Estados Unidos y China miran al largo plazo

Washington y Beijing aceleran la competencia por la supremacía en el espacio y la tecnología nuclear lunar

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Donald Trump y Xi Jinping

Aunque pueda parecer secundario en el complejo panorama global actual, el gobierno de Donald Trump ha instruido a la NASA y al Pentágono a que avancen en el desarrollo de capacidad nuclear en la Luna, en el marco de una nueva etapa de su política espacial.

El plan establece un cronograma exigente: sistemas nucleares en órbita hacia 2028 y reactores en la superficie antes de 2030, con foco en el polo sur lunar, una de las regiones más complejas para la actividad humana por sus condiciones extremas. El fundamento del proyecto es técnico. La Luna presenta ciclos largos de oscuridad y temperaturas que van de valores elevados a otros cercanos a los 200 grados bajo cero.

Como bien ha explicado Víctor Ingrassia en este medio, la energía solar es insuficiente para sostener un establecimiento humano permanente, y por eso los reactores de fisión presentan la alternativa más viable para garantizar un suministro energético estable. La iniciativa estadounidense se integra en una estrategia más amplia que contempla el aumento del ritmo de lanzamientos, la participación del sector privado y el desarrollo de infraestructura habitable a partir de 2029, con el objetivo de establecer bases permanentes en torno a 2032.

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Este esquema combina misiones tripuladas y robóticas, junto con sistemas logísticos y de comunicación que permitan sostener esa presencia continua. El proyecto cuenta con un presupuesto estimado cercano a los 30.000 millones de dólares. En este marco, la energía en la Luna adquiere una dimensión estratégica, tanto para asegurar presencia operativa como para servir de plataforma hacia futuras misiones a Marte. Todo este plan estratégico espacial de la primera potencia del mundo no se verá alterado por la puja que mantiene con China.

El desarrollo de la estrategia espacial china muestra un desplazamiento sostenido hacia el espacio como eje de su doctrina de disuasión. Documentos militares y académicos vinculados al Ejército chino sostienen que el control de la órbita es condición para la superioridad en otros dominios de la guerra. Esta concepción se traduce en objetivos concretos: el despliegue de decenas de miles de satélites en órbita terrestre baja y la ocupación acelerada de posiciones en un entorno donde rige el principio de “primero en llegar”. En el plano operativo, China ha avanzado en capacidades de doble uso que amplían su margen de acción. Maniobras recientes entre satélites -que se interpretaron en Estados Unidos como simulaciones de combate orbital- junto con desarrollos como sistemas robóticos capaces de desplazar artefactos o tecnologías de interferencia electrónica, muestran un salto cualitativo.

A ello se suma la inversión en vigilancia especialmente en el Indopacífico, donde Beijing busca reforzar el monitoreo de movimientos navales adversarios. Pero la estrategia espacial china incorpora un componente de resiliencia. El aumento de redes de pequeños satélites apunta a reducir la vulnerabilidad frente a ataques iniciales y asegurar continuidad operativa.

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En paralelo, las doctrinas chinas que van surgiendo en la materia privilegian acciones selectivas, como interferencias o ciberataques, orientadas a neutralizar nodos críticos sin escalar de forma inmediata. Por último, China está impulsando la dimensión normativa de la carrera espacial. A través del concepto de “near space”, busca instalar la idea de un espacio intermedio con reglas propias, ampliando su margen de acción. Esta aproximación, vinculada a la “guerra legal”, apunta a influir en el marco regulatorio internacional y consolidar su posición en un dominio central del equilibrio militar.

Mientras tanto, en el día a día, Estados Unidos e Irán desarrollan una confusa gestión alrededor de la guerra de Medio Oriente. La clave de la discrepancia es clara: el programa nuclear iraní. Estados Unidos -como desde hace medio siglo- argumenta que Teherán tiene la intención de fabricar bombas nucleares, mientras que Irán proclama que su programa nuclear tiene fines pacíficos. No obstante, Washington se muestra firme al insistir en que Irán entregue sus reservas de uranio altamente enriquecido.

En este contexto, resultó sorpresivo cuando, a los dos días de hacer el anuncio sobre el mantenimiento de la tregua entre Estados Unidos e Irán, Trump dio un giro y se proclamó vencedor en la guerra. Sin mayores fundamentos, sostuvo que los objetivos militares de la operación “Furia Épica” contra Irán ya se habían cumplido y pasó a reemplazarlo por la “Propuesta Libertad”, que duró pocos días. No pareció una manifestación coherente con lo que estaba sucediendo en el terreno, donde se registran acciones militares sobre pequeños barcos por ambas partes.

