50 años de devastación económica y espiritual

La finalidad del golpe fue hacer desaparecer al peronismo. No obstante, pervive en el espíritu de la Argentina la memoria del país que fuimos y podemos volver a ser recuperando la tradición, la conciencia histórica y la verdad

Isabel Perón delega el mando en el senador Lúder en septiembre de 1975

Se cumple medio siglo del inicio del Proceso de Reorganización Nacional, sin dudas un parteaguas en la historia moderna de nuestro país, que significó un conjunto de cambios radicales en todos los órdenes de la vida comunitaria que se prolongaron sin solución de continuidad ni variaciones abruptas hasta la actualidad. Se inició allí la demolición de un modelo de democracia social, orgánica y directa en lo político, la destrucción de la estructura productiva nacional independiente de base industrial y pleno empleo en lo económico, y la aniquilación de una cultura con raíces humanistas y cristianas con centro en el valor trascendente de la persona humana.

Isabel Perón había asumido la presidencia tras la muerte del General Perón el 1 de julio de 1974. Su gobierno, a pesar de los embates recibidos por diestra y siniestra, tuvo una cantidad de conquistas que nunca más se alcanzaron en Argentina. En su corto gobierno de 2 años y 5 meses junto al General, tomó las decisiones más revolucionarias posteriores a 1955.

Rememoro solo algunas. No contrajo ninguna deuda ni empréstito con el extranjero. Logró el pleno empleo, sin planes asistenciales ni de trabajo precario estatal. Alcanzó una equitativa distribución de la riqueza que, en marzo de 1976, dejó el 52 % del PBI en manos de los trabajadores. Promulgó la revolucionaria ley de Contrato de Trabajo 20.744. Construyó casi medio millón de viviendas. Nacionalizó los depósitos bancarios, con el objeto de frenar la especulación financiera y poner el ahorro de los argentinos al servicio del país. Nacionalizó las bocas de expendio de las petroleras multinacionales. Dictó las leyes de represión del narcotráfico y de la subversión terrorista y económica.

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Además, defendió la soberanía nacional mediante diferentes políticas, como por ejemplo, la celebración de una reunión de Gabinete en la Antártida Argentina para ratificar la decisión de hacer respetar nuestros derechos sobre ese territorio, ante la decisión del Reino Unido de suspender unilateralmente la negociación sobre las Islas Malvinas y de enviar la misión “Shackleton”.

Debe reafirmarse que, cuando Isabel Perón fue derrocada, la deuda externa argentina era de 7.800 millones de dólares. En el año 1983 la dictadura le dejó al presidente Alfonsín una deuda de 45.000 millones de dólares que, lamentablemente hoy en día, asciende a 317.000 millones de dólares. Además, los militares dejaron una industria nacional despedazada, inflación creciente, devaluación de la moneda, inseguridad e inestabilidad jurídica, y un país desmembrado en lo social y cultural tras la derrota en Malvinas.

Esto mismo, la propia presidenta lo había anunciado al alertar que no venían por ella sino que llegaban para destruir las chimeneas que había levantado el general Perón. Y poco después del golpe, fueron anunciadas las derogaciones de la nacionalización de los depósitos bancarios, la Ley de Inversiones Extranjeras y el monopolio estatal de las juntas nacionales de carnes y granos, reemplazadas por la rapacidad del mercado.

Se lanzó la liberación de precios, el congelamiento de salarios, la derogación de la legislación laboral. Esto encadenó al país al endeudamiento con el FMI y el Banco Mundial. Además, con un Estado desfinanciado, se comprometió el patrimonio nacional expresado entonces en las empresas estatales. Se enlazó la decisión nacional a las imposiciones de las trasnacionales financieras y los organismos multilaterales de crédito.

Las consecuencias fueron lapidarias y el retorno de la democracia en 1983 y los siguientes gobiernos hasta la actualidad, conservaron y ahondaron la estructura económica heredada. Así, se fue destruyendo la comunidad organizada a través de un ataque feroz al mundo del trabajo que era ordenador y a la familia argentina que era la esencia de la sociedad.

Avanzaron como una topadora los antivalores del consumo y del liberalismo de mercado. Se produjeron la desmalvinización, la destrucción de las Fuerzas Armadas y de la propia noción de defensa nacional, la legalización del divorcio, el “Congreso Pedagógico”, las relaciones carnales con Estados Unidos, la reforma constitucional, entre otros males. Tuvo su propio capítulo la tergiversación de la identidad peronista: se falseó la doctrina y la historia nacional a manos del liberal progresismo, se cambió el trabajo genuino por planes sociales asistenciales, se implantó la perversa ideología de género, avanzó el narcotráfico y la inseguridad y hasta se derogó la criminal ley del aborto que, junto a la pobreza, explica el decrecimiento demográfico sin parangón en nuestra historia.

La finalidad del golpe del 24 de marzo tuvo como objeto hacer desaparecer al peronismo, configurando el delito de lesa cultura. Tuvo éxito sin dudas. No obstante, pervive en el espíritu de la Argentina la memoria del país que fuimos y podemos volver a ser recuperando la tradición, la conciencia histórica y verdad. Como también tuvo éxito en acallar cada 24 de marzo que su primera víctima fue Isabel Perón, quien valientemente se rehusó a renunciar como le exigían los militares golpistas, y fue sometida a una cruel tortura moral en la lejana residencia del Mesidor y privada de la libertad por más de cinco años. Resistió con valentía y casi en soledad, como continúa haciéndolo hoy desde su exilio perpetrado por los usurpadores de la identidad política que lleva su nombre. Y como continuamos haciéndolo millones de argentinos que no nos rendimos frente al oprobio en que han convertido a la República Argentina.

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