A 250 años de la independencia de los Estados Unidos las interpretaciones sobre ese acto fundacional deberían abordar una cuestión central: no es sólo qué ocurrió en el año 1776, sino qué significa hoy aquel suceso histórico para una democracia sometida a tensiones inéditas y persistentes. La ruptura con la monarquía británica inauguró un lenguaje político basado en la soberanía popular, los derechos individuales y el rechazo al poder arbitrario, pero también dejó abiertas contradicciones que atraviesan toda la historia estadounidense: la distancia entre libertad proclamada e igualdad efectiva y entre ideal republicano y poder económico.
En ese sentido, el aniversario no debería leerse como una simple celebración retrospectiva, sino como una oportunidad para examinar la vigencia y los límites de una tradición política que sigue siendo referencia obligada en el debate contemporáneo sobre el destino de la democracia representativa.
Thomas Jefferson, principal redactor de la declaración de la independencia y tercer presidente de los Estados Unidos (1801-1809), escribió que todos los hombres tienen derecho a “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. pero detrás de ese postulado convivían proyectos de país de difícil consenso. Alexander Hamilton, primer secretario del Tesoro, entendía, en cambio, que esa libertad solo sobreviviría si se sostenía sobre una arquitectura institucional robusta.
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James Madison, por su parte, sintetizó el problema de fondo en El Federalista n° 51, al advertir que “si los hombres fueran ángeles, ningún gobierno sería necesario”, y que la dificultad real consistía en obligar al gobierno a controlarse a sí mismo. Esta posición condensa el realismo institucional que distingue a los padres fundadores tanto del optimismo libertario de Jefferson, como del optimismo de Hamilton en la influencia estatal: ninguna forma de poder, decían, merece confianza sin el correspondiente control del sistema judicial.
Casi dos siglos después, el filósofo político de la Universidad de Princeton, John Rawls (1921-2002), trasladó esa desconfianza al terreno normativo. En su principal obra, A Theory of Justice (1971) definió así su propósito: elaborar “una concepción de la justicia que generalice y lleve a un nivel de mayor abstracción” la teoría contractualista clásica. Su tesis puede leerse como una actualización del ideal de “igualdad” de la Revolución americana, pero llevada mucho más lejos en sentido social e institucional. En vez de quedarse sólo en la igualdad jurídica proclamada en 1776, Rawls apuntaba a modelar instituciones que hicieran reales las oportunidades de todos y mejoraran la posición de los menos favorecidos.
Robert Nozick (1938-2002) respondió a la obra de Rawls en su principal ensayo titulado Anarchy, State, and Utopia (1974). El filósofo egresado de las universidades de Princeton y Oxford escribió que “los individuos tienen derechos, y hay cosas que ninguna persona o grupo puede hacerles sin violar esos derechos”. Abogó en toda su obra por el Estado mínimo, limitado a proteger la propiedad y hacer cumplir contratos, al tiempo que rechazaba cualquier redistribución que los vulnerase. Nozick puede presentarse como heredero de la vertiente más liberal y antiestatal del legado de 1776: un gobierno limitado, derechos de propiedad fuertes y desconfianza frente a la redistribución coercitiva.
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El mismo duelo en el terreno de la filosofía política se repitió en materia económica. El máximo representante de la Escuela de Chicago, Milton Friedman (1912-2006) sostuvo en Capitalism and Freedom (1962) que “una de las principales objeciones a la economía de libre mercado es precisamente que da a la gente lo que quiere en lugar de lo que un grupo determinado cree que debería querer. Detrás de la mayoría de los argumentos contra el libre mercado subyace una falta de fe en la libertad misma”.
Desde la vereda de enfrente, el economista keynesiano John Kenneth Galbraith (1908-2006) consideraba que la política debía estar al servicio de la economía y no la inversa. Y en este sentido, afirmó que “el progreso social y económico no se mide por la multiplicación de bienes, sino por la calidad de la vida humana”. Palabras hoy que suenan algo utópicas frente a la gran crisis del estado de bienestar.
La IA y su rol en el futuro de la democracia
Si Madison temía la “tiranía de la mayoría” y Jefferson la “tiranía del gobierno”, el siglo XXI ha introducido la “tiranía del algoritmo corporativo”. La crítica más aguda sostiene en la actualidad que las corporaciones de Silicon Valley han debilitado los pilares institucionales que estructuraron el experimento democrático americano iniciado en 1776: la confianza en las elecciones, la existencia de una verdad fáctica compartida y el respeto por el adversario político y las minorías.
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En este sentido, la pregunta habitual acerca de si la inteligencia artificial fortalece o debilita la democracia estaría mal formulada porque asume que la tecnología tiene identidad política propia, independiente de quién la controla y bajo qué reglas opera. Los debates políticos de 1776 enfrentados al espejo del presente sugieren una pregunta más incisiva: no si la IA es buena o mala, sino qué desarrollo institucional logrará someterla a control antes de que ella redefina los términos del control posible.
Vista desde marco jeffersoniano-libertario, la IA es una herramienta de emancipación: democratiza el acceso a información, asegura capacidades analíticas y poder de creación que antes estaban reservados a elites, y cualquier intento de regularla centralizadamente amenaza con concentrar aún más poder en manos del Estado o de quienes lo controlen.
Vista desde el marco hamiltoniano-institucionalista, en cambio, la IA sin arquitectura regulatoria es exactamente el escenario que Madison temía: poder sin control, capaz de amplificar desinformación, manipular procesos electorales y concentrar autoridad informacional en actores (ya no monarcas, sino corporaciones) sin mandato democrático.
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Actualmente el aporte de la IA a la democracia no está del todo definido, depende de decisiones institucionales todavía en debate: transparencia algorítmica, distribución del acceso y mecanismos de rendición de cuentas equivalentes a los que los fundadores diseñaron para el poder político hace 250 años.
La IA no es una amenaza ni una promesa para la democracia en abstracto. Es el terreno más reciente donde se libra la misma batalla doctrinaria de 1776, y su resultado dependerá, como entonces, de si el poder logra someterse a sí mismo al control de los ciudadanos a través de sus representantes antes de volverse irreversible.
La gran disputa política del futuro inmediato no será sólo entre Estado y mercado (cualquier semejanza con China…), sino entre democracia y gobernanza algorítmica. Es por todo ello que en tiempos de aceleración e incertidumbre del sistema institucional resuenan hoy las sabias palabras de Benjamin Franklin: “Quienes renuncian a la libertad esencial para obtener una seguridad temporal no merecen ni libertad ni seguridad”.
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