Los dilemas de la gobernabilidad

Milei está convencido de que su legitimidad de origen es una suerte de mandato habilitante para avanzar con un profundo plan de ajuste. Se trata de un espejismo muy peligroso

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Javier Milei  (AP Foto/Natacha Pisarenko, Archivo)
Javier Milei (AP Foto/Natacha Pisarenko, Archivo)

Tras un largo y extenuante proceso electoral, y una breve e intensa transición, hoy comienza finalmente el gobierno de Javier Milei.

Al cumplirse 40 años de la democracia recuperada en 1983, Argentina se adentra en un territorio desconocido, de la mano de un presidente que llega a la Casa Rosada como un outsider del sistema, tras un ascenso fulgurante y sin precedentes en nuestra historia, y en un contexto de profunda incertidumbre respecto a la viabilidad política y tolerancia social de su ambicioso programa de gobierno.

Se acabaron las especulaciones y trascendidos propios de una transición muy peculiar, en la que Milei se enfrentó no solo al desafío de armar un gabinete para encarar el primer tramo de su gestión sino a delinear con mayor nitidez los contornos de su proyecto, y a partir de ahora el electorado lo juzgará en función de las expectativas generadas en torno a una transformación profunda de la Argentina.

Milei está indudablemente muy convencido de que su legitimidad de origen es una suerte de mandato habilitante para avanzar con las medidas proyectadas, que el 56% obtenido en el balotaje es un capital político suficiente para encarar con éxito un profundo plan de ajuste a través de políticas de shock, todo ello en un contexto de una crisis económica y social que se agravará en los meses venideros.

Se trata de un espejismo muy peligroso. No solo porque ese 56%, aunque importante, no deja de ser un porcentaje derivado de la opción binaria que fuerza todo balotaje, sino fundamentalmente porque no es una masa homogénea ni implica un bloque compacto de apoyo irrestricto.

Es aquí donde residirá uno de los tantos desafíos que enfrentará el presidente: un dirigente que hizo gala de su intransigencia deberá comprender que la voluntad de cambio que se impuso en las urnas tiene matices. Que el cambio no significa para todos lo mismo y, más aún, que la tolerancia a los “sacrificios” que implica el plan del presidente dependerá de la percepción de que los resultados están a la altura de las expectativas generadas.

El respaldo político a su programa será clave, ya que en un contexto donde la pobreza ya alcanza al 45% de los argentinos y la inflación interanual es de 150%, es sabido que la implementación de su plan implicará un empeoramiento de la situación en el corto plazo. Descontada la marcada devaluación que seguramente tendrá lugar durante los primeros días de su gestión, y atento al comportamiento de los precios de los últimos días, es esperable que la liberalización de los precios implique un brusco salto de la inflación, una importante pérdida de poder adquisitivo, y un freno a la actividad económica que podría derivar en la pérdida de empleos.

Por ello, cuando se habla de gobernabilidad, resulta importante recordar que ésta no es un atributo espontáneo ni una consecuencia directa de la legitimidad de origen, sino de un fenómeno que se construye política y socialmente.

De un lado, necesitará por ello tender puentes y construir consensos en un Congreso que -al menos en los primeros meses- será clave para dar respaldo jurídico y legitimidad al paquete de reformas. Y, en un escenario en que La Libertad Avanza apenas representa el 15% en Diputados y solo el 8% en el Senado, necesitará inevitablemente del apoyo de legisladores de la oposición para la construcción de una mayoría afín a las iniciativas propuestas. Para conseguir este objetivo no solo será imprescindible negociar con diversos espacios -algo que podría facilitar la actual fragmentación de las cámaras-, sino también evitar gestos de desdén hacia el poder legislativo.

Por otro lado, y más aún en un país como Argentina, la gobernabilidad también se dirime en la calle. En este sentido, no solo habrá que prestar atención al termómetro de un humor social que ante un cambio de expectativas podría desdibujar los apoyos iniciales al gobierno, sino también a la protesta social y la forma en que reaccionará el gobierno ante la misma.

Así las cosas, y si bien es cierto que Milei ha venido dando indicios durante la transición de cierta flexibilidad y pragmatismo hasta entonces desconocido, la magnitud e intensidad del ajuste propuesto tiñe inevitablemente de incertidumbre al proceso que hoy comienza.