
Norberto Bobbio, politólogo italiano, escribió hace 40 años El futuro de la democracia, un libro en el que abordaba desde una perspectiva ensayística cuáles eran los desafíos que la democracia como sistema podría llegar a enfrentar en la posteridad. En esa obra magistral, dejó una gran frase: “La democracia no es el gobierno de los mejores, sino el gobierno de todos, con el control de todos sobre todos”.
El significado detrás de las palabras de Bobbio es simple. El sistema democrático nos contiene y asigna roles. El oficialismo se ocupa de gobernar y la oposición, de fiscalizar el acto de gobierno y ofrecer alternativas. Javier Milei todavía no entiende qué significa ser gobierno nacional y, además, menosprecia el rol de la oposición, que no es el enemigo, sino el contrapeso necesario para evitar el abuso de poder y el autoritarismo.
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El Presidente no tiene que confundirse y pensar que, por haber ganado las elecciones en un balotaje, goza de un poder ilimitado. Los gobernadores y legisladores nacionales también fueron electos mediante el sufragio. Todos gozan de la misma legitimidad popular. Además, Milei debe recordar que en Argentina la democracia coexiste con la forma de gobierno representativa, republicana y federal, como bien indica nuestra Constitución Nacional en su artículo primero.
En algunas circunstancias, existen conflictos de interés entre las provincias y el gobierno central, como ocurre en el caso de la suba de retenciones, una medida que favorece la recaudación fiscal de la Nación, pero que perjudica la producción agroindustrial, generando diferencias de criterios y tensiones. También puede suceder que, simplemente, exista una visión diferente del país que entra en conflicto con el ejecutivo nacional. En cualquiera de los casos, no se puede intentar silenciar la opinión disidente. No es una práctica que se corresponda con el ejercicio democrático del poder.
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El cambio de rumbo que Argentina necesita demanda grandes acuerdos. No solo se trata de acomodar las cuentas fiscales, sino que también se debe definir qué tipo de país queremos ser, cómo va a estar orientada nuestra producción, cómo se va a reconfigurar nuestro sistema impositivo, qué tipo de régimen laboral va a regir en nuestro país para incorporar a la formalidad al 40% de los trabajadores que, actualmente, se encuentran fuera del sistema, cuál va a ser el plan para revertir la caída sistemática de la educación media e inicial, cómo vamos a combatir el déficit nutricional de nuestros niños, niñas y adolescentes, entre muchas otras cuestiones.
Si el gobierno quiere contribuir al cambio, debe deponer su actitud intolerante y trabajar a partir de la disidencia para conseguir las mejoras que los argentinos necesitan. No se logra a los gritos, tampoco con insultos por los canales oficiales del Estado y muchos menos persiguiendo opositores con listas negras para el escrache libertario. En tiempos del kirchnerismo, la división era entre el pueblo y el poder real. Hoy, nos quieren dividir entre los argentinos de bien y la casta. Sigue el populismo, cambian las etiquetas.
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Javier Milei debería ocuparse de gobernar y de resolver los graves problemas que aquejan a nuestro país, en lugar de dedicarse a insultar y a descalificar a quienes pensamos distinto. Los radicales somos una oposición responsable y constructiva, que ha defendido siempre los valores de la democracia, la libertad y la justicia social. En definitiva, el desafío que afronta la Argentina es tan trascendental que se requiere de una diversidad de miradas y del aporte de todos porque, como bien decía el dirigente radical Ricardo Balbín, “la democracia se fortalece en la discrepancia. Las unanimidades son caminos al totalitarismo”.
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