Visión geopolítica del “Problema de los Tres Cuerpos”

Aumentar los grados de libertad estratégica o de autonomía geopolítica, debería ser la mejor opción para todos

Compartir
Compartir articulo
Escena de la serie "El problema de los tres cuerpos"
Escena de la serie "El problema de los tres cuerpos"

La exitosa serie de Netflix resulta interesante de analizar. Se basa en un antiguo debate de las ciencias física y astronómicas, sobre la resolución matemática del problema de la mutua atracción gravitacional de dos cuerpos, que se complejiza muchísimo cuando son tres o más. Se ocuparon del tema los destacados científicos franceses Charles-Eugène Delaunay (1816-1872), Pierre Simón Laplace (1749-1827) y Henri Poincaré (1854-1912). Sus estudios se concentraban en desentrañar y prever las posiciones orbitales, velocidades y eclipses del Sol, la Tierra y la Luna. Se consideraba que los dos cuerpos de mayor masa interactuando creaban un sistema estable, en equilibrio y que el tercero producía una perturbación que tendía inicialmente a la inestabilidad y, finalmente, a un movimiento caótico. Aplicaciones científicas de la teoría del caos hoy se aplican al clima, al tránsito, a las epidemias, a la bolsa de valores, a las relaciones sociales y geopolíticas; una especialización de la guerra cognitiva utiliza la agnotología, el estudio de los efectos producidos por las fake news, culturalmente inducidas, mediante la publicación de datos políticos erróneos o tendenciosos. El mundo real es sin duda muy complejo, sin las linealidades o simplezas con las que nuestras mentes desearían confortablemente interactuar, y con las cuales pretendemos ingenuamente decidir sobre problemas presentes o futuros.

En el año 2006, el ingeniero informático chino Liú Cíxīn (1963-) incursionó en una novela de ciencia ficción alla china, dándole un innovador brillo cosmopolita a la China moderna, en plena expansión tecnológica, y apartándose del antiguo relato político del materialismo dialéctico con que Mao Zedong había “ordenado” el mundo chino. Su enfoque realza el papel de China en el mundo del futuro, en el cual continúan las guerras del presente, pero ahora contra civilizaciones alienígenas, en una especie de guerra irrestricta interespacial, en que cada mundo oculta su ubicación, porque en esa ley de la jungla se ataca a los que exponen su posición (cualquier similitud con los ataques cibernéticos actuales, no es casualidad). La trama cuenta de una civilización que vive en un planeta no tan lejano, con un sistema de tres soles, lo que la vuelve altamente inestable y con cataclismos, que decide marcharse y conquistar la Tierra. ¿Por qué será que los humanos están tan desesperados por crear bases de asentamiento en Marte o la Luna?

Si bien la versión china tiene ciertos recortes a la crítica que se hace de la Revolución Cultural maoísta (1966-1976), en la serie de Netflix, ésta se la magnifica con la muerte de un destacado académico que defiende hasta su último aliento sus verdades científicas, lo que el régimen de la “Banda de los Cuatro” no toleraba. El mensaje político de Liú es que los chinos son los héroes que salvan al mundo, y que, coherente con la tradicional visión cultural china, donde la comunidad está por encima del individuo, éstos deben estar dispuestos a sacrificarse por la sociedad y por la Patria, en caso necesario. Visión ampliamente aceptada por el pueblo chino y opuesta a la concepción individualista occidental.

Con amplia libertad investigativa resulta interesante, a nivel geopolítico, correlacionar la actual guerra cultural y política entre diversas civilizaciones, tomando en cuenta tanto la propuesta del libro como las conclusiones científicas, en cuanto a que los sistemas humanos se vuelven difíciles de controlar y entran en inestabilidades cuando las constelaciones entre los “cuerpos o poderes” son más de dos. Sin duda, las potencias parecen reaccionar automáticamente en esos casos, intentando generar las condiciones para llevarlas nuevamente a un equilibrio de poder binario; pero eso no resulta tan fácil como puede apreciarse en la realidad.

Tanto en la I GM como en la II GM (dos guerras civiles europeas), la situación mundial se caracterizaba por tener tres cuerpos o bloques de poder, dos en Europa y otro en EE.UU. En ambos casos eran mundos en transición y, por lo tanto, bien inestables. En la I GM (1914-1918), la Triple Entente (Francia, Gran Bretaña y Rusia) era desafiada por la Triple Alianza (Alemania, Austria-Hungría y los Otomanos). Las batallas eran eternas y ambos bloques seguían sin vencerse mutuamente hasta la entrada de EEUU tres años después (1917), quien desequilibró la balanza. En la II GM (1939-1945) combatían los Aliados (Francia, GB, Unión Soviética) con las Potencias del Eje (Alemania, Italia y luego Japón). Recién tres años después, en diciembre de 1941, EE.UU entra formalmente en guerra y define la situación a su favor. Hasta los comunistas de Stalin formaron un bloque con los capitalistas de GB y EEUU. EEUU no entró inicialmente en ambas guerras para dejar desgastar a sus enemigos (y a sus aliados), y llegar en el momento justo para definir el resultado final en que, apoyando a uno de los otros, vencen al tercero en discordia, logrando así un nuevo equilibrio, estable, aunque transitorio. Finalmente se conforma la Guerra Fría (EEUU y la Unión Soviética), dos bloques que dieron una cierta estabilidad duradera al mundo, aunque los conflictos armados se desplazaron hacia los confines o periferias imperiales (Vietnam, América Latina). Al implosionar la Unión Soviética, el poder hegemónico de EEUU impone sus reglas, aunque sutilmente el Poder Financiero globalizador juega sus cartas y contribuye, inadvertidamente, a un nuevo desequilibrio: el enorme desarrollo de China, un tercer poder, enmascarado hasta ese entonces.

En la situación actual tenemos un sistema nuevamente inestable de tres “cuerpos” o poderes del futuro: China, EEUU y el tercero es Rusia, la nuclear, que se niega a abandonar su influencia global. Son tres cuerpos en tensión por sus diferencias civilizatorias, con tradiciones y valores históricos sociales diferenciados, con poderes económicos, militares y nucleares destacados, cuyos respectivos proyectos nacionales parecen tener objetivos futuros bastante disímiles. Sus sistemas políticos no son comparables y sus dirigentes tienen personalidades con perfiles personales y aparatos gubernamentales diferentes y complejos. Sumemos la presencia en acto de otros “cuerpos y potencias” intermedias y nos da el marco teórico de un mundo caótico y multipolar, sin posibilidades de pacificación posible. Desde la realpolitik, solo un verdadero equilibrio de poderes geopolíticos podría garantizar reglas de juego estables que permitan dar vida a un nuevo orden mundial.

Apliquemos un razonamiento lógico de seguridad nuclear a la interacción entre los “cuerpos o potencias nucleares”. Durante largas décadas hemos vivido con el DMA (Destrucción Mutua Asegurada); cualquiera de las dos potencias (EEUU y Unión Soviética) con 1500 ojivas nucleares cada una, ante cualquier ataque inicial, inclusive sorpresivo, podría haber sido respondido contra el otro y la destrucción mutua estaba garantizada. Por eso nadie atacó y hubo paz nuclear, documentada a través de acuerdos de no proliferación y limitación del arsenal nuclear.

Pero cuando hay tres potencias nucleares que se disputan el poder global, cabe la posibilidad que dos de ellas podrían eventualmente aliarse en el futuro contra la restante y en consecuencia, para sobrevivir, ésta última debería aumentar su capacidad de respuesta nuclear. En ese caso, las otras dos, ante las incógnitas de futuro, podrían seguir el mismo camino. Ese círculo vicioso armamentístico, por error o accidente, podría no tener un final feliz. Lamentablemente, en los días actuales, los chinos siguen incrementando su arsenal nuclear y los rusos y norteamericanos están dejando sin renovar los tratados de limitación anteriormente firmados. Aumentan, sin duda, los riesgos.

Definitivamente cuando coexisten tres potencias estratégicas (EEUU, China y Rusia) y, más aún, con la presencia activa de otros actores regionales en plena expansión (India, Irán, Arabia saudita, Israel y otros), la situación global tiende a volverse más impredecible y la resolución de los conflictos se hace extremadamente compleja. Deliberadamente dejé de lado a Europa, analizado en detalle en artículos anteriores, porque ha dejado de ser un “cuerpo” que compita en forma independiente. Desde la II GM y la creación de la NATO, ha quedado supeditada a seguir las decisiones estratégicas de EEUU. La actual ruptura del virtual eje Moscú- Berlín no permite predecir que se constituya en un cuarto “cuerpo” que interactúe en las complejidades actuales.

El camino hacia una bipolaridad de poder (EEUU-China) no parece ser hoy una opción factible que simplifique el futuro. Por lo tanto, dejarse llevar por una alineación automática de cualquier signo, no parece aconsejable. Las potencias parecieran querer ganar “adhesiones” de países a sus causas para sumar masa crítica y así mostrar, con el volumen de adherentes, que son mejores las verdades “ideológicas” que defienden, pero la realidad es que, detrás de esa “farsa” procuran obtener beneficios materiales (materia prima estratégicas, energía y otros) o virtuales (guerra cognitiva) para obtener ventajas sobre otras potencias. Es como si se hiciera boxeo, pero escondiendo que se hace con las reglas del TEG, porque no se trata de ganar por puntos, sino de acumular poder real para derrotar al contrincante.

Aumentar los grados de libertad estratégica o de autonomía geopolítica, debería ser la mejor opción para todos. La civilización descripta en la novela de ciencia ficción escrita por Liú Cíxīn termina huyendo del planeta de los tres soles y parte hacia la búsqueda de una opción estratégica diferente. El mundo actual trata de huir de la encerrona de los poderosos que quieren dominar al conjunto, vía el fraccionamiento de las sociedades, el desplazamiento violento de los pueblos, el apoderamiento incontrolado de los recursos naturales o energéticos, las acciones contra las minorías y contra el patrimonio cultural de cada pueblo. Así son las acciones que tienden al dominio irracional de los poderosos y queden deberían ser rechazadas. En las circunstancias actuales se necesita una gran dosis de inteligencia estratégica y de cierta suerte para navegar un mundo geoestratégicamente caótico. Un mundo que necesita más unidad nacional y menos sumisiones externas.

Consultor de riesgo geopolítico