La Cuaresma nos llega este año en una Argentina que ya conoce de memoria el significado de la privación. Mientras el calendario litúrgico invita al ayuno voluntario como un ejercicio del espíritu, para millones de compatriotas las privaciones no son una opción mística, sino una gimnasia diaria de supervivencia. Estamos atravesando nuestro propio desierto, uno de bolsillos flacos y metas que parecen alejarse a medida que caminamos.
Sin embargo, en este escenario de ajuste y sacrificio forzado, asoma un hambre mucho más voraz y dañina que la falta de plata: la intolerancia.
El ayuno y la abstinencia de carne, tan característico de este tiempo de cuaresma estaban vinculados a bajar la agresividad. Si no ingerías carne, estabas más débil para levantar una espada y matar a tu enemigo. En los tiempos de dietas y comidas sanas hay muchos entre nosotros que se privan porque el salario no les alcanza. Sin embargo, otros bien alimentados se sientan diariamente al banquete de la agresividad. Pareciera que, ante la escasez de lo material, nos hemos sobrealimentado de indignación. El ruido en las redes sociales, el grito en el tránsito y la descalificación inmediata del que piensa distinto se han vuelto nuestro menú principal. Trabajadores que se quejan de que perdieron el trabajo cortando una autopista e impidiendo que otros trabajadores lleguen al suyo.
Hoy, el verdadero desafío cuaresmal para el argentino no es privarse de un bife el viernes. El sacrificio que realmente nos transformaría como sociedad es imponernos una dieta estricta de soberbia y una abstinencia urgente de esa violencia verbal que nos impide reconocer al que camina al lado.
¿De qué necesitamos vaciarnos?
La metáfora de los 40 días en el desierto habla de una limpieza, de quedarse solo con lo esencial. Quizás este tiempo de crisis sea la oportunidad para preguntarnos qué es lo esencial en nuestro trato con el otro.
¿Es posible practicar una “austeridad de palabras” antes de lanzar un insulto digital?
¿Podemos ayunar de esa necesidad tóxica de tener siempre la razón?
De nada sirve el sacrificio económico si no va acompañado de una desintoxicación del espíritu. Es mucho más fácil dejar de comer carne que dejar de odiar a quien votó distinto. Pero es precisamente ahí, en la moderación del carácter y en la templanza del juicio, donde reside la única salida saludable de nuestro desierto colectivo.
La Cuaresma no es un fin en sí mismo, sino una preparación para una transformación: la Pascua. Si logramos transitar estos meses con un poco más de silencio reflexivo y menos ruido confrontativo, quizás lo que “resucite” no sean solo los indicadores económicos, sino una convivencia más sana.
En un país donde el ajuste nos ha quitado tanto, no permitamos que nos quite también la humanidad de mirarnos a los ojos sin rabia. Al final del día, el ayuno más difícil —y el más necesario— es el de nuestra propia intolerancia.