Feminista en falta: Taylor, Lali y el peso del poder contra las artistas populares

La polémica con la norteamericana sucedió luego del Super Bowl. Un seguidor de Donald Trump denunció que la NFL había arreglado la final a favor del team del novio de Swift. Y se viralizó. Aquí, fue el propio presidente Javier Milei el que llamó despectivamente a Lali. El uso de las redes y las imágenes con IA para agredir. ¿Por qué el poder ataca a dos jóvenes cantantes?

Compartir
Compartir articulo
infobae

El escándalo estalló el lunes de esta semana, a horas del triunfo de los KC Chiefs en el tradicional Super Bowl disputado en Las Vegas. Para los amantes de las teorías conspirativas fue una profecía autocumplida: la de un podcastero trumpista cuyo nombre –Mike Crispi– era desconocido hasta hace pocas semanas, cuando denunció en sus redes que la National Football League (NFL) había arreglado de antemano el resultado a favor de los Chiefs para hacer propaganda demócrata.

Crispi había sostenido que la cantante Taylor Swift, que vive un promocionado romance con Travis Kelce –ala cerrada del equipo de Kansas–, iba a aprovechar el entretiempo para anunciar su apoyo a Joe Biden de cara a las elecciones de noviembre próximo. No importó que no lo hiciera, la idea ya había hecho su recorrido: según una encuesta publicada el miércoles por The New York Times, uno de cada cinco estadounidenses cree en la conspiración por la que la estrella pop estaría haciendo un esfuerzo encubierto para impulsar la reelección de Biden en detrimento del candidato republicano Donald Trump.

La historia de la desconfianza entre la artista más popular de la década y el ex presidente que reinstaló la renovada fiebre populista de derecha es también la de una desilusión: como Swift saltó a la fama como cantante de música country y además de ser una chica blanca, rubia, hija de un asesor financiero y un ama de casa, por mucho tiempo fue apolítica, ingenua y lavadita, daba perfecto el phisique du rol de una jovencita de la alt right. Tanto, que Trump solía elogiarla en público y hasta pedía que sonaran sus temas durante su campaña de 2016.

El jugador de los Kansas City Chiefs Travis Kelce abraza a su novia, la cantante Taylor Swift tras la victoria de su equipo ante los San Fransisco 49ers en el Super Bowl. EFE/ John G. Mabanglo
El jugador de los Kansas City Chiefs Travis Kelce abraza a su novia, la cantante Taylor Swift tras la victoria de su equipo ante los San Fransisco 49ers en el Super Bowl. EFE/ John G. Mabanglo

Pero, como cuenta en el documental biográfico Miss Americana (Netflix), en 2018, la hasta entonces aparentemente sumisa y disciplinada Taylor rompió con su norma personal de no intervenir en política. Había aprendido desde los comienzos de su carrera, cuando sólo tenía 14 años, que tenía que ser una buena chica. Y que las buenas chicas “sonríen, saludan, dicen gracias y nunca incomodan a la gente con sus opiniones”. Fue la candidatura de la senadora republicana –y antiderechos– Marsha Blackburn en su estado natal, Tennessee, la que la hizo cambiar drásticamente su postura. Blackburn iba a convertirse en la primera mujer en ocupar el cargo, pero se definía a sí misma como una “conservadora hard-core” y se oponía abiertamente a los derechos de la comunidad LGBTIQ+ y a los derechos reproductivos, además de negar los femicidios y la violencia machista.

En Miss Americana, Swift dice que se sintió en la obligación de hablar contra la senadora trumpista –y en última instancia, contra el propio Donald Trump– y de impulsar un aluvión de empadronamientos de votantes jóvenes –hordas de swifties– en las elecciones de medio término que hubo en su país ese año. Aunque Blackburn terminó ganando la banca, la impotencia dio paso –como casi todo en su vida– a una canción que se volvió himno: Only the Young, el tema en el que habla de los y las jóvenes como grandes agentes de cambio, y que los demócratas tomaron como propio con su autorización.

Lo que había sido casi un romance terminó en desplantes públicos que así todo nunca llegaron al agravio por parte del entonces presidente de los Estados Unidos: “Ahora Taylor me gusta un 25% menos”, dijo en su momento. De cualquier manera, bastó con esa disputa abierta para que los seguidores de Trump escalaran cada vez más en sus agresiones en redes contra la artista. Imágenes –incluso pornográficas– realizadas con inteligencia artificial y todo tipo de teorías conspirativas como la de Crispi están hasta hoy a la orden del día.

La cantante Lali Espósito recibió un agravio del presidente Milei durante una entrevista
La cantante Lali Espósito recibió un agravio del presidente Milei durante una entrevista

No hace falta ser muy sagaz para encontrar paralelismos locales, que acá tienen una versión todavía más bizarra: un presidente agraviando en el prime time a una artista popular como Lali Espósito sin que sus interlocutores digan una palabra. Un blanco fácil, como Taylor: una chica que podría ser ingenua y sumisa y sin embargo eligió la indisciplina de tomar partido y opinar sobre la actualidad de su país. Una mujer joven, que también comenzó su carrera cuando era una nena y que evolucionó frente a los ojos de todos de adolescente despreocupada a empresaria y productora de su éxito sin necesitar para eso maridos ni padrinos. Una artista que también representa las banderas que la ultraderecha en el mundo busca desgarrar: los derechos de las mujeres y las disidencias, la libertad de decir y vivir por fuera de lo que se esperaba de ella. La decisión evidentemente costosa de negarse a ser esa “buena chica”. Y la valentía de hacerse cargo, responder con altura al agravio, y hasta invitar al presidente a sus shows.

¿Cuál es la estrategia detrás de un ataque dirigido desde el poder contra un ícono pop? La periodista Shannon Bond se pregunta algo parecido en una columna que publicó hace una semana el sitio de la National Public Radio. En principio, podría parecer contraproducente ponerse en contra de una estrella tan querida, sino fuera porque –como señala la profesora de Periodismo y Social Media de la Universidad de Boston Joan Donovan, consultada para la nota– el negocio de muchas de las figuras en el (oscuro) mundo de los seguidores de Trump es simplemente capturar y monetizar la atención.

“Es una búsqueda de engagement. Cualquiera que esté interesado en Taylor Swift y la NFL querrá ser parte de la conversación online”, dice Donovan. Para ellos, alcanza con que suban las menciones. El éxito del trumpismo y de sus copias más o menos desarrolladas en el resto del mundo, se sabe, se mide en likes. Anoche, mientras muchos nos volcamos a las redes para hacerle sentir a Lali que no estaba sola ante los exabruptos del poder, los memes con su imagen y su apellido intervenidos se volvían virales. La estrategia, después de todo, puede tener nuevas herramientas, pero es tan vieja (y efectiva) como el refrán: “Miente, miente, que algo quedará”. Ese daño, lamentablemente, no tiene vuelta atrás, aunque, necesariamente, debe tener freno.