En plena dictadura el ingeniero Orlando D’Adamo me dijo una frase que me cuesta olvidar: “No crea que hemos tocado fondo, es que a usted le falta imaginación...”. Cuando escucho al perverso ministro Luis Caputo decir que el “riesgo kuka” implica un problema para el desarrollo de su plan económico, asumo que este nefasto personaje está cuestionando a la democracia misma, no a un sector político. Recordemos que una semana atrás había asegurado la inexistencia de tal peligro. Es evidente que todo depende de cómo le dan los números para levantar o bajar esa cartita.
Recientemente leí en un diario un artículo titulado “Liberalismo stalinista” donde quedaba en claro que estamos soportando a un gobierno con vocación absolutamente dictatorial. A las pruebas me remito, desde el incumplimiento de leyes aprobadas dos veces por el Congreso hasta la nauseabunda descarga verbal del Presidente contra cualquiera que ponga reparos, aun los más leves, a sus nefastas decisiones. Los periodistas son su blanco preferido. Un país sin prensa libre es un país sin democracia, probablemente aquello que todo el equipo de obsecuentes que rodea a Milei desearía que ocurriera.
Bajar los impuestos a los autos de lujo o a los yates, al tiempo que los salarios de los humildes continúan congelados, implica una concepción perversa que transmite a los triunfadores la idea de que los derrotados no son un asunto que les concierne en tanto clase dirigente.
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La marcha universitaria contra el desfinanciamiento desnudó una creciente rebeldía de los sectores dañados. Pues bien, un oscuro comentarista deportivo con pretensiones de pensador -que adhiere ciegamente a las ideas libertarias y a la figura de Javier Milei, en particular- no dudó en subrayar que la manifestación tuvo menos convocatoria que el Road Show de Franco Colapinto. Las decadencias tienen eso, el surgimiento y la exposición de los individuos más nefastos que alberga la sociedad. Así, algunos oficialistas siguen repitiendo que vivimos los dolores del parto de lo nuevo sin aclarar que se refieren a la marginación social de millones de nuestros compatriotas. Ya es un dato indiscutible que el actual presidente no tiene ninguna posibilidad de reelección, lo cual nos lleva al desafío de que la desaparición del personaje conlleva para siempre el arrastre de la demencia, del egoísmo y de los negocios sobre los que se supo apoyar. Lo cierto es que no hay capitalismo sin burguesía industrial, y no hay sociedad integrada sin industria y comercio, debiendo el Estado imponer las normas que impidan la concentración y la destrucción de las pequeñas estructuras.
Repasemos algunas sandeces ya mencionadas en esta columna en otras ocasiones. Puedo asegurar que no lo haríamos si el gobierno no las reiterara permanentemente. Empecemos por la estupidez que define una acendrada ignorancia histórica de funcionarios y periodistas afines al régimen: los famosos “cien años”, aquella época dorada en que fuimos un gran país, reivindicando los tiempos en que los ricos construían palacios y los pobres se arrastraban en la miseria. Los tiempos de la construcción de aquella Buenos Aires que al decir del gran escritor francés André Malraux se asemejaba a la capital de un imperio que nunca había existido.
Otra sería el hecho de que nadie ignora las desmesuradas ganancias que generan la televisión por cable y los servicios telefónicos, cuyas empresas ofrecen enormes descuentos ante la amenaza de perder al cliente, lo que deja a las claras la voracidad de su rentabilidad. Como la riqueza no derrama, la concentración no genera trabajo. Dichos servicios nos cobran como ciudadanos y nos atienden como a dependientes, nos dificultan enormemente la posibilidad de hablar con un interlocutor humano y nos someten a la inteligencia artificial, al no existir un Estado que defienda los derechos mínimos del consumidor.
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Recordemos también una vez más que fuimos una sociedad que fabricaba vagones y locomotoras, pero desde el entreguista Gobierno de Carlos Menem se volvió a la dependencia de la importación. Dar trabajo no genera coimas, en cambio, importar destruye trabajo y permite ingentes ganancias a los funcionarios.
Lentamente vamos asumiendo que no hay ninguna luz al final del túnel, sino como en la caverna de Saramago, “la propuesta es vivir en las tinieblas”. Por ello, la política debe recuperar su valor esencial, asumiendo que gobernar es pacificar y dar trabajo, todo lo opuesto a lo que hace Milei, que solo genera renta financiera para pocos, pobreza, odios y resentimiento entre los argentinos. El sistema se basa en el sueño de la estabilidad monetaria y en la propuesta expresa de la extensión de la miseria, la política debe retornar al debate de un proyecto común exigiendo que oficialismo y oposición sean capaces de respetarse y dialogar, para poder compartir un proyecto patriótico que limite las ínfulas de ese nefasto ministro que teme al riesgo kuka.
Necesitamos romper el miedo al pasado, responsable, sin duda, de habernos traído a esta situación incalificable, y para ello hay personajes obligados a desaparecer, algunos porque lo comprendan con grandeza, y otros porque habrá que imponerles el rigor de los votos.
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Evoquemos el concepto de Gramsci, “...tenemos demasiado claro lo que muere, pero todavía nos cuesta imaginar lo que nace...”, y agreguemos con Marechal que “la patria... es un dolor que aún no tuvo bautismo”. Yo, en lo personal, intento apoyar la propuesta del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, y no imagino hasta el momento el surgimiento de ninguna otra que nos permita configurar un frente patriótico que le devuelva a la población la conciencia de vivir en una democracia y no bajo un régimen autoritario que no respeta ni las libertades ni los principios elementales de una república, como la división de poderes o el cumplimiento de ciertas leyes.