Durante décadas, la vulnerabilidad fue interpretada como una señal de debilidad. Sobre todo en el mundo profesional, mostrarse inseguro, admitir un error o expresar una emoción podía percibirse como una falta de carácter, preparación o autoridad. En el plano personal, el mandato cultural también era claro: ser fuerte, resistir y no mostrar fisuras. Sin embargo, este paradigma está cambiando. Hoy, la vulnerabilidad ya no es vista como una falla, sino como una habilidad indispensable para el desarrollo humano, el liderazgo y la construcción de vínculos auténticos.
La investigadora Brené Brown, profesora de la Universidad de Houston y una de las referentes mundiales en el estudio de la vulnerabilidad, la define como “la incertidumbre, el riesgo y exposición emocional, siendo cuna de la alegría, la creatividad y la conexión humana”, características necesarias y hasta indispensables para transitar los tiempos modernos.
Entonces, lejos de ser una debilidad, ser vulnerable es todo aquello que nos permite a las personas crecer, liderar y construir relaciones significativas con el coraje de enfrentar momentos turbulentos, hasta de sufrimiento. Pero este cambio de mirada es particularmente relevante en el ámbito organizacional, ya que durante muchos años se pensó y diseñó un modelo de liderazgo dominante que estuvo asociado a la certeza y el control. Se esperaba que los líderes tuvieran todas las respuestas, no mostraran dudas y mantuvieran una imagen de fortaleza permanente. Sin embargo, este enfoque ha demostrado ser insuficiente en contextos complejos, cambiantes e inciertos como los actuales.
Hoy, las organizaciones necesitan líderes capaces de reconocer lo que no saben, de pedir ayuda, de escuchar y de aprender. La vulnerabilidad, en este sentido, se convierte en una condición necesaria para el aprendizaje y la adaptación. Un líder que puede decir “no tengo todas las respuestas, pero podemos encontrarlas juntos” no pierde autoridad; por el contrario, construye confianza. La confianza, como demuestran múltiples estudios, es el principal predictor del compromiso, la colaboración y el alto desempeño en los equipos.
La vulnerabilidad también es clave para la innovación. Innovar implica intentar algo nuevo, y todo intento conlleva la posibilidad de error. En culturas donde el error es castigado, las personas tienden a protegerse, a no arriesgar y a repetir lo conocido. En cambio, en entornos donde la vulnerabilidad es aceptada, las personas se animan a proponer ideas, a experimentar y a aprender. Tener el coraje de enfrentar estas situaciones es la clave.
Entonces, aquí otra resignificación. Durante años, nos contamos la historia de que si tenías coraje no eras vulnerable, o si eras vulnerable entonces no tenías coraje. Esta historia llegó a su fin. No se puede ser vulnerable si no tenés coraje; y tener coraje, implica ser vulnerable sí o sí.
La vulnerabilidad es la base de las relaciones profundas y significativas, y para diseñar y habitar estas relaciones se necesita coraje. Las conexiones humanas auténticas no se construyen desde la perfección, sino desde la honestidad. La honestidad con uno mismo y con el otro requiere siempre de humildad y coraje. Poder expresar lo que sentimos, reconocer nuestras limitaciones y mostrarnos tal como somos es lo que permite construir vínculos basados en la confianza y el respeto mutuo.
El desafío, entonces, no es eliminar la vulnerabilidad, sino aprender a habitarla de manera constructiva. Esto implica cambiar la narrativa cultural que durante años asoció vulnerabilidad con debilidad, y comenzar a entenderla como una fuente de coraje, aprendizaje y crecimiento.
En un mundo donde la incertidumbre es la nueva norma, la verdadera fortaleza no reside en tener todas las respuestas, sino en la capacidad de hacerse preguntas, de aprender y de construir junto a otros. La vulnerabilidad, lejos de ser una amenaza, es el punto de partida para el desarrollo personal, el liderazgo efectivo y la construcción de organizaciones más humanas y sostenibles.