Encontrarnos con episodios de fat shaming –bromas y críticas alrededor del peso corporal de una persona– en la vida cotidiana no es novedad, pero llaman la atención cuando están dirigidas hacia uno de los roles institucionales más altos a nivel nacional.
Más allá de los comentarios, lo sorprendente fue su justificación. Asociar belleza y frivolidad no es nuevo, sino un argumento conocido que sostiene juicios morales justificándolos en lo físico y ‘natural’. Lo nuevo es la utilización del discurso de la superficialidad para sostener el juicio moral contra figuras. Cuando ni la investidura permite escapar el fat shaming, ¿qué nos dice del poder de la apariencia física en la actualidad?
La sociología de la belleza es un campo de estudio que creció exponencialmente en los últimos 15 años, reflejando el avance de la hiperconectividad, las redes sociales y el consumo de contenido visual. Los expertos en el tema aseguran que la apariencia física tiene un rol central en cómo evaluamos a los demás: sus capacidades, mérito y valor. Ser considerado bello/a facilita privilegios, mientras que no responder a los estándares de belleza tiene un efecto social punitivo.
PUBLICIDAD
La noción de fat shaming surge para visibilizar las evaluaciones morales que van detrás de comentarios ‘objetivos’ sobre el peso corporal ajeno. La ciencia indica que el peso y la composición corporal suelen ser un espacio privilegiado para esta dinámica de evaluación moral, donde no dar la talla equivale a falta de disciplina, autocontrol y hábitos insalubres. Sin embargo, los estudios revelan que el ‘peso ideal’ y, aún más, la figura deseada e instagrameable, no son más que construcciones sociales que dependen del contexto histórico y cultural. Un ejemplo de ello son tendencias estéticas del momento, como el regreso del look ‘heroin chic’.
Esto nos demuestra que la lógica detrás de la justificación del fat shaming, sobre la asociación entre gordura e insulto, es correcta: no hay tal conexión natural y unívoca. Sin embargo, como ya decía el filósofo David Hume en el siglo XVIII, un argumento puede ser válido sin que su conclusión sea verdadera.
Primero, reforzando la norma. Reírse de la contextura física de alguien surge de remarcar la diferencia entre lo que ‘debería ser’ y lo que es. En nuestro país, y marcadamente en la región de Buenos Aires, los estándares de belleza cargan con la marca colonial del ‘mito del argentino blanco y europeo’. Este mito ignora los fenotipos más curvilíneos que caracterizan a la región, y que son idealizados en prácticas estéticas de países vecinos como los Brazilian Butt Lifts (BBL). Al marcar la diferencia, refuerzan la norma e introducen una serie de evaluaciones morales negativas implícitas sobre la disciplina y la salud (moral y física) de la persona en cuestión. En el ámbito de la política, el fat shaming se traduce en pérdida de credibilidad respecto de las capacidades de liderazgo.
PUBLICIDAD
Segundo: institucionalizando la norma. El fat shaming intenta ser un discurso justificado incluso a pesar de la investidura institucional. El revés discursivo de la superficialidad justifica la evaluación y cambia de manos la responsabilidad de la evaluación. Es decir, yo no soy superficial al decirlo, sino usted al interpretarlo. Este cambio parece habilitar las evaluaciones sobre cuerpos ajenos a un nivel de alto impacto social, donde ni uno de los roles supremos de la nación escapa a la lógica.
El fat shaming no es un suceso nuevo ni poco común. Sin embargo, la escala que toma al incorporarse en las altas esferas del discurso político habla de un espíritu de época donde la apariencia física toma un rol central en la legitimación política nacional. A su vez, revela el efecto normalizador que tiene la belleza, del que ni las mujeres más poderosas del país pueden escapar.