Miserias ajenas

El Gobierno se enfoca en señalar errores ajenos mientras evita mostrar resultados concretos para la sociedad

El presidente Javier Milei

Los periodistas oficialistas fanatizados, aquellos que parecen haber nacido al oficio con La Libertad Avanza y haberse formado en las universidades del egoísmo y el desconocimiento de la solidaridad, se obsesionan ferozmente con la AFA. Es que, no teniendo virtud oficial alguna para mostrar, buscan defectos ajenos que denunciar.

En verdad, inventan cómoda y cínicamente muchas virtudes gubernamentales. Por ejemplo, ciertos psicólogos devenidos en analistas económico-políticos nos anuncian gozosamente desde una cena televisiva el cambio de matriz industrial del que gracias a Milei disfrutamos los argentinos. También tenemos a los economistas liberales histórico-operísticos, amigos del Presidente, que aconsejan, sin que se les pida, al igual que el comunicador de incontrolable cabeza, la conducta a seguir por los despedidos de Fate: ajustarse los cinturones, reducir los gastos familiares y convertirse prontamente en exitosos emprendedores, autito, canchita o parrillita mediante.

Volviendo a la obsesión por la AFA, los veía tan enceguecidos contra Toviggino que daba la impresión de asistir a una ficción en la que parecían asumir el rol de Sturzenegger- a decir verdad, el desregulador es más alto y mucho más dañino- mientras que los otros personajes eran múltiples Caputos y Menem diseminados por doquier. En rigor, Tapia, el más cuestionado y denunciado, era el presidente de una institución que les había otorgado a los argentinos una de las mayores felicidades de los últimos años: la Copa del Mundo. Esa institución con tantos errores, tenía un logro; en cambio, el Gobierno, que los fanáticos sostenían entre sus dogmas, lejos estaba de obtenerlo, cada vez más distanciado del paraíso que nunca llegaría.

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La agonía de una falsa izquierda, que fue el camporismo, nos lleva a transitar una derecha sólida y agresiva. Vi a algunos de sus adeptos comparar despreciativamente a la digna presidenta de México, Claudia Sheinbaum, con el esperpento de Nayib Bukele, el presidente de El Salvador, tan admirado por mileístas y macristas. Nuestra derecha se caracterizó siempre por la perversión de sus elecciones. En su momento, admito que, harto del Kirchnerismo, voté a Mauricio Macri y cuando escuché sus recientes y aberranyes declaraciones, sentí culpa personal, de la cual solo me alivia que del otro lado hubiera estado Daniel Scioli.

Mauricio Macri ha logrado convertirse paulatinamente en un ser despreciable, no sólo por sus fracasos políticos y deportivos, sino por sus bajezas morales, plasmadas en sus dichos sobre los pobres de hoy que, a su entender, cuentan con más beneficios que los reyes de ayer. Se ubica así en el lugar de un nuevo rico con toda la soberbia y la arrogancia del analfabetismo que este tipo de personajes siempre demostró tener en nuestra historia.

La confrontación entre las pocas industrias que quedan, la baja del dólar, la apertura indiscriminada de la importación, el ominoso pacto con EEUU y la debilidad frente a la invasión de productos chinos que van destruyendo sin limites nuestra capacidad industrial nos someten a una situación realmente patética, al tiempo que arrasan con la expresión de nuestra más sólida fuerza laboral.

Los economistas de distintas escuelas describen la coyuntura presente como de difícil salida y, paradójicamente, son los más cercanos al pensamiento liberal quienes más dificultades ponen al definir con claridad que una inflación sin consumo es la peor situación que puede sufrir una sociedad. Por su parte, gobernadores y legisladores de diferentes tendencias políticas, incluido el peronismo, van acomodando su voto a las necesidades de sus provincias o, en muchos casos, a las propias, mientras no existe hasta el momento ninguna lógica que le otorgue a la oposición el lugar de alternativa política a la profunda crisis actual. Ya las encuestas marcan la baja de adhesión a la figura presidencial, y la cantidad de desocupados y endeudados, dupla atroz que sufren los más vulnerables, van lentamente quitando solvencia al proyecto de Milei, quien podrá pronunciar un discurso en el Parlamento plagado de promesas que sin duda no se reflejan ni remotamente en las expectativas de la sociedad.

Suelo recordar el concepto del sociólogo, economista y filósofo francés del Siglo XIX Vilfredo Pareto: “La historia es un cementerio de élites”. Y si hay algo claro es que nosotros carecemos de dirigencia en el campo político, empresarial y hasta intelectual. Vivimos un lamentable momento de ausencia de talento.

La frase inicial de Osvaldo Pepe, en su brillante nota, es “no me peguen que soy jubilado”, dura síntesis del abandono de nuestra sociedad a ese sector pasivo que fue el eje de nuestra mirada solidaria. En alguna medida, demuestra que los últimos gobiernos cayeron en el mismo error. Esta última ley, denominada con el eufemismo “Modernización laboral” crea el FAL que, como el periodista plantea, lleva casualmente el nombre de un arma, y consiste en la utilización de los ahorros de los jubilados para que los grandes sectores económicos no tengan que invertir su dinero en el pago de las indemnizaciones de los obreros a quienes expulsan. ¿Qué es sino un gesto miserable entregar el dinero de los humildes a la voracidad de los triunfadores?

Se cumplieron esta semana 80 años de la asunción del Peronismo como resultado de las elecciones limpias de 1946. Fueron diez años en el poder con la creación de una industria y la existencia de plena ocupación en nuestra sociedad, entre tantas conquistas sociales. De ese pasado, el antiperonismo, es decir, el conjunto de aquellos que solo se enceguecen en contra de lo esencial, la dignidad de los humildes, no tienen hoy -como no tuvieron jamás- otra propuesta que la pobreza, el egoísmo y la crueldad formulados y representados con cinismo por el presidente Milei y los suyos, propios y advenedizos circunstanciales y oportunistas.

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