
Como un remake de la célebre obra de Mary Shelley, Frankenstein, la nueva y premiada película Pobres Criaturas protagonizada fantásticamente por Emma Stone en versión femenina de aquel famoso engendro monstruoso, nos introduce en un mundo terrorífico, distópico y bizarro (estilo comedia negra), donde la protagonista regresa a la vida pero con un nuevo cerebro, el de un bebé que ella misma gestaba en sus entrañas.
Un experimento loco y truculento, propio de un émulo del Dr. Frankenstein que si no fuera, en el caso de este filme, por el talento, carisma y la belleza de la afamada actriz ganadora del Oscar por este papel, sumado al tono de comedia, no dejaría de impresionarnos y horrorizarnos.
Este experimento repito, trasladado al campo de la política como metáfora, es el gobierno de Milei. Ciertamente, la calificación de “neoliberalismo Frankenstein” - como ya lo expresé en otra columna hace tiempo-, fue desarrollado por la politóloga americana Wendy Brown. Un típico gobierno neoliberal con un feroz ajuste ultraortodoxo en términos económicos, sumado a un rancio conservadurismo casi medieval en términos políticos e individuales, que poco tienen que ver con las tradiciones que Milei en su relato dice defender.
En estos tiempos delicados, difíciles, peligrosos, violentos y al mismo tiempo bizarros en el orden global, no hay que escandalizarse ante un patrón que llegó para quedarse en las sociedades.
¿Cómo gobierna Milei? Más allá de lo especial o brutal del estilo, lo hace acompañado de un amigo invisible (Conan), enfrentando a un enemigo que no existe más (el socialismo), y a otro más visible que con sus virtudes y defectos es la construcción humana que llegó para reemplazar a las monarquías absolutas: el Estado moderno.
Pero lo importante son las políticas o medidas de gobierno, y si ellas van a resolver los problemas de Argentina y los argentinos. El marco teórico de las ideas que se intentan llevar adelante son más propias del siglo XIX o previas al desarrollo post Segunda Guerra Mundial. A la vez, se aplican con “barbarismo tecnocrático” que ignorando costo social alguno. Con brutalidad conceptual, crueldad y deshumanización de la política, respaldado con “fakes y redes”, avanza con el objetivo de ordenar la macroeconomía: en principio bajar la inflación y llegar al déficit “0″ o, si es posible, superávit fiscal.
Con el objetivo -bajar la inflación y terminar con el déficit-, estamos de acuerdo y es una demanda social que claramente hoy no podemos soslayar. Pero no con las formas. Con ese plan el gobierno ha devaluado la moneda, liberado precios, desregulado servicios mientras los salarios han quedado estancados. La caída del poder adquisitivo, el aumento de la pobreza, la recesión consecuencia de la caída de la actividad económica, entre otras cosas, tienen como objetivo que vaya bajando la inflación después del gran salto de los últimos tres meses que además provocó un aumento en la concentración de la riqueza en los cuatro vivos de siempre que manejan los diferentes rubros que consumen los argentinos.
Con respecto al déficit “0″ y al aumento de reservas, en realidad la llegada al superávit fiscal se llegó con el mismo presupuesto del año pasado sin actualizar, recortes en Salud, Educación, Seguridad Social, subsidios, despidos masivos, no pago de energía ni tampoco de otras importaciones. La pregunta es sobre la sustentabilidad de todo esto.
Es cierto que sin ordenar la macro no se puede. Está en discusión como se intenta hacer. Ahora bien, con la macro sola no alcanza. Nadie se ocupa de la microeconomía. La caída de la actividad económica, el aumento de los despidos no sólo en lo público, el cierre de las pymes, la caída de la recaudación por la recesión ya ha demostrado en otros tiempos que este modelo fracasó. También es cierto que estos gobiernos cambian inflación por desempleo. Según sus teóricos una desocupación de arriba del 15% mantiene a raya la inflación. Veremos pronto esos resultados.
El Estado es el otro enemigo del gobierno. Con la cuestión cada vez menos creíble de la “casta” vemos aumentos de sueldos en el Senado, en la secretaría general, de 70 millones en YPF, mientras en un “gobierno liberal” no se permiten negociar paritarias libremente a los sindicatos. Ni hablar de la delegación del gobierno en intereses privados, como el “caso Galperín”, o los conflictos de intereses de funcionarios de la administración que vienen de los grandes grupos empresarios.
Se intenta desmantelar el sistema sobre el que se estructuró la sociedad argentina; la salud pública, la educación pública y la seguridad social. Al mismo tiempo, con la paralización de la obra pública se mata la actividad económica y el empleo directo e indirecto derivado de ella. El daño que el gobierno está haciendo al Estado nacional, que además está muy mal gerenciado -por improvisados-, como también a las provincias, es comparable al de tirar abajo una casa porque hay problemas en una habitación, la instalación eléctrica o hay pérdidas en el techo.
La verdadera necesidad es la de tener un Estado profesional, eficiente, ordenador, transparente con un régimen fiscal progresivo y concentrado en actividades necesarias y estratégicas, pero no terminar con el Estado y que rija la ley de la selva donde se salva solo el que cuenta con muchos recursos.
Otro eje a remarcar, entre muchos, es la desopilante política exterior del Gobierno. No se puede entender la ruptura de una tradición regional y continentalista, agrediendo de manera indistinta a los vecinos de Chile, Bolivia, Brasil, Uruguay o Colombia. Sólo con el dogmatismo religioso/ideológico del presidente se explica la posición tomada ante el delicado conflicto en Medio Oriente en un alineamiento con el Estado de Israel que jamás nuestro país tuvo.
Que se condene la acción bélica de Irán no exige ponerse en la primera línea para la guerra. Nadie lo pide. Ni una palabra del desastre con la matanza en Gaza. Lo mismo el ataque a China cuando todos sabemos cómo funciona el capitalismo a nivel global en general, y el intercambio comercial argentino en particular. La adhesión a Estados Unidos sin condiciones, con el ridículo tratamiento a una funcionaria de 4ª línea es innecesaria cuando nuestro país venía llevando un vínculo serio y de respeto mutuo. Ni hablar de los aviones de Dinamarca o la postura friendly ante la nación usurpadora, con admiración a Thatcher incluida, de nuestro territorio de Malvinas.
Lo cierto es que frente a todo esto el Milei libertario no existe más. Un nuevo diseño de sociedad está en marcha. Con la lógica de Frankenstein, también su brutalidad. Como a su vez sabemos cómo suelen terminar estos experimentos. Destrucción de lo que queda de la clase media, pauperización aún mayor de la forma de vida de la población, mayor precarización laboral y aumento de la desocupación. Desmantelamiento de los sistemas de protección, concentración de la riqueza, reprimarización, destrucción de las pymes y el aparato productivo y mayor financiarización de la economía.
El costo de bajar la inflación (en caso de que se logre) y terminar con el déficit fiscal, ambos objetivos con los que acordamos no con la forma, será muy alto y destructivo para los argentinos, que parafraseando a la película ya pasamos a ser las Pobres criaturas. Y tal como han sido los experimentos del Dr. Frankenstein, es difícil que terminen bien.
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