
Javier es el mismo de siempre. Pese al nuevo contexto, y a la responsabilidad de la hora, sus modos y esencia no se alteraron.
El consenso le genera tanta aversión como los impuestos. Y nota que el diálogo en la política es más una mácula para ocultar acuerdos non sanctos que una herramienta para solucionar los problemas de los argentinos.
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Reniega de ellos, y sobre todo cuando más se lo piden. Esto es lo importante. “Hagamos cuentas”, espeta a su interlocutor. Toma uno de sus dos teléfonos, abre la calculadora y enseguida brotan los resultados.
“Ves, casi no hay brecha cambiaria”. Suma el 17% del Impuesto País al dólar oficial y lo compara con el paralelo. La diferencia es de 6%. “Nada”.
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Su obsesión por los números es manifiesta. Quiere hablar de economía y de la batalla cultural. La rosca, parece, lo aburre. No es lo suyo. Tampoco las cuestiones judiciales.
Milei no dejó de ser Milei para ser Presidente, y ahora tampoco que lo es. Viste igual, saluda igual, pide más veces permiso que la mayoría de los mortales, agradece dos veces cada cosa, y acerca las disculpas, aunque éstas no sean necesarias. Pifia, obvio que sí. Como cualquier ser humano.
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Gran parte del personal de La Rosada y de Olivos lo recibe con una sonrisa. Son modos impensados. Algunos lo comparan con el primer Menem. “A veces Carlos comía con nosotros en la cocina”, recordó un mozo ya jubilado. Otro cuenta cómo servía uno de los espumantes más costosos en almuerzos y cenas en el pasado reciente. Ahora hay agua.
Parte de la familia del ex presidente rodea, en varias líneas, a Milei. Una foto del riojano más famoso secundado por los Stone está en un lugar privilegiado de su despacho en la Casa Rosada. Es la ya icónica imagen del mandatario con traje claro, que concita más atención, que un tal Mike Jagger, Richards, Wood y Watts, que lo rodean con amplias sonrisas en Olivos.
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Milei admira a ambos. Pero sobre todo a los Stones. Tanto es así, que de chico seguía los recitales de Juanse y sus Ratones. “Era lo más parecido que había por acá”, deslizó en alguna entrevista.

El Presidente ama tanto el rock como la ópera. Aunque hubo algunos contactos por parte de la artista, no escucha a Lali Espósito. Lo dijo públicamente. En La Rosada dan como cerrado ése capítulo. Pero nadie está arrepentido de nada, al menos en el círculo presidencial.
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Milei elige a sus enemigos. No es casual que haya publicado una encuesta de la Universidad de San Andrés en la cual se muestran a los grupos con mayor rechazo social: sindicalistas, políticos, piqueteros.
Ahí dirige todos sus dardos. No es casual. Hay convencimiento al respecto, pero también una estrategia. En el Gobierno se dieron cuenta de que el rival es la historia reciente, no una persona en particular. Y que si Milei nombra a alguna es como instrumento para favorecer la divulgación y penetración del mensaje.
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“Se entiende más si nombra a Lali, que a Gramsci”. Es por ahí.
La política tradicional no entiende a Milei porque sus modos no son tradicionales. Quizás por eso ganó. “¿Por qué habría de cambiar ahora?”, se preguntó una persona que frecuenta “la nueva” Rosada.
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El razonamiento es simple: porque ahora es el Presidente. Y debe administrar. Pero Milei no parece haber nacido para ubicarse en los cánones de lo políticamente correcto. O convencional. Quien crea que va a cambiar, es porque no lo conoce. Simplemente es así.
Pero también es plástico para otras cuestiones, como con Patricia Bullrich o El Papa. Todavía sigue conmovido por el tiempo que le dispensó Su Santidad. Su rabino y futuro Embajador en Israel, Axel Wahnish, le dijo a Francisco: “Acá está, se lo devolvemos”. El Papa retrucó: “Quedatelo”. Todos sonrieron.
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Ese pragmatismo también se vislumbra en parte de su gestión. No habrá batallas que no se puedan ganar en el Parlamento, al menos es lo que se planifica en estos días. Ergo: quedará para más adelante la reforma laboral. Es decir, para cuando estén todas las manos. No hay calculadora que pueda brindar un resultado al respecto, pero quizás el Congreso 2025. Quizás. Todo dependerá de varios factores, pero básicamente de la economía.
Por muchas razones teóricas y empíricas, en el Gobierno están convencidos de que el rumbo es el correcto, y también porque “no hay otra”. Lo dijo en on el propio Milei.
Hay proyecciones sobre el levantamiento del cepo, vinculadas con esa paridad cambiaria, con la recuperación de dólares (más de 7 mil millones) y la licuación del circulante en pesos. Para el FMI, junio sería una buena fecha. Pero en La Rosada nadie quiere hablar del segundo semestre. Nadie.
Los errores del pasado están muy presentes en la actual gestión, por ello es que todo lo vinculado con Macri tiene que ver con una construcción más a futuro, que a repartir cargos. La lógica política indica, tanto por convencimiento como por decantación, de que se produzca una fusión. Es hasta natural.
Quizás por ello, en el Gobierno muchos colocan a Cristina en el club de los que “la ven”. No fueron casuales sus dos escritos. La lectura es esta: si afloja la inflación y se recupera (en parte) la economía, nadie querrá volver a ese modelo del pasado que tanto combate Milei.
Y Cristina la ve. Algo anticipó Roberto Navarro.
Milei leyó y subrayó al margen cada una de sus 33 páginas de su primer manifiesto. En una anotación, en la cual CFK lo nombraba directamente dos veces, escribió: “Hay amor”. Acaso haya hecho una mueca de sonrisa irónica cuando trazaba la frase.
Milei está convencido de que puede responder siempre que lo ataquen. Dirá a quien quiera escucharlo: “De lo contrario, me ubicaría en una posición de indefensión, y todos somos iguales ante la ley”.
La igualdad ante la ley es una de las banderas de este liberalismo que gobierna. Pero la desigualdad para progresar (o retroceder) en base al esfuerzo, y mérito personal. Es otro capítulo de la batalla cultural.
Hay otro dato que no pasó inadvertido. Cada vez que Milei cruzó a alguien, sus interlocutores levantaron el teléfono: desde gobernadores hasta artistas. Incluso, algunos dicen, que el propio Juan Grabois.
Está claro, la estrategia del Gobierno no es consenso. Y quizás eso quede más en evidencia (si es que falta alguna) en el discurso de apertura de sesiones ordinarias en el Congreso.
El Presidente tiene una premisa: prefiere no mandar nada, a que voten una “ley mala”. Esencialmente por eso voló la desguazada norma de Bases.
Milei puede gustar mucho, poco o nada, pero analizarlo con los ojos del pasado o de la política tradicional, puede llevar a conclusiones disparatadas. Tanto o más, como aquellos que piensan que Milei va a cambiar.
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