Feminista en falta: anatomía de las versiones de una verdad

Anatomía de una caída (2023), la película de Justine Triet que se postula como favorita para los Oscar, cuenta la historia de un matrimonio roto y pone en juicio las miradas unívocas, ¿cómo encontrar realidad en medio del caos de una pareja?

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Sandra Hüller, protagonista de Anatomía de una caída (LES FILMS DE PIERRE)

Pocas veces un guión es tan certero. Sobre todo el guión de la historia de una pareja. Anatomía de una caída (2023), la película de la francesa Justine Triet que ganó la Palma de Oro en Cannes y se anota con varios números de cara a los Oscar es eso: la historia de la caída de un matrimonio, la de una pareja rota de la manera más irreversible. O en realidad, la historia de la reconstrucción de esa historia, que no es una ni unívoca.

Anatomía de una caída comienza con un hombre (un marido, Samuel) muerto en la nieve, junto a su casa. La ventana del altillo está abierta y todo hace pensar que cayó desde ahí, pero es imposible determinar en qué circunstancias (¿Fue un suicidio?, ¿Un accidente?, ¿O es que alguien lo empujó intencionalmente?). Su mujer, Sandra (Sandra Hüller) es una escritora consagrada que estaba en la casa en el momento de la caída, pero quienes lo encuentran son su hijito Daniel (Milo Machado-Graner), de once años, y el perro guía que lo acompaña porque es disminuido visual. La sospecha recae inmediatamente sobre Sandra, que enfrenta entonces un proceso judicial. Para saber si es culpable o inocente no queda otra que escarbar en la intimidad –y en las miserias– de su relación con Samuel.

Pero pronto queda claro que lo que está en juego no es la culpabilidad de Sandra, sino qué narrativa sobre la verdad se impone. Como novelista, el campo habitual de la protagonista es la ficción y ese es el primer choque: se supone que un proceso legal es lo contrario, el método por excelencia para buscar una verdad, la verdad. Pero ya entendimos a los golpes que la verdad es siempre una construcción, y una pareja es quizá el territorio donde esa construcción es más evidente, porque hay dos personas comprometidas con un relato común que sin embargo necesariamente tienen vivencias y perspectivas diferentes.

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En Anatomía de una caída, el relato quiebra prejuicios y todo lo que parece que es cambia de un segundo al otro. Suma en la trama que Samuel sea el que eligió pasar más tiempo con su hijo y hasta hacerse cargo del homeschooling mientras pospone su carrera, mientras Sandra publica un libro atrás de otro y no tiene ni quiere hacerse el tiempo para ocuparse de la casa y la crianza. Suma que sea el varón el que atraviesa las frustraciones que frecuentemente atraviesan a un ama de casa. Porque entonces surge la pregunta, que va a reformularse secuencia a secuencia: ¿El tóxico es el marido que se queja porque no pudo desarrollarse, o la mujer que no quiso ceder y siempre fue dominante?

Anatomía de una caída ganó el Globo de Oro a Mejor Película Extranjera y va por el Oscar

Lo dice la propia Sandra durante el juicio: “A veces una pareja es una especie de caos donde todos están perdidos. A veces peleamos juntos y a veces peleamos solos y a veces peleamos el uno contra el otro, eso pasa”.

A lo mejor lo más difícil, con el tiempo, es no ser el tóxico o el que manipula a un otro al que conoce tanto, a lo mejor lo más difícil es comprender que la rueda de los roles gira y se confunde y todos somos de a ratos el verdugo de la persona de la que (en algún momento, incluso aunque ya no lo recordemos) nos enamoramos: ¿Samuel siempre se sintió culpable o Sandra siempre le echó la culpa? A lo mejor lo más difícil es ver que las dos cosas son (o pueden ser) ciertas.

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Y ese es el otro acierto de la película: con el correr de la cinta, deja de tener importancia si la protagonista es inocente; no hace falta saberlo porque en una pareja todos somos algo inocentes y algo culpables y eso es lo único que está en juicio: las tensiones del matrimonio monogámico, los límites y los permisos, las traiciones, el agobio de la convivencia y el amor que asoma pese a todo eso, la mímica que intentamos repetir en el tiempo como única fórmula de supervivencia.

¿Sería diferente la mirada del espectador si el cónyuge de la cabeza rota contra el hielo fuera Sandra? Traté de imaginarlo y no lo sé, supongo que son los lugares donde estoy en falta: un femicidio me resultaría más fácil de juzgar y condenar, tal vez porque lamentablemente es lo más habitual. O, dicho de otra forma, no me costaría concluir que se trató de un femicidio y por lo tanto esperaría que el juicio resolviera y condenara el hecho, mientras que, puesta a pensar con los mismos elementos a la inversa, prefiero darle a Sandra el beneficio de la duda.

La película francesa es un drama donde los testimonios y las evidencias se entrelazan para revelar profundas verdades familiares (Créditos: Diamond Films)

Y es que Sandra es presentada como una mujer tan dura y ambiciosa como amorosa y honesta. Una mujer a la que ni ser extranjera ni ser bisexual ni ser infiel la incriminan tanto ante el jurado como ser exitosa. Es imposible no solidarizarse con eso y querer escuchar su versión de las cosas.

Desde el comienzo de la película la figura del hijo es clave. Es el tercero que asiste a ciegas al vínculo de sus padres, es testigo y es parte. Desde el comienzo, Daniel busca hilar lo sucedido, entender lo que pasó, descubrir la verdad. Lo que descubre, en cambio, junto con los espectadores, es que eso es imposible. Se lo dice finalmente su acompañante durante el proceso contra su madre: “Todo lo que podemos hacer es decidir”. Decidir lo que funciona para nosotros. Lo que pasó realmente no importa, porque es inasible. Quién tuvo la culpa no importa, porque no podemos saberlo. La verdad no importa, porque no existe. Lo único que importa es en qué ficción queremos creer, sobre que ficción vamos a construir nuestra historia.

Sirve para la pareja, para la vida y para la política: no hay verdades absolutas y las verdades en las que creíamos están rotas, se cayeron. Importa poco quién tuvo la culpa si lo que queremos es reconstruirnos. Se trata, con suerte, de tratar de ser lo más sinceros que podamos y, por una vez, de no subestimar la versión –la verdad– de los otros.

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