No obstante, el intento de Trump de proclamarse vencedor no tuvo un efecto total ni concreto. En alguna medida, esta situación se enmarca con otra de sus declaraciones, en la que señaló que el próximo ataque tendrá como destino a Cuba. Las gestiones de paz realizadas en los últimos días mostraron que, más que acordar una tregua, lo que Trump buscaba era suspender las operaciones militares. Para reforzar esta idea, el presidente estadounidense elogió al Jefe de las Fuerzas Armadas pakistaníes por su rol en haber gestado la prolongación de la tregua.

La actitud del presidente estadounidense pareció ambigua e inconsistente. Más de una vez, a lo largo de este conflicto, sus actitudes conciliatorias fueron seguidas en forma casi inmediata por otras agresivas. Esto hace que los iraníes reciban con cierta frialdad el anuncio de Trump y opten por sumarse a la suspensión de la tregua, pero no a ir más allá de ello.

Para dar coherencia a su decisión de mantener la tregua, el gobierno estadounidense, a través del Secretario de Guerra Pete Hegseth, fue al Congreso a dar detalles sobre los gastos del conflicto. La exposición de Hegseth fue cuestionada por algunos legisladores demócratas, quienes dijeron que la guerra contra Irán le había costado a Estados Unidos 25 mil millones de dólares. El Jefe del Pentágono pidió a Teherán “respaldar pronto” un proceso de paz y anunció que está considerando una prolongación del bloqueo naval. Respecto a los costos de la operación “Furia Épica”, Pete Hegseth detalló que “una parte de ese monto se destina a gastos de operaciones y mantenimiento, así como a reemplazo de equipos”.

Hegseth aseguró que el Departamento de Guerra formulará una solicitud presupuestaria suplementaria a través de la Casa Blanca para satisfacer la demanda. Según el CSIS, ya las primeras cien horas de la guerra contra Irán tuvieron un costo de al menos 3.700 millones de dólares. El legislador demócrata John Garamendi acusó a Hegseth de “mentir al pueblo estadounidense sobre esta guerra desde el primer día” y describió lo que está ocurriendo en Medio Oriente como una “calamidad geopolítica, un error estratégico que ha derivado en una crisis económica mundial”.

A su vez Trump, en un posteo en Truth Social, dijo: “Irán no logra ponerse de acuerdo. No saben cómo firmar un acuerdo no nuclear. ¡Más les vale espabilar pronto!”, y acompañó su mensaje con una imagen simulada en la que aparece armado con anteojos de sol y un fusil de asalto.

Mientras tanto, los países de la OTAN ven la propuesta y la actitud del presidente norteamericano con lógico escepticismo. Ante la reticencia de los países de la OTAN a acompañarlo militarmente en la guerra contra Irán, Trump decidió aumentar en un 25% los aranceles a autos y camiones provenientes de Europa. Las medidas llegan tras las críticas de la OTAN por el retiro de cinco mil soldados estadounidenses de Alemania. Este es tal vez el hecho de mayor significación para los socios de la OTAN. “Dado que la Unión Europea no está cumpliendo con el acuerdo comercial que acordamos plenamente, la semana próxima aumentaré los aranceles que se aplican a la Unión Europea por los automóviles y camiones que entran a Estados Unidos”, sostuvo Trump.

La mayoría de los sectores empresarios europeos, y en particular los de Alemania, criticaron como excesivamente restrictiva la posición adoptada por Estados Unidos. Trump también arremetió contra Keir Starmer -el primer ministro británico que enfrenta elecciones locales el 10 de mayo- al afirmar despectivamente que “no es Churchill” y amenazó con imponer un “arancel elevado” a las importaciones procedentes del Reino Unido. Trump cargó también contra Meloni, la primera ministra italiana, y Mark Rutte, el Secretario General de la OTAN, conocido en el ámbito de la organización como el “confidente” del presidente estadounidense.

Si bien muchos miembros de la OTAN se muestran muy escépticos respecto a la relación con Estados Unidos, algunos aceptan el nuevo escenario. Señal de lo divisivo que resulta el comportamiento del presidente estadounidense en este ámbito fueron las declaraciones del representante republicano Don Beacon, quien señaló que “los continuos ataques contra los aliados de la OTAN son contraproducentes y hieren a los estadounidenses” y defendió el uso de los dos aeródromos estadounidenses en suelo alemán, los que dan al país acceso “a tres continentes”.

En definitiva, mientras la competencia por el espacio anticipa la próxima frontera de la disuasión estratégica, las tensiones en Medio Oriente y las grietas crecientes dentro de la OTAN muestran que la disputa por el poder ya no se libra solamente sobre el terreno.