Cada cuatro años ocurre lo mismo, las vidas de, todos los argentinos -incluidos los más chiquititos- giran alrededor de un mismo acontecimiento, el Mundial de fútbol. En las casas, en los trabajos, en los grupos de amigos y también en las escuelas se habla de partidos, jugadores, resultados y pronósticos.
Frente a este fenómeno, el sistema educativo suele adoptar dos posiciones. Una consiste en mirar cada partido “asépticamente” en las escuelas, como si aquello que moviliza a millones de personas no pudiera tener relación con el aprendizaje y, la otra, la que intenta aprovecharlo para enseñar contenidos tradicionales: estadísticas, geografía de los países participantes o análisis de textos periodísticos.
Sin embargo, a mi criterio, ambas opciones pueden resultar insuficientes y se podría complejizar un poco más. Quizás la pregunta más interesante no sea qué contenidos escolares pueden vincularse con el Mundial, sino qué aspectos de lo humano se hacen visibles durante estos eventos masivos porque no es solamente fútbol, es una enorme experiencia social, cultural y emocional.
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Este gran evento deportivo nos permite observar cómo se construyen las identidades colectivas, cómo funcionan los medios de comunicación, cómo circula la información en las redes sociales y de qué manera las emociones influyen en nuestras decisiones. Nos muestra la necesidad de pertenecer, la admiración por ciertos referentes, el manejo de la frustración y la búsqueda permanente de reconocimiento.
Desde esta perspectiva, el Mundial puede transformarse en una poderosa herramienta educativa. Los estudiantes pueden analizar por qué algunos contenidos se vuelven virales mientras otros pasan desapercibidos; pueden investigar cómo los algoritmos condicionan aquello que vemos en las plataformas digitales o por qué no debatir sobre la violencia verbal en redes, la discriminación entre hinchadas o la construcción mediática de héroes deportivos.
Incluso la inteligencia artificial podría ofrecer nuevas posibilidades. Ya no se trata únicamente de buscar información, sino de formular preguntas relevantes, comparar perspectivas, detectar problemas y diseñar soluciones para situaciones concretas. Sin embargo, el verdadero desafío educativo no está en esta tecnología, sino en la capacidad de los docentes de convertir el interés espontáneo en una oportunidad de reflexión.
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La escuela de estos tiempos necesita comprender que el aprendizaje significativo no ocurre únicamente dentro de los límites de una disciplina. Surge cuando los contenidos dialogan interdisciplinariamente con las inquietudes, emociones y experiencias de quienes aprenden. Aquello que apasiona a los estudiantes no debería ser visto como una amenaza para la enseñanza; por el contrario, puede convertirse en una puerta de entrada privilegiada hacia el conocimiento.
Tal vez el legado educativo más importante de un Mundial no sea aprender quién ganó una copa o cuántos goles convirtió un jugador. Quizás, podría ser descubrir que detrás de cada fenómeno social existen preguntas que merecen ser pensadas. Y, sobre todo, que la educación sigue teniendo una misión irremplazable: ayudar a formularlas.
El Mundial terminará y habrá un campeón, fotos para la historia y recuerdos que se irán diluyendo con el tiempo.
La pregunta es qué hará la escuela con todo aquello que hoy moviliza a millones de personas. Si la educación pierde una oportunidad de tener en cuenta lo que apasiona a sus estudiantes, se perderá la ocasión de transformarlas en preguntas, reflexión y conocimiento.
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El verdadero triunfo de la escuela no es si ve o no los partidos en su establecimiento, sino haber convertido una emoción colectiva en una experiencia de aprendizaje que deje huellas mucho después del último gol.