañándolas con aceite y vino, y subiéndolo en su propia cabalgadura lo llevó a la posada y se cuidó de él. Y al día siguiente sacó dos denarios y los dio al posadero, diciéndole: Cuida de éste, y lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando vuelva. ¿Cuál de estos tres se mostró prójimo con el que había caído en manos de los ladrones?

Él dijo: —Aquel que practicó con él la compasión.

Jesús le dijo: —Ve, pues, y haz lo mismo” (Lucas, op. cit., lug. cit.).

En nuestra próxima nota, haremos un examen exegético para extraer el significado del texto transcripto, tomados de la mano del filósofo y teólogo antes citado, comenzando por ver, ante todo, si encontramos alguna diferencia entre la significación de la palabra “prójimo” cuando la pronuncia el legista y cuando la pronuncia Jesús.