El gobierno recibió una herencia marcada por los desequilibrios macroeconómicos. La escasez de dólares en el Banco Central, el crecimiento del déficit cuasi fiscal y la inflación asentada en dos dígitos mensuales bastan como muestra. Es difícil encontrar economistas, más allá de su orientación, con otro diagnóstico. La diferencia siempre estuvo en las soluciones que se proponen para desandar esos desequilibrios.
Durante la campaña la propuesta del Presidente se basó principalmente en recortar el gasto público relacionado con lo que categorizó como la “casta política” y a su vez, dolarizar la economía. Dos soluciones cuya única virtud es su fácil comunicación y entendimiento para aquellos ajenos a los temas económicos. En tanto que reducir un déficit primario de 3 puntos del PIB requiere mucho más que eliminar erogaciones de los funcionarios públicos, un gesto necesario en un escenario de crisis pero lejos de alcanzar para restablecer el equilibrio fiscal. Y al mismo tiempo, tampoco están dadas las condiciones para poder dolarizar, un camino que siguieron pocos países –Ecuador, Panamá o El Salvador por ejemplo– y que nos traería nuevos problemas sin resolver los que ya tenemos.
Sin embargo, Milei desde que fue electo presidente se alejó de ambas premisas para dar señales de un mayor pragmatismo. No designó como presidente del Banco Central a Emilio Ocampo, economista liberal que a su entender le acercó el mejor plan para dolarizar y quien llevaría a cabo la misión de cerrar la entidad monetaria. Finalmente para conducir las políticas económicas se inclinó por la dupla Caputo-Bausili, ambos con un reciente paso en la función pública durante el gobierno de Mauricio Macri y con amplia experiencia en el mercado financiero. Acertadamente, la dolarización y el cierre del Banco Central, aunque sea por el momento, quedaron suspendidas.
Resta conocer si el equipo económico designado va a aplicar un plan de estabilización diseñado por el presidente o si por el contrario llegaron con una propuesta de su autoría. De darse el segundo caso se repite lo que hizo Carlos Memen en 1989 cuando al inicio de su mandato tercerizó el plan de estabilización, en ese entonces en el equipo económico del grupo empresario Bunge y Born.
Por otro lado, Milei empezó a dar detalles respecto al recorte fiscal de shock que aplicará y sinceró que con ajustar a la “casta” no alcanza. El ajuste lo hará el estado pero eso, según sus palabras, evitaría que recaiga sobre el sector privado. Sin tener aún el detalle del programa económico, se puede traducir en que no van a aumentar los impuestos y el equilibrio fiscal se alcanzará por una pronunciada caída del gasto público.
Hoy las erogaciones del estado nacional llegan a 19 puntos del PIB, donde más de la mitad se destina a prestaciones sociales como las jubilaciones, la AUH y los planes sociales. La imposibilidad de llevar a cero otras partidas como por ejemplo la obra pública -la infraestructura existente hay que mantenerla- o los gastos de funcionamiento del estado, hacen imposible pensar un ajuste de la magnitud que propone el nuevo gobierno sin que una parte recaiga sobre el gasto social.
Ahora bien, ¿hasta dónde ciertos grupos de conformación heterogénea como los jubilados, los empleados públicos (docentes, médicos, etc.) y los receptores de planes sociales están dispuestos a resignar ingresos en post de la estabilización? ¿Y la sociedad como un todo respecto a las consecuencias de la necesaria actualización de las tarifas de servicios públicos? Difícil saberlo hasta que el programa propuesto no empiece a hacer mella en los ya alicaídos bolsillos de los argentinos.
Lo que sí sabemos es que la tolerancia tendrá entre sus determinantes el desenlace de la inflación, que en cualquier escenario ya sabíamos que se iba a acelerar en los próximos meses. En su discurso el presidente exageró la herencia recibida diciendo que le dejaron implantada una inflación mensual del 52%, en otras palabras que también usó: una hiperinflación. Ese resultado sólo es factible si la nueva administración deja que la corrección de los desequilibrios macroeconómicos se resuelva sin la coordinación a través de la política económica. Por caso, si de forma descoordinada se levanta el cepo cambiario y se liberalizan las tarifas. Soltar los precios que reflejan los costos básicos de la economía (dólar, tarifas, salarios) sin miramientos solo nos puede llevar al fondo del mar. En consecuencia, vamos a necesitar un presidente que siga profundizando el pragmatismo respecto a sus posiciones más dogmáticas en materia económica.
El autor es Director de Analytica Consultora