
El avance de las neurociencias en el estudio del sistema nervioso, tales como redes neuronales, médula espinal y la estructura del cerebro, ha llevado a comprender de qué manera las emociones, los pensamientos y las conductas pueden crearse y ser “controladas”. La reacción natural del cerebro produce estímulos emocionales y el cuerpo refleaja las emociones y los pensamientos. Ahora bien, de acuerdo a la conducta repetitiva de la persona, el cerebro se adapta, sean éstas buenas o malas.
Es el sistema límbico, el cerebro emocional, una de las redes de neuronas más importantes del cerebro en el que se encuentran estas respuestas emocionales, en particular las conectadas con la supervivencia o las emociones más primitivas (complejo reptílico), tales como el placer, el miedo y la ira.
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En este sistema se localiza la amígdala, en los lóbulos temporales, regulando las sensaciones y manejando las emociones.
Cuando se dispara una emoción primitiva, por ejemplo, el temor, ese estímulo recepcionado en el tálamo no alcanza a hacerse conciente (lo conciente se desarrolla en la corteza cerebral) y se dirige directamente a la amígdala, en la que se almacena y procesa las emociones positivas o negativas sean concientes o no.
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Entonces, ¿qué sucede con los procesos cerebrales de un corrupto?
Es interesante poder afirmar que en el cerebro de un corrupto, una parte significativa de estímulos de redes neuronales, sencillamente, no les funciona o les falla. Sin embargo, ser corrupto es una decisión que poco a poco se hace costumbre.
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La actividad cerebral del corrupto se debilita de manera gradual y deja de reaccionar ante cada acto deshonesto, o delito, o corrupción. Por lo que, ante mayores actos corruptos, la amígdala deja de re-accionar, los estímulos emocionales que debería disparar, como el de incomodidad frente a lo que ésta mal, se debilita y gatilla un proceso de menor resistencia emocional. Como esa parte no funciona, se naturalizan los actos corruptos, hasta el punto de justificarlos y considerar que son normales, perdiendo los escrúpulos, y acentuando los comportamientos indecorosos y reprochables, contrario a las normas.
La incomodidad de una persona a la que le funciona todo el cerebro frente a un acto deshonesto es intensa, porque neuronalmente reacciona. Los corruptos pierden la sensibilidad de esos estímulos y peor aún, se acostumbran a vivir así, siendo incapaces de expresar emociones empáticas y de percibir cómo sus actos perjudican a otros.
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La persona corrupta no se despierta un día decidiendo bloquear la función de su amígdala cerebral, padecen el síndrome de la rana hervida, comienzan su camino corrupto con pequeños actos, y poco a poco desarrollan daños que no son fáciles de percibir inmediatamente porque se producen en el cerebro, afectando hasta su propia conciencia, mas no el discernimiento. El corrupto confía en su impunidad, no importa si es un político, un juez o alguien de una empresa que está habituado a llevar a cabo actos de corrupción. Confían porque, al no haber ningún tipo de sanción o de justicia hacia su acto delictivo o corrupto, tiene fe en que siempre va a ser así porque su mecanismo neuronal los lleva a ese estímulo de impunidad. Lo llamativo es que la corrupción se sostiene por la tolerancia social.
La tolerancia también es producto de un mecanismo cerebral. El hecho de que la sociedad sufra cierto adormecimiento, también genera responsabilidad frente a la corrupción. Todos somos responsables de nuestras decisiones, y también somos responsables de lo inconsciente, esto implica el no hacer nada contra la corrupción por creer que como el sistema está viciado, de nada valdría actuar, denunciar.
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La conciencia deriva indefectiblemente en responsabilidad; entonces, a mayor conciencia, ¿menos corrupción?
Está aún en ciernes la comprensión absoluta del funcionamiento del cerebro, porque este es un universo en sí mismo. En esta instancia, la posibilidad de identificar la estructura de un corrupto con relación a las neurociencias tiene su fundamento en la parresia, estrictamente en responsabilidad moral con base ética.
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Por ello, el derecho es una garantía para el cumplimiento de las responsabilidades morales, y son los jueces quienes resuelven problemas morales con herramientas jurídicas.
La pregunta que todos nos hacemos es: ¿están los fiscales y jueces preparados neuroéticamente para combatir la corrupción?
